Napoleón libertador de nuestras tierras

4 de octubre del 2014

El paso de dos siglos hace fácilmente olvidar que la emancipación de nuestros países latinoamericanos, si bien es el resultado de aguerridas y valerosas gestas, fue también debida a la confluencia afortunada de un conjunto de causas de orden mundial. Los antecedentes independentistas fueron múltiples y abarcan desde el hartazgo criollo de la dominación española pasando por las grandes ambiciones de algunos países europeos por hacerse a nuestras tierras y gobierno, so pretexto de ayuda como Inglaterra y Portugal, pero sin duda fue Francia quien más contribuyó; de una parte con la influencia del ideario emanado de la revolución francesa (1789) que introdujo con fuerza en nuestros caletres oprimidos los anhelos de “Liberté, Égalité, Fraternité”, pero fue sobre todo la dominación e invasión napoleónica a España que debilitó sus fuerzas, aniquiló su capacidad de gobierno colonialista y dejó un largo lapso durante el cual nuestras gentes entendieron que querían participación en el gobierno, deseo que dada la reticencia e incomprensión española se transformó en necesidad de independencia.

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A Napoleón no le bastó con dar vuelta atrás a las ideas democráticas de la revolución, que se habían saldado con la eliminación de la monarquía, sino que ambicioso se ciñó una corona imperial, de mayor envergadura que la que ostentaban los reyes; el paso por la guillotina de Luis XVI había dejado claramente definido el fin del absolutismo, Napoleón lo reinauguró.

Ese mismo Napoleón con su obrar abonó el terreno –que ya era fértil– para que nuestros próceres, no con facilidad, sembraran la semilla de la libertad unos, la exigieran otros y la batallaran muchos.

Quién diría que dos hechos galos tan antagónicos como la instauración de la idea de libertad y la opresión del gran tirano Napoleón hayan permitido la creación de naciones independientes de la opresión ibérica.

En su afán de conquista del mundo, el emperador francés decidió quedarse con las posesiones españolas y lo logró, al menos temporalmente. Destronó a los borbones ibéricos e instaló a su hermano erigiéndolo José I de España –burlonamente apodado “Pepe botellas” por su supuesta propensión al alcohol– en reemplazo de Carlos IV y de su hijo Fernando.

Abelardo Forero Benavides (QEPD), entrañable profesor a cuyas cátedras de historia asistí engolosinado, desarrolla maravillosa y amenamente estos episodios históricos en su libro “Cuatro coches viajan hacia Bayona”. Da parte este libro del viaje manipulador al que sometió Napoleón al rey Carlos IV, a su hijo Fernando VII, a Manuel Godoy el primer ministro de la época, en pos de una cita a la cual su imperial voluntad, después de muchos cambios, fijó en la población francesa de Bayona. Era 1808.

Las intrigas y animadversiones a las que se libran estos cuatro viajeros dan fe de las debilidades y luchas intestinas de la realeza española que favorecieron al poderoso tirano. Carlos IV había abdicado en favor de su hijo Fernando, pero arrepentido quería recuperar el trono. Fernando quería quedarse apoltronado en ese frágil trono. Ambos enviaron numerosas misivas lisonjeras a Napoleón en las que aceptaban su imperial autoridad, entregándole sus suertes y las de su reino. La lectura de estas cartas es ilustradora e irritante porque testimonian de la entrega vil de un país a cambio de obtener del déspota el título de rey. Godoy por su parte, odiado por el pueblo español y por Fernando, hacía figura de favorito del cándido rey Carlos IV y además de amante de su esposa la reina María Luisa, deseaba también congraciarse con Napoleón para convertirse en príncipe de alguna región portuguesa que el corso estaba desmembrando con la ayuda española; colmo de la ignominia: la reina de Portugal era hija de Carlos IV.

Cartas van, cartas vienen en ese degradante viaje a Bayona, a cuya llegada Napoleón hizo renunciar al trono a Fernando VII para restituir a Carlos IV, a quien acto seguido solicitó abdicación para entronizar a su hermano como José I de España. Así el imperio galo se expandía sobre la península y las colonias de ultramar quedaban descuidadas y fraguando revoluciones durante cinco años. Buena ayuda que nos dio este tirano.

Fernando VII fue llevado con promesas engañosas al castillo de Valençay en el centro de Francia, en donde permaneció retenido. El monarca desposeído se entregó completamente al culto del imperio francés, para más tarde abandonarlo cuando vio caer en desgracia a su anfitrión forzado. Debilitado Napoleón por la derrota en la campaña contra Rusia y no viéndose victorioso en la guerra de independencia que los españoles libraban contra él, no tuvo más remedio que firmar el tratado de Valençay (1813) mediante el cual liberaba a España y reponía a Fernando VII en el trono español a condición de no dejar ingleses ni portugueses en el territorio.

España nunca aceptó el yugo imperial y se dio a una guerra de independencia contra el invasor francés. Al mismo tiempo, y a contrarias del gobierno francés, se reunieron representantes de las diferentes regiones españolas para conformar las “Cortes de Cádiz” con el objeto de reorganizar el país, y crear una nueva nación de características más democráticas basada en una constitución. Estas cortes se reunieron en 1810 y en 1812 promulgaron una constitución moderna y liberal para esos tiempos. Las discusiones estuvieron muy impregnadas del espíritu libertario de la revolución francesa. Muchos temas fueron tratados y sobre todos hubo acuerdo, se estableció la soberanía de la nación independientemente del rey, la monarquía constitucional, la separación de poderes, el sufragio universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, el derecho de propiedad, la abolición de los señoríos, la ciudadanía española que incluía a los nacidos en las colonias. El tema más álgido fue la Inquisición, cuya abolición se aprobó, sin que fuera posible desligar a la iglesia católica de los designios de la nueva nación.

Lo primero que hizo Fernando VII al reasumir el poder fue desconocer esta constitución, declararse monarca absoluto y emprender la reconquista de sus colonias de ultramar. Grave error peninsular porque omitió las libertades adquiridas, y grave error colonial porque desconoció los cambios que en el nuevo mundo se habían gestado durante su ausencia y desgobierno. Ignoró torpemente que las colonias americanas habían madurado y sentían un vehemente deseo de autogobernarse; el gusanillo de la libertad las había irreversiblemente embargado. Envió a Morillo, el “pacificador”, héroe de las guerras contra Napoleón, al mando de 15.000 hombres a recuperar contra viento y marea sus territorios, nunca trató de negociar sino de reinstalar el antiguo régimen. Entre tanto los virreyes habían desaparecido, y en su lugar juntas locales, al estilo de las españolas, habían comenzado a gobernar, incluso Cartagena se había declarado Estado libre.

Lo que siguió es bien conocido, Bolívar, San Martín, Sucre, Córdova y otros héroes lograron derrotar no solo a Morillo sino erradicar el dominio español de Latinoamérica. No nos extenderemos sobre estas gestas patrióticas porque el objetivo es un breve recontar de la “ayuda” recibida por Napoleón en esta emancipación cuando rompió durante cinco años el vínculo entre España y sus colonias. La cita que promovió en Bayona marcó el inicio del desmoronamiento de la hegemonía española y curiosamente también la del emperador que vio confirmada una victoria pírrica.

No buscan estas líneas sentar cátedra de historia, sino solo recordar algunos hechos de nuestro pasado y examinar brevemente cómo la invasión napoleónica en España fue un factor determinante de nuestra independencia. También la ocasión para hacer memoria de la incoherencia española que tan acertadamente señala Abelardo Forero Benavides así: “España libró una doble batalla: contra los franceses por su independencia y en contra de los criollos americanos por mantenerlos bajo su dependencia. En la península, la bandera fue la libertad. En los Andes, la bandera fue el despotismo.”

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