Nadie ha leído las traducciones de Aaliya

8 de julio del 2012

Rabidh Alamadinne, que nació en Jordania de padres libaneses, creció en Kuwait y en el Líbano, fue educado en Inglaterra y Estados Unidos y vive entre San Francisco y Beirut, asume una voz de mujer en primera persona, la de Aaliya, para contar la vida de esa peculiar traductora solitaria en su novela La mujer de papel, publicada en español por Numen.

Aaliya vendía libros y desde joven no aspiraba a ser amada, sino respetada, admirada por ser la mejor.  Ahora tiene setenta y dos años y se ha pintado el pelo de azul, por error o para escamotear el paso del tiempo. Ha vivido para el arte. Y siempre en Beirut. “Me deslicé en el arte para huir de la vida. Me colé a hurtadillas en la literatura.  Es posible que me sedujeran las cosas prohibidas…Cuando niña nadie aprobaba mi afición a la lectura”.  Extraña pasión en un país y en una época, los cincuentas, cuando ninguna muchacha pensaba en rebelarse ni quería hacerlo. Todas soñaban con un marido.  Las únicas mujeres que trabajaban eran sirvientas, cocineras, secretarias, maestras.  No obstante, la casaron a los dieciséis años, sacándola de la escuela, el único hogar que había tenido, con un hombre de escasa estatura y escaso espíritu.  Antes de los cuatro años de matrimonio él se plantó ante la joven, como dice la ley y le dijo: “Estás divorciada”.

Aaliya ha sido diferente desde pequeña: de allí viene su aislamiento.  “¿Por qué iba a querer ser normal? ¿Por qué iba a querer ser tan estúpida como los demás?”.  Ha traducido treinta y siete libros.  Ama la poesía.  Empezó esa tarea a los catorce años cuando conoció a Raskólnikov, el personaje de Crimen y castigo; entonces, San Petersburgo se volvió más real que su vida.  Traducir la hace feliz: es como una ópera de Wagner: la historia arranca, la tensión aumenta, la música fluye, hay más tensión y, de pronto, el éxtasis.  Placer puro, auténtica persecución de la belleza, exentos del deseo de llegar a otros, de publicar.  Nadie ha leído las traducciones de Aaliya que se apilan en cajas por todo su apartamento.

Ahora Aaliya no está tan segura.  La singularidad, su mecanismo para sobrevivir, le está fallando, no consigue mantener la farsa.  Los gigantes de la literatura han influido en su existencia, pero ¿qué ha hecho ella con su vida?   Ha envejecido, está enferma. Helen Garner dice que todas las mujeres de más de sesenta años aprenden instintivamente a pasar por delante de un espejo sin mirarlo. ¿Para que arriesgarse?  Aaliya, no obstante, se observa, reflexiona, “¿Qué me ha pasado? ¿Qué la ha pasado a mi cara, tan descarnada e inexpresiva? La persona que me devuelve la mirada  es una desconocida”.

Recuerda constantemente a Hannah, su única amiga íntima, la persona a quien más ha querido, muerta en 1982.  Mi voz estaba huérfana hasta que apareció ella, piensa Aaliya.  Hannah anotaba sus fantasías, era torpe en las relaciones sociales.  “Extravié la luz de Dios”, le dijo.  Un día se lanzó al vacío. El último libro que leyó fue Por el camino de Swann de Proust.  Se sabe desamparada, sus días son intrascendentes, grises.

Alamadinne fabrica un hermoso tejido: narra la vida de Aaliya a partir de los achaques de su cuerpo enfermo,  los hechos de Beirut pobre y casi siempre en guerra y de libros, muchos libros, los que transformaron a la mujer.  Cotidiana novela, biografía de ficción, que no sale del espacio de dos piezas, la de la casa de Aaliya y la de la librería donde trabajó durante años, para centrarse en la memoria y la introspección profunda.  Perfección estética, muerte, dificultades de crecer en una sociedad misógina. Y en una familia ajena: una madre, hoy enloquecida, viuda a los dieciocho, vuelta a casar con el hermano de su marido, cinco hermanastros que no visita.

Una inundación casi destruye todas las traducciones de Aaliya.  Fadia, Joumana, Marie Thérèse, sus vecinas, la acompañan mientras su pelo azul pasa a ser blanco…

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.