Muy difícil en medio de la violencia

5 de septiembre del 2012

Como ya el Presidente Santos anunció la iniciación de otro proceso político en búsqueda de la paz, es importante darle una mirada a lo que está sucediendo. Y el punto de partida no puede ser otro que el de reiterar que deseo con fervor la paz, así como recordar que más de 9 millones de […]

Como ya el Presidente Santos anunció la iniciación de otro proceso
político en búsqueda de la paz, es importante darle una mirada a lo que
está sucediendo.

Y el punto de partida no puede ser otro que el de reiterar que deseo
con fervor la paz, así como recordar que más de 9 millones de
colombianos votamos en favor de un camino claro para conseguirla.

El mandato que se le dio al Presidente fue el de seguir combatiendo
con la legitimidad del Estado y firmeza el terrorismo, y el de
exigirle a las Farc el cese de la violencia, como condición
indispensable para iniciar posibles diálogos.

Esa decisión popular recoge los deberes constitucionales de preservar
el orden y buscar la convivencia, al igual que el anhelo colectivo de
vivir y trabajar tranquilos.

Pero, no solamente eso.

También marca la cancha y obliga a que no todo se vea solo a la luz de
cierto unanimismo frágil inspirado en los más nobles deseos.

¿Qué hay hasta el momento, de conformidad con los anuncios del jefe del Estado?

Por ahora, no se ven muchos pasos originales ni novedosos. Los que se
han dado, lo mismo que aquellos que se anunciaron, obedecen a la más
pura ortodoxia de la teoría de la negociación de conflictos.

Que así sea no es ni bueno ni malo. Se trata solamente de un hecho,
pero tampoco es intrascendente ya que permite identificar un gran
vacío, que podría lesionar los esfuerzos del gobierno.

Me sumo a quienes no desean que tal cosa ocurra.

Empero, guardar silencio sobre la existencia de dicho vacío, porque
lo aconsejable es que solamente se escuche la melodía de la esperanza, sería prestarle un flaco servicio a la causa de la paz.

¿De qué se trata?

Pues de la falta de la condición mínima necesaria, para que un diálogo
pueda gozar de la aceptación de los colombianos, durante el tiempo
requerido para discutir los puntos de la agenda, y llegar a
coincidencias.

Ese requisito es la cesación del terrorismo por parte de las Farc, antes de la iniciación del proceso.

Si no ocurre, llegará un momento en que la inmensa mayoría de los
colombianos se opondrá a las negociaciones en medio de la violencia.
En las páginas de nuestra historia se encuentra esa lección de manera repetida.

Si bien, nunca ha faltado generosidad para respaldar los esfuerzos de
los distintos gobiernos, también es claro que la falta de resultados
positivos y las acciones criminales mientras se conversa, transforman
el apoyo inicial en rechazo.

Y los presidentes, de cara a la presión de la opinión pública para
que le pongan fin al proceso, e incapaces de resistirla por las
circunstancias, se han visto obligados, varias veces, a cerrar el
capítulo respectivo.

Por esa razón hemos recibido una herencia de incredulidad y escepticismo.
En las circunstancias actuales, el riesgo es aún mayor, por varias razones.
De un lado, la mayoría de los ciudadanos votó, en tres elecciones
consecutivas, por una política que no se refleja a cabalidad en el
paso que se está dando.

Por otra parte, el deterioro de la seguridad es evidente y, en
tercer lugar, no se ha puesto como condición a las Farc el cese
unilateral de las hostilidades antes de embarcarse en los diálogos.
El gobierno, sobre cuya voluntad no puede haber duda, enfrenta,
entonces , un reto inmenso.

A todos los motivos que los colombianos tienen para dudar de la
voluntad real de paz de las Farc, se suma la frustración de los
electores que creyeron en otro rumbo.

En estas condiciones, es imposible dejar de señalar las
preocupaciones que nos asaltan, pese a que todos soñamos con la paz.
Dios quiera que las condiciones iniciales que se anunciaron cambien
para que el diálogo sea creíble y sostenible.

De lo contrario, el ruido letal de las balas y las bombas al tiempo
que el gobierno habla con las Farc, se encargará de sepultar las
esperanzas.

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