Ministerio de Ciencia

Ministerio de Ciencia

11 de enero del 2019

La recién aprobada ley que crea el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación ha sido recibida con júbilo en muchos ámbitos —sobre todo en el académico— y con escepticismo en otros, pero al final es una noticia importante que por lo menos crea expectativa, ya que desde hace muchos años se venía hablando de la necesidad de crear una institución, a nivel de las demás carteras ministeriales, con el fin de impulsar la actividad científica en el país. Casi por unanimidad se le dio paso a esta iniciativa del senador antioqueño Iván Darío Agudelo, lo que significa que todos los sectores políticos se unieron alrededor de la norma legal.

Colombia, desde hace medio siglo, ha intentado mediante diversas figuras administrativas impulsar la ciencia, ensayando inicialmente la figura de un fondo para la promoción de esta, convertido hasta hace poco en un instituto —inicialmente bajo el Ministerio de Educación— que llegó al estatus de departamento en los últimos años. Colciencias ha cumplido la tarea encomendada organizando un sistema de ciencia con líneas de financiación a proyectos en diferentes campos (agricultura, educación, salud, ciencias básicas, sociales, etc.), definiendo criterios para la clasificación de grupos de investigación, apoyando mediante becas a estudiantes de doctorado y propiciando encuentros entre investigadores. ¿Qué más podrá hacer el nuevo ministerio? Los escépticos sostienen que aquí se pretende resolver todos los problemas con leyes, con nuevos entes burocráticos o con mayores presupuestos públicos, y al final muy poco se soluciona.

Desde hace tiempo se dice que la investigación en Colombia está pobremente financiada y eso es cierto: el presupuesto de Colciencias fue este año de 340.000 millones de pesos, mientras que en países desarrollados puede ser cien veces superior en relación con el PIB. La investigación es costosa: sobre todo lo son los investigadores que en algunas universidades públicas ganan más de 20 millones de pesos mensuales. El problema es el bajo costo-beneficio de la mayor parte del gasto en investigaciones, cuando es medido por las publicaciones meritorias en revistas indexadas, por el valor y utilidad de muchas de las tesis doctorales o por las patentes aprobadas. Los resultados de la investigación nacional a lo largo de los últimos cincuenta años han sido tan exiguos que los gobiernos y el Congreso han perdido la confianza en ella como inversión que renta, social o económicamente.

Pensamos ingenuamente que invertir en ciencia dura es como construir carreteras, edificar escuelas, extender las comunicaciones o aumentar el número de doctores, cuando la esencia del problema está incrustada en lo más profundo de nuestra cultura, por no decir que del ADN. Desde la larga etapa colonial de más de tres siglos existe una actitud adversa a lo científico, que se mantuvo en la etapa republicana. A continuación, en el pasado siglo, los latinoamericanos, con excepciones honrosas, hemos ignorado o eludido la ciencia, bien porque no la entendemos o bien porque jamás se nos inculcó desde la niñez.

Algunos piensan que podemos dar el salto directo a la tecnología y a la innovación ignorando que estas tienen una línea de conducción directamente relacionada con las ciencias básicas, la matemática, la estadística y ahora con la gestión de datos. Otra equivocación es pretender que mediante la formación de doctores (Ph. D.) en grandes cantidades, y en universidades con poca capacidad investigativa, resolveremos la situación. Con todo respeto hacia los doctores, cabe señalar que muchos de estos no son investigadores idóneos y su producción científica es casi nula; la investigación implica una formación especial muy profunda y larga en los diferentes campos del conocimiento y en las diversas metodologías de indagación. Estas capacidades no están limitadas al mundo anglosajón o a Europa: hoy Japón, China, Corea y otros países asiáticos están adelantando investigaciones sofisticadas de tipo experimental y no experimental, mientras nuestra región, incluyendo a México y Brasil, aporta un porcentaje bajo de los resultados.

En investigación, tecnología e innovación debemos preguntarnos qué debe ir primero, ¿el huevo o la gallina? Sin recursos económicos no se impulsará la investigación, pero invertir en investigación puede resultar improductivo, al menos en el mediano plazo, cuando hay tantas necesidades y proyectos más rentables. Ojalá el nuevo ministerio resuelva el acertijo y encuentre las mejores opciones para invertir en proyectos que, mediante métodos rigurosos de investigación adelantados por personal idóneo, resuelvan problemas nacionales y universales, y produzcan verdadero impacto en la sociedad.

Por otro lado, en países con una cultura de administración pública diferente a la nuestra existen agencias especializadas que producen más resultados que los ministerios, mientras que en otras partes el modelo organizativo se fundamenta en un número grande de carteras ministeriales, muchas de menor importancia. Nosotros ya tenemos 15 ministerios y, además del correspondiente a Ciencia, se creó hace poco el de Cultura, mientras que el de TIC reemplazó al de Comunicaciones. También se han propuesto carteras para la Mujer, la Paz, la Juventud y el Deporte.

Lo mejor de la Ley de Ciencia es su sencillez y sus objetivos concretos: desarrollar el Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SNCTI), elaborar políticas públicas que impulsen la ciencia y eleve su calidad, fomentar las ciencias básicas, aplicadas o de transferencia y crear ejes transversales que visibilicen su papel en cada sector de la vida nacional, elaborar los Planes Nacionales de Ciencia, crear institutos de investigación y comprometer a las regiones en el trabajo científico.

Existe un movimiento de la academia, respaldado por amplios sectores de opinión, que reclama mayor atención para la educación, la ciencia y la cultura, y que ya está cosechando frutos en cuanto a la asignación de mayores partidas presupuestales destinadas a la educación superior y básica, y en el futuro, a la ciencia. Creo que todos estamos de acuerdo en que, si anhelamos cambios paradigmáticos de fondo y de largo plazo, necesitamos fortalecer la educación y las investigaciones científicas y tecnológicas, ser más innovadores y emprendedores; en lo que no estamos de acuerdo es en el camino a seguir para llegar allá. Ojalá esos frutos se traduzcan en un cambio social de fondo, en el fortalecimiento de la cultura del experimento, de la innovación y del emprendimiento, y en una juventud con alto sentido ético y estético, mejor capacitada para enfrentar los desafíos de la nueva economía.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.