Mi pequeña ciudad, la gran ciudad

20 de junio del 2013

Vivimos en el día a día tan sólo una pequeña ciudad de la gran ciudad. Creemos conocerla lo suficiente como para proponer soluciones a sus problemas en charlas entre amigos, con los taxistas, el peluquero, el vecino y cualquiera que se preste a escucharnos. Nos creemos más capacitados para dirigirla que el mismo alcalde y […]

Vivimos en el día a día tan sólo una pequeña ciudad de la gran ciudad. Creemos conocerla lo suficiente como para proponer soluciones a sus problemas en charlas entre amigos, con los taxistas, el peluquero, el vecino y cualquiera que se preste a escucharnos. Nos creemos más capacitados para dirigirla que el mismo alcalde y con razón, luego de haber pasado ya casi una década con gobiernos de izquierda que han demostrado su ineptitud de comienzo a fin.

Nos permitimos imaginar una ciudad esplendida y cuando de eso se trata no somos mezquinos, en la imaginación lo imposible se hace posible.

En la película El cielo sobre Berlín unos ángeles ven la ciudad del pasado sobre la del presente. Ahora, cuando estamos en pleno proceso de revocar al alcalde, he comenzado a ver una ciudad del futuro sobre la triste ciudad del presente durante mis recorridos a pie, en automóvil, en Transmilenio o en taxi por mi pequeña ciudad.

Mi casa y taller está situado en un curioso lugar cerca a Chapinero. En mi cuadra conviven viejas familias, pequeños artesanos y comerciantes. Son casas pequeñas que colindan al suroccidente con los barrios tradicionales San Luis y El Divino Salvador y al oriente con negocios de ventas de ropa usada, locales para el acopio de reciclaje y ventas de drogas a las que la policía no les echa mano. En las noches este sector es tierra de nadie en dónde reinan los bazuqueros, las prostitutas y los travestis.

En mi cuadra es frecuente oír las alarmas comunales, las campanas de la iglesia, las peleas de los habitantes de la noche, pero también se goza de cierta tranquilidad al ser poco frecuentada por los carros.

Se rumora que dos de las manzanas más tenebrosas que dan a la Caracas, fueron adquiridas por una cadena de hipermercados y una universidad. Esto ha sido motivo de ilusión para quienes habitamos esta parte de la ciudad.

En mis recorridos cotidianos mi mente divaga, imagina y me hace ver la ciudad del futuro sin niños trabajando, con calles limpias en las que cada uno barre el frente de su casa, sin delincuencia, politiquería ni corrupción, con un sistema de recolección de basuras que elimine el vergonzoso panorama actual y donde todos seamos especialmente atentos con los encargados de recoger la basura y barrer las calles, sin ollas ni ventas de droga, con tranvía por la Séptima, sin buses por la Trece, con centros de atención para los vendedores ambulantes dotados de guardería, baños, cocinas y salas de encuentro para hacer intercambios, recibir cursos y  obtener mejores precios en los productos que comercializan, sin personas durmiendo en las calles, con un sistema computarizado de semaforización inteligente, sin contraflujo, con cebras bien delimitadas, con semáforos para peatones dotados de temporalizadores y sonido, sin casinos, con cámaras y censores en los cruces y en las calles principales, con áreas delimitadas de estacionamiento en las calles, con los sentidos de las calles acordes a las necesidades, con dos carriles para los carros que bajan y un carril sencillo para los que suben en la calle 53 entre la séptima y la quinta, con una línea subterránea de metro desde Usme hasta Chía por donde actualmente pasa el Transmilenio, con elegantes y discretas entradas a estaciones subterráneas, con una Caracas de ocho carriles y ruta para bicicletas, sin ciclo rutas por los peatonales, con una ciudad ecológica en los cerros desde Ciudad Bolívar hasta La Calera y Sopo diseñada por los mejores urbanistas del mundo y habitada por más de un millón de personas de todos los estratos económicos, con una amplia avenida en los cerros que cruce de sur a norte la ciudad, con los cerros del sur reforestado, con muchas más cosas grandes y pequeñas que llegan a mi mente a cada momento sin ningún orden ni jerarquía.

Puedo estar equivocado en todo o casi todo pero esto no me impide imaginar. Mis sueños no son los de todos pero los sueños de todos pueden llegar a ser uno si lo que los ánima es la convicción de que es posible hacer de Bogotá una ciudad extraordinaria con un alcalde y un Consejo respetables en la que vivamos en armonía y nos propongamos acabar con la injusticia y la pobreza.

Cuando dejo de imaginar me siento agobiado por los inmensos problemas de Bogotá  y especialmente al saber que vivimos en una ciudad prácticamente tomada por la delincuencia. Sin quitársela de sus garras tan sólo queda soñar.

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