Nicolás Gaviria y la insoportable estupidez del ser

9 de marzo del 2015

“Está en el ADN de la colombianidad sentirse superior a los otros.”

Los eventos acontecidos con el tristemente célebre Nicolás Gaviria son tan solo un reflejo de la decadencia que padece nuestra sociedad. El irrespeto por la autoridad y la inobservancia de las normas legales y de convivencia son la constante, en un país en el que parece que la gente reafirma su libertad, desconociendo los parámetros establecidos en el pacto social, que ciertamente resultan de particular importancia para regular la vida en comunidad.

No solo son nuestros jóvenes; también los viejos hacen de las suyas, cuando de pasarse las reglas por la faja se trata. No hay respeto por nada, ni por nadie en el territorio nacional. Esa es una verdad de a puño. Esos mismos que juegan a ser los “chachos del paseo” en Colombia, cuando llegan a los Estados Unidos, por ejemplo, se convierten en los más dedicados y abnegados ciudadanos, al punto de no atreverse a cometer la menor infracción de tránsito.

¿Cuál es el problema entonces? En Colombia, históricamente, ha imperado la ley del más fuerte en unos casos, y, en otros, las roscas de los “intocables”. En ambos escenarios, quienes se consideran “privilegiados”, ya sea por designio divino, ya por herencia, ya por legado ya por el poder del dinero y las influencias, creen, sin reatos, que deben ser tratados de manera especialmente diferente al resto de los mortales.

Está en el ADN de la colombianidad sentirse superior a los otros, alardear de lo que se carece, para conseguir lo que se quiere; pisotear al prójimo y valerse de cualquier atajo, para logar el cometido, sin importar los medios empleados para llegar a él. Es una cultura, una tradición nefasta que no deja que el país avance hacia un verdadero desarrollo de su inconsciente colectivo.

Lo único que de verdad hace iguales a los hombres, es la ley. Nos hace falta mucho para llegar a ese estadio ideal: mientras que en Colombia la justicia sea selectiva, seguiremos cosechando intolerancia, guerra, desigualdad, pero, sobre todo, llenaremos las calles de “Nicolases Gavirias”, como efectivamente está ocurriendo. Esa clase de individuos son el resultado directo del convencimiento que tiene gran parte de nuestra sociedad, de que, efectivamente, hay gente que está por encima de todo y de todos.

Nicolás Gaviria, un pobre diablo al que todo se lo han regalado, protagonizó varios videos vejando a la policía de la manera más vil y rastrera, utilizando falsos lazos familiares y empleos imaginarios que solo caben en su cabeza de chorlito, sin duda merece el mayor repudio y una censura social sin ambages, pero tampoco hay que exagerar la nota: pretender que se vaya a la cárcel por 5 años, es una extravagancia jurídica que carece de presentación y seriedad. Habría bastado con un par de bolillazos y una estancia de 2 días en los fríos calabozos de la policía en Bogotá, para atemperar su arrogancia y verlo convertido en el niño inseguro y tonto que es.

Mientras no cambiemos de mentalidad y sigamos pensando que las obligaciones y los derechos son relativos en su aplicación, dependiendo de la persona que se trate, estamos condenados al fracaso. Hay que tomar conciencia, porque, si seguimos transitando esta ruta, ni todas las leyes del mundo podrán salvarnos.

La ñapa I: Se fue de la presidencia de Uruguay un grande, un verdadero revolucionario, un hombre que ejerció el poder con grandeza, humildad y honestidad a toda prueba. Pepe Mujica es la prueba viviente de que el amor y la política pueden coexistir en perfecta armonía.

La ñapa II: La “sapería” del Embajador de Colombia en España, Fernando Carrillo, es más grande que una catedral. Publicar un libro sobre el linaje y estirpe de la familia del presidente es, de lejos, el mayor acto de lagartería que haya conocido nuestro país.

La ñapa III: No estoy de acuerdo con la pena de muerte, simple y sencillamente porque conozco la justicia de Colombia.

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

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