Mocoa, Villatina, Armero y lo que sigue…

14 de abril del 2017

Colombia es un país propicio para las tragedias…

opinion

La naturaleza es pródiga, hermosa y nos permite vivir, pero cuando la intervenimos equivocadamente, se hace respetar (en el largo plazo); hasta cierto límite se deja domesticar, y la humanidad ha aprendido a vivir en armonía con ella. Sin embargo, cuando la mano humana —la gran depredadora— se extralimita e irrespeta ciertas reglas, la madre naturaleza se devuelve inmisericorde; eso ocurre en muchas de las grandes tragedias, principalmente las relacionadas con el agua y con el clima (calentamiento global): sequías, derrumbes, aluviones, avalanchas, inundaciones, etc.

Hay varios tipos de tragedias naturales: unas de origen hídrico, otras por causas geofísicas y algunas producidas por fenómenos meteorológicos (inundaciones, huracanes, sequías y heladas); muchas suelen ser incontrolables y casi siempre difíciles de prever, como son los terremotos y los tsunamis. El aumento poblacional con asentamientos inadecuados y la necesidad de aumentar la producción del campo han sido factores importantes en el manejo equivocado e irresponsable de los terrenos.

Colombia es un país propicio para las tragedias por la conformación de su territorio, particularmente en la región Andina, donde grandes cordilleras permiten la acumulación de aguas, en los llamados “ápices de abanicos aluviales”, que conforman los cauces de quebradas que se convierten en ríos, los cuales desembocan en otros más grandes, hasta llegar casi siempre a los dos océanos a través de las vertientes del Amazonas y el Orinoco (al océano Atlántico) y directamente el Magdalena al mismo océano, en el mar Caribe, así como varios ríos menores al litoral Pacífico. Los geólogos explican que nuestras formaciones montañosas son relativamente jóvenes y, por ello, los terrenos son deleznables.

Casi todas las calamidades producidas por el desconocimiento o mal manejo de los terrenos son predecibles y se repiten, en una especie de aviso previo. La “avenida torrencial” ocurrida en Mocoa no tiene por qué sorprender, ya que algo similar ocurrió años atrás casi en las mismas condiciones, pero con menos víctimas (desbordamientos y avalancha en 1973). Los fenómenos del Niño y de La Niña, que fueron conocidos por los primeros navegantes europeos hacia estos territorios (y así los bautizaron), constituyen un ciclo periódico natural, pero los cambios climáticos actuales hacen cada vez más extremos sus efectos, que al ser más intensos producen inundaciones por excesos de precipitación, o sequías cuando escasean las aguas.

Cada cierto tiempo nos golpean las noticias sobre desastres que muchas veces hubieran podido evitarse. Recordemos las 25.000 muertes de Armero en 1985; los deslizamientos en el barrio Villatina de Medellín, con más de 500 muertes; los estragos causados por el Río de Oro en Girón, en 2005, que causaron 25 muertes; y las inundaciones en Páez – Belalcázar, con más de 100 damnificados. Otros desastres causados por fuerzas naturales son menos previsibles y solo quedan las acciones de socorro y rescate de víctimas, como en el caso del tsunami de Tumaco, en 1979, que dejó cerca de 450 víctimas, y el terremoto de Armenia de 1999, que destruyó parte de la ciudad.

Según análisis de El Tiempo , Corpoamazonas había advertido el riesgo para Mocoa, otro tanto había sido anunciado hace dos años por el congresista Orlando Guerra, el POT había ordenado la reubicación del 80 % de las viviendas en la zona del desastre y se sabía de más de 12.000 hectáreas deforestadas y 7.000 dedicadas al cultivo de coca, es decir, fue una tragedia varias veces anunciada. Según la Unidad de Investigación del diario, más de 385 municipios de Colombia (la cuarta parte del total) corren riesgos naturales importantes. Que no se alegue ahora que todo se debió a un aguacero inesperado, cuando se conoce que en la zona la precipitación puede llegar a 3.900 milímetros al año. Si los anuncios y advertencias hubieren sido atendidos, se habrían evitado 300 muertes, más de 200 desaparecidos y centenares de viviendas destruidas, todo a un alto costo humano y material.

La deforestación irracional de los bosques, las exploraciones mineras —ilegales y legales— y el cambio de bosque por pastizales rompen la protección que estos ofrecen, tanto en las sequías como en los tiempos lluviosos; al perderse el colchón que regula las aguas subterráneas, cuando se aumentan las precipitaciones, las corrientes acuíferas superficiales pierden sus cauces, se desbordan y vienen las inundaciones. Normalmente los ríos recuperan el cauce histórico natural, pero los raudales encuentran a su paso que este ha sido invadido por cultivos y poblados, como sucedió en el Putumayo, y sin compasión, arrastran lo que encuentran.

Lentamente, nuestro país ha venido tomando conciencia sobre la necesidad de estudiar los fenómenos climáticos, establecer planes de prevención y acciones de socorro; además, con tan repetidas desgracias, hemos ganado experiencia, y por ello se ha creado un conjunto de instituciones como el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) para seguir el curso al clima; las corporaciones regionales, con responsabilidad de anticipar los efectos de los cambios climáticos y actuar preventivamente, defendiendo las cuencas de los ríos, sembrando bosques y respetando las reglas de la naturaleza, y el Fondo de Adaptación; además, hoy tenemos una agencia para la prevención y manejo de los desastres denominada con pomposo nombre: Sistema Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres, igualmente funciona el Inventario Nacional de Asentamientos de Alto Riesgo, contamos con redes vulcanológicas y sismológicas para detectar erupciones y terremotos, y a nivel político, están los ministerios de Medio Ambiente y de Vivienda, mientras la Cruz Roja, la Defensa Civil y las fuerzas armadas cuentan con grupos especializados en la atención de calamidades.

En las últimas décadas se ha legislado en materia de planeación urbana y rural, obligando a cada ente municipal a desarrollar los planes de ordenamiento territorial (POT). No podemos quejarnos de la falta de instrumentos institucionales; sucede, sin embargo, que sus estudios y recomendaciones no pasan de ser documentos desatendidos que duermen en los archivos. Cuando se conoce de una nueva tragedia y evidenciamos enormes dramas humanos, caemos en cuenta de que falta mucho por hacer y que seguimos siendo imprevisores, hasta la espera de otro nuevo desastre humano.

En cambio, debemos reconocer que somos una nación solidaria, y eso es bueno en medio del dolor colectivo. En el caso de Mocoa y en otros, es alentador ver la movilización de los organismos públicos, fundaciones, la Iglesia y grupos civiles recogiendo donaciones y tratando de aliviar las penas y resolviendo rápidamente las necesidades de la población afectada. Agua potable, energía eléctrica, medicamentos, alimentos, frazadas, tiendas de campaña, utensilios de cocina e instrumentos de comunicación no han faltado. Las escenas de los rescatistas —incluyendo algunos que han entregado su vida por los rescatados— son conmovedoras y dicen bien de la solidaridad ante la pena colectiva.

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