No voy a decir lo mismo que han dicho todos desde que se inició el famoso proceso de paz. Solo voy a mencionar ciertos aspectos relevantes, para adentrarme en el contenido del grueso del asunto que siempre me ha ocupado: las víctimas.
El sábado pasado tuve la oportunidad de asistir como invitado la instalación de la Mesa Nacional de Víctimas de la Guerrilla. Una ONG conformada por otras organizaciones de víctimas y defensoras de los derechos de las víctimas. De esta nueva organización —que como tantas hemos quedado olvidadas por el Estado por más esfuerzos que hagamos—, hoy honrosamente soy miembro, en representación de la Fundación Colombia con Memoria. También lo es Acovit, las Damas Verde Oliva y Restauración Nacional, entre otras.
Al igual que muchos colombianos ayer me asombró el discurso guerrerista y anacrónico de Iván Márquez en Oslo. También me sorprendió la falta de respeto por la mesa al poner un “hablador” con el nombre de Simón Trinidad y la aparición de un cabecilla de las Farc que no pertenece al equipo negociador. Pero lo que más me impresionó fue el cinismo del subversivo al decir “¿Cómo van a pretender que vayamos a la cárcel por un derecho universal que nos faculta a resistir contra regímenes oprobiosos? Me pregunto si el derecho universal es el homicidio, el secuestro, la extorsión, el reclutamiento, el desplazamiento y demás vejámenes que infligen dolor y padecimiento a nuestra gente.
Considero que así concebido un proceso de paz donde el Estado esta arrodillado ante su victimario y sometido a sus condiciones y además sin presencia de las víctimas es un escenario espurio. No se ve cómo llegar a acuerdos realmente fructíferos de esta manera, cuando ni siquiera el respeto por la agenda planteada se puede garantizar.
En la instalación de la Mesa Nacional de Víctimas de la Guerrilla, quise refrescar la Memoria Histórica en materia de alianzas entre el hoy homenajeado Cartel de Medellín y la guerrilla. Para desempolvar estos archivos me pronuncié diciendo lo siguiente:
“Por estos días en los que se habla tanto de paz y de reconciliación, paradójicamente se ha quedado por fuera de las intenciones del Estado, lo que yo considero sin duda, el elemento más importante al momento de un acercamiento en aras de la esquiva y anhelada paz: las víctimas.
Por décadas y de manera sistemática las víctimas han sido la cenicienta de esta historia de terror y luto, de desgracia y sangre. Ejemplo claro de ello y en el caso particular del universo de víctimas que represento, son los 23 años de impunidad de la masacre que en mayor escala de terrorismo hubiera perpetrado el narcoterrorista Pablo Escobar el 27 de noviembre de 1989 cuando literalmente atomizó a 107 personas en un avión en pleno vuelo.
No podemos olvidarnos de las alianzas mafiosas que en las épocas de los capos se generaron entre cartel y subversión y por qué no decirlo: entre capos y clase política para obtener sus fines macabros, exterminando vidas y hogares que encontraran a su paso y que de manera indiscriminada e inescrupulosa, secuestraban, extorsionaban, torturaban sembrando el terror a lo largo y ancho de la geografía nacional. ¿Cómo olvidar la alianza entre Escobar Gaviria y el M-19? ¿Ya se le olvidó a la historia de este país los más de dos millones de dólares que el capo le dio a los subversivos para la toma del Palacio de Justica?, ¿ya se nos olvidó? ¿Será acaso que por eso —y aunque genere hilaridad— hoy el Alcalde Mayor de Bogotá permite la difusión, divulgación y publicación en los espacios distritales de la serie que enaltece al asesino? ¿No se lo han preguntado, señores?
Hagamos memoria histórica. La cercanía y fascinación por las guerrillas y la posibilidad de perdones al enmarcase en el concepto de esos grupos, llevaron a Escobar a lo siguiente. En enero de 1993, once meses antes de su muerte, se supo que el temido narcotraficante jefe del cártel cocainero de Medellín pretendió convertirse en guerrillero para buscar el indulto o la amnistía a sus delitos de terrorismo. Esto se supo luego de que el mafioso anunciara la
creación del grupo subversivo "Antioquia Rebelde" para enfrentar por las armas al gobierno.
La Constitución Política de Colombia contempla que el indulto y la amnistía podrán ser concedidos a los guerrilleros o alzados en armas solo por delitos políticos como la asonada, la rebelión o la sedición.
También quedó al descubierto, según analistas de la época, la existencia de una alianza entre la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB) y Escobar como jefe del grupo rebelde.
Esto fue anunciado en carta que el capo envió el lunes 18 de enero de 1993 al entonces Fiscal General de la Nación, Gustavo De Greiff. En la misiva le indica al máximo investigador que abandona la lucha jurídica y toma la de las armas, a través de la figura del manejo guerrillero en busca de perdón y olvido. El empresario, político y narcotraficante no pudo materializar ese proyecto criminal a cabalidad, pues el diciembre de ese año fue dado de baja.
Lo que quiero resaltar con esto es la magnitud del daño que se puede generar con movimientos guerrilleros, que hoy más que nunca están agitados por una convicción absolutamente lejana de una ideología. Hoy son sanguinarios terroristas por tener el control del narcotráfico.
La FCCM se une a este clamor y se identifica con el objetivo de la Mesa Nacional de Víctimas de la Guerrilla, pues como es sabido somos también las víctimas de Escobar, víctimas de la guerrilla.
Sin MMHH no habrá verdad, sin verdad no habrá justicia y sin justicia no habrá reparación. Pero más allá de esos presupuestos que no se cumplen —y que ya de suyo son de la mayor importancia— hoy en los famosos diálogos de paz, lo más preocupante y el motivo fundamental que hoy nos reúne y nos ocupa es la impunidad y la revictimización.
Acercamientos inconsultos y a escondidas del país no deben traer consigo algo bueno. Negociaciones subrepticias suponen el ocultamiento de lo que están urdiendo. No deben ser propiamente políticas de desarrollo rural serias y encaminadas a la verdadera prosperidad. No deben ser proyectos productivos para quienes han tenido que padecer el injusto rigor de las Farc. No. No sobre todo cuando de seis puntos de la agenda, el quinto lo ocupan las víctimas y el segundo la participación en política por parte de nuestros victimarios, que ya hoy pasean por el mundo gracias a los salvoconductos otorgados por considerarlos negociadores.
Me surge una pregunta: ¿qué vamos a negociar? ¿Cómo se negocia con narcoterroristas secuestradores mentirosos y más activos que nunca? Nuestro punto de negociación está dado hace más de 50 años. Ya hemos puesto lo nuestro. Hemos puesto los muertos; ¡a nuestros muertos! ¿Ahora qué más vamos a negociar?
Quiero recoger unas líneas del expresidente Uribe. No quiero sonar comparativo, aunque a veces las comparaciones por odiosas que sean, son necesarias. El único animus es el de la Memoria Histórica. El exmandatario en el prólogo del texto “Paz Justa“ expresó lo siguiente: si bien la Política de Seguridad Democrática impulsó y fortaleció las capacidades de nuestra Fuerza Pública, así mismo, permitió y extendió oportunidades para la desmovilización y el sometimiento a la justicia, de aquellos miembros de grupos armados ilegales que decidieron dejar las armas y la violencia, para reintegrarse a la sociedad. Pero nunca renunciamos a la aplicación de la ley. Es necesario buscar el equilibrio entre la justicia y la paz; paz sin impunidad y justicia sin negación de paz y con esfuerzos de reparación.
Esto parece que hubiera pertenecido a épocas pretéritas cavernarias. Y lo más triste es ver el retroceso del país en términos generales.
Hoy las víctimas exigimos de manera categórica el respeto de nuestros derechos, el reconocimiento de nuestras garantías y la participación en las mesas como gestores de paz. No pueden ser las Farc los voceros de sus propias víctimas. No reconocemos a Márquez, Granda, Timochenko, y a Paris como interlocutores. Esos espacios así concebidos son ilegítimos.
¡Paz con impunidad, no es paz!
No vamos a permitir que nos sigan vapuleando y atropellando de la forma tan ruin como hasta ahora lo hemos soportado. Ya la famosa Ley (1448 de 2011) de Víctimas y Restitución de Tierras, nos excluyó y nos discriminó. A unos por fechas y a otros por concepto. Luego el turno fue el marco para la paz y ahora el puntillazo —una vez más a cargo del gobierno de turno— lo recibimos del proceso actual.
Esta es una lucha de largo aliento. Es una lucha injusta porque ahora gobierno y Farc tristemente parecen uno solo, pero vamos a seguir adelante con nuestros propósitos humanitarios insoslayables, cada vez con más gallardía y estoicismo.
Acá esta la FCCM cumpliendo para integrar, como miembro activo, la Mesa Nacional de Víctimas de la Guerrilla. ¡Gracias por su valerosa iniciativa! ¡No más olvido y no más mentiras!
Gracias a todos. Abrazo cálido. Seguimos trabajando. Que Dios los bendiga.
Ni acá, ni en Cuba, ni en Cafarnaúm. Paz con impunidad, no es paz.
@colconmemoria
presidencia@colombiaconmemoria.org
Ni acá, ni en Oslo, ni en Cafarnaúm
Vie, 19/10/2012 - 09:01
No voy a decir lo mismo que han dicho todos desde que se inició el famoso proceso de paz. Solo voy a mencionar ciertos aspectos relevantes, para adentrarme en el contenido del grueso del asunto que s
