¿Necesitamos gobernantes?

4 de septiembre del 2019

Por Ancízar Villa.

¿Necesitamos gobernantes?

La respuesta pareciera ser que no. Particularmente cuando se piensa en la Presidencia de la República y las razones para aseverar, lo que para algunos podría ser un despropósito, es que ha sido costumbre en la tradición republicana de nuestro país, particularmente mirada desde la perspectiva que hace henchir de patriotismo a nuestros dirigentes políticos, especialmente en foros internacionales cuando hablan de la fortaleza de nuestra democracia, es que ella realmente parece tan fuerte que ha sido capaz de sobrevivir incluso a periodos de desgobierno, de mal gobierno, de ausencia de gobierno o de abuso del gobierno.

Desde la muerte de Bolívar, triste y decepcionado en Santa Marta, hasta la toma de posesión de Santander, tras su implorado regreso del exilio al cual debió salir como castigo por la sospecha de ser el instigador de la noche septembrina, y después, las repetidas disputas del poder de los caucanos Mosquera y Obando y las posteriores guerras civiles del siglo IXX que subsistieron hasta el cambio al siglo XX, Colombia ha vivido una inercia que cual barcaza en altamar, se ha sobrepuesto a las tragedias en una cruel soledad inexplicable e ilógica.

Después, rimando versos vendimos a Panamá, a hachazos matamos la esperanza, inflando números contamos los muertos bananeros para internacionalizar el dolor, con lánguidas llamas iluminamos la noche de las lágrimas de aquel abril, aplaudimos alborozados al salvador armado que después tumbamos para rifarnos entre dos el poder, vimos anonadados la cremación de la justicia y nos hicimos los de la vista gorda ante la llegada de armas y de negocios pintados de filantropía, hasta cuando el susto se volvió tragedia en las muertes de las ilusiones, para abrirnos de pies y manos ante el capital y quedarnos respirando polvo en las narices de los elegidos que ostentaron el poder sin gobierno, en tanto que el iniciado miraba la silla vacía que luego sirvió de argumento para apretar gatillos, fabricar bandidos y suponer la paz premiada.

Y a todo ello, el pueblo exclama de optimismo, las urnas reciben repetidamente el voto de confianza en nada, los cargos de elección se ocupan por expertos en generación de riqueza propia, al poder llegan herederos no estadistas, mientras los partidos y las organizaciones políticas se esmeran en los repartos burocráticos, en poner el color de sus logotipos en los balcones de los ganadores, sin importarles ni discurso, ni credo, ni filosofía política, ni nada que presuponga preparación, identidad, diferenciación, respeto o decencia, porque cuando todo está permitido en la realidad aunque todo esté prohibido en la normatividad, la patria aclamada en las proclamas se adormece en la mecedora ilusión de la confianza.

Somos sobrevivientes, no solamente quienes hemos estado aquí durante más de media centuria, sino la patria misma, y la nación, los pueblos, el país, el Estado y los “gobiernos” que se mantuvieron, como dijimos atrás, unas veces viviendo del poder y otras usándolo para acallar lo que es una enfermedad degenerativa a la que analgésicos como la familia, la empresa privada, el territorio magnánimo y la incapacidad popular hasta para protestar y castigar a los incapaces o abusadores, han mantenido en la unidad de cuidados intermedios sin que se vislumbre pronta mejoría ni empeoramiento de las condiciones de inequidad y desvergüenza, porque el cáncer de la corrupción, aunque ya ha hecho metástasis en toda la estructura de la nacionalidad, se ha podido controlar con cuidados paliativos como el todo vale y el garantismo legal que le da oxígeno.

Pareciera que no, que no necesitamos gobernantes; este país, nuestro país, es capaz de vivir solo, a la deriva.

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