Mismidad y diferencia

23 de julio del 2011

Hay un afán global por uniformarnos y un empeño masivo por parecernos todos a todos, eso sí, con primacía de un arquetipo (casi que racial) sobre el resto de la humanidad; gregaria, sumisa y pasiva. Que lo están logrando, parece que sí. Que sucumbimos frente a dicha cruzada y nuestra resistencia se haya en los […]

Hay un afán global por uniformarnos y un empeño masivo por parecernos todos a todos, eso sí, con primacía de un arquetipo (casi que racial) sobre el resto de la humanidad; gregaria, sumisa y pasiva. Que lo están logrando, parece que sí. Que sucumbimos frente a dicha cruzada y nuestra resistencia se haya en los niveles mínimos para dar cuenta de ella. Quizás. Pero, ¿cómo alertarnos y descubrir que en el fondo (no tan en el fondo), sus perversos propósitos no están del todo logrados?

No busquemos razones y argumentos en los fenómenos que agobian a las grandes ciudades: movilidad que ordena rutas preestablecidas, contaminación que unifica el mismo aire que se respira, supuestos líderes que encarnan la redención de las masas, consumo enfermizo y sublimación de la vanidad y la estética comercial.

Intentemos conseguirlas en los villorrios silenciosos, en las ciudades pequeñas y caóticas en su estrechez mundana, en las resistencias rurales a la modernidad rampante y en los esfuerzos por mantener la diversidad y las diferencias en un mundo que impone un arco iris que se devora a sí mismo y niega su propia esencia cromática.

La creación de una identidad global atenta contra las conquistas particulares y los espacios estéticos construidos desde la diversidad y las diferencias: el consumo cultural ligado a los circuitos de producción económica se convierte en un elixir atractivo porque promete distinción y clase; gustos elitistas se imponen sin desafuero y terminan realizando el milagro de la nivelación social por otras vías distintas a las prometidas por la educación y el esfuerzo sostenido, aunque sólo sea en el oscuro mundo de las apariencias; el emulador, se siente satisfecho con su hazaña. “El conquistador, termina siendo esclavo de lo que conquistó.”

Pero esa identidad global prometida sacrifica mismidad y diferencias. Contra ella es que hay que defenderse. Los pertrechos necesarios para la defensa se encuentran en nuestras propias razones para hacernos las preguntas claves: hay que volver a la Filosofía. Hay que retornar a las preguntas del caldo primitivo. Retomar las cuestiones que hablan del Ser y su esencia existencial. Una sociedad demasiado joven como la nuestra, con escasos doscientos años de construcciones fallidas algunas y aciertos medianos otros, todavía está a tiempo de filosofar.

Parece un exabrupto de académico trasnochado. No es así, insisto, persisto: si nos abrogamos el derecho de ser hijos de la tradición occidental, mezclada de manera violenta con la melancolía africana y la serenidad amerindia (suena a refrito triétnico). Pregunto: ¿qué sociedad no fue producto del choque violento entre culturas? Ese duelo franco o arbitrario entre una mismidad conquistada y las diferencias encarnadas en el invasor, quien a la fuerza impone una nueva mismidad. Siendo así, ¿Por qué no tenemos derecho a filosofar al respecto?

Volver a la filosofía no implica un fruncir el ceño e invocar a la modorra pueril con la que se tratan esos temas. Lo que se necesita es una filosofía que nos defienda de la brevedad como paradigma mental y que nos dejen de gobernar a punta de trinos (twiter) y limitaciones de caracteres (letras y palabras) propias de estrechos mundos virtuales. El mundo es demasiado amplio y la mente humana es tan desafiante en lo geográfico como para dejarnos reducir a celdas digitales.

Volver a la filosofía es el rencuentro con la esencia de nuestras preguntas básicas: ¿de dónde venimos y quiénes somos? Si queremos permanecer en este caótico mundo que impone identidades globales, es hora de adelantar esfuerzos para organizar la resistencia cultural suficiente que nos garantice la individualidad desde la mismidad y la diversidad en las diferencias. Un proyecto común que entrelace aspiraciones sociales de bienestar, pero que al mismo tiempo imponga sentidos a las cosas desde nuestra pertenencia como nación, región o localidad.

Volver a la filosofía significa que las respuestas a las preguntas básicas nos deben conducir a un estadio superior de entendimiento, tolerancia y convivencia y de personas con hábitos civilizados para crecer en armonía y enterrar a nuestro muertos en dosis naturales y no en exorcismos demenciales. Parodiando a T. Adorno: ¿Puede haber poesía después de El Salado y otras masacres?

Recomendar la Filosofía como bálsamo para los malestares de la cultura nuestra y su búsqueda de identidad en medio de las diferencias,  parece un suicidio desde una tribuna de opinión; pero prefiero apostarle a la sensatez, antes que claudicar frente a las pretensiones homogéneas a las que nos quieren someter los verdugos de la globalidad.

Desde la mismidad y la diferencia se puede empezar. Una identidad proclive a reconocerse como propia en medio de un mundo que tiende a uniformar todas las cosas. Una identidad más allá del desgarramiento interno y la ambivalencia externa. Aún estamos a tiempo. Somos demasiado jóvenes.

Coda: En El Libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero (1967), se incluye en la fauna de los Estados Unidos la descripción del Goofus Bird, un “pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás,  porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo.”

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