¡Qué espantosa realidad!

11 de febrero del 2015

“Dos caminos: ignorar los hechos, o ayudar a construir nuestro espantoso entorno”.

Sumergirse en la realidad de Colombia es intolerable. El dolor que causa exponerse a diario a las noticias y acontecimientos nacionales es insoportable. Es por esto, que para lograr vivir en este país, los ciudadanos tienden a tomar uno de dos caminos: o ignoran los hechos, se engañan y creen que habitan en un país diferente, y de vez en cuando, solo para algunos de los que escogen esta ruta, la cruda realidad los sumerge en un profundo dolor; o dos, se vuelven partícipes y ayudan a construir nuestro espantoso entorno. Claro, también existen caminos intermedios entre una y otra opción, existen personas que no se esconden, ni contribuyen a consolidar nuestra realidad, sino que luchan por transformarla, en los territorios, en organizaciones locales, desde la función pública y privada, a pesar de las maquinarias. Pero igual todos con tendencias marcadas que se forjan desde la niñez.

Se debe decir de frente y sin tapujos: los niños en este país no importan. Obtusos somos los colombianos porque si algún día queremos tener un país en paz y próspero, los niños son el único camino. Por ahora, los tratamos como amasijos de carne y hueso, con vida, pero no la suficiente para ser considerada extraordinaria. Los que sobreviven, aunque lo hagan a medias, se convierten en los adultos colombianos y en los padres de las siguientes generaciones de niños. La secuencia es evidente, se nace, se abusa, se maltrata, se descuida, hasta que se es adulto. Por consiguiente, el camino que se elije, con contadas excepciones, está ligado al tipo de niñez que se tuvo. Si se tuvo una niñez aceptable, la tendencia es a tomar el camino del avestruz; si se sobrevivió con esfuerzo, existirá una fuerte predisposición a coger la segunda ruta: la que contribuye a la construcción de nuestra espantosa realidad.

Antes de presentar los ejemplos más tristes, pensemos en las políticas que demuestran la poca relevancia que le da Colombia a sus niños. Por ejemplo, la prioridad e importancia que se le da a la educación de nuestro país. Los niños son los mayores “beneficiarios” del sistema educativo. Sin embargo, la educación como política pública nunca ha sido verdaderamente prioritaria, se ha dejado politizar y en el mejor de los casos se ha ignorado. Lo más representativo de esta indiferencia son nuestros maestros, profesionales que no se valoran, ni se apoyan y por esta razón, a nadie parece importarle que estén mal formados, sean mal remunerados y poco reconocidos en su labor. Empero, nuestros niños pasan más de la mitad de su niñez en su compañía y bajo su influencia directa.

Los otros ciudadanos que son poco valorados, sin importar el estrato social al que pertenezcan, son aquellos que se dedican a cuidar a nuestros hijos. Esa labor es considerada como fácil, para la que se requiere poca formación. Muchos de los que se dedican a esto lo hacen porque no tienen la oportunidad de hacer algo más. Adicionalmente, los que contratan sus servicios los tratan como a ciudadanos de “segundo nivel”. Por esta razón, estas personas, con las que nuestros hijos pasan buena parte de su infancia, deben diferenciarse; aunque sea difícil de creer, todavía existen sitios en este país donde las obligan a vestirse de cierta manera y a utilizar aparte ciertos servicios, no los de la “gente bien”, para ser fácilmente identificadas.

Simples ejemplos que demuestran claramente por qué en Colombia cuando asesinan a sangre fría a cuatro niños, se queman 30 por negligencia de los adultos, se mueren miles por desnutrición, se reportan millones de casos de violencia y maltrato infantil, en este país, nadie reacciona. No lo puedo expresar mejor que Alberto Salcedo Ramos en su estremecedora columna del pasado domingo en ‘El Colombiano’, ni en la escalofriante caricatura de la semana pasada de Matador en ‘El Tiempo’: somos un país indolente, que vuelve invisibles a sus niños.

Hoy leí una parte del periódico, cosa que admito no hago con la frecuencia que debería, pues la realidad del país desborda mis capacidades. Noticia uno: el relato del asesinato de los cuatro niños en El Cóndor, Caquetá, en presencia de uno de sus hermanos, el único sobreviviente, otro niño. Relato que informa además que todas las autoridades de las zona estaban notificadas de las amenazas hacia esa familia y especialmente hacia esos niños, hoy muertos. Noticia dos: pequeña nota titulada “Encuentran niño desmembrado”, un pequeño de 7 años que desapareció el sábado en La Vega, Cundinamarca y que fue torturado y desmembrado al parecer por rencillas familiares. Noticia tres: niña desaparecida en Kennedy, al parecer víctima de una red de trata de mujeres, que son vendidas, abusadas y sin duda maltratadas. No entiendo por qué no estamos todos en la calle protestando.

Estoy absolutamente de acuerdo con María Emma Wills, única mujer miembro de la Comisión histórica del conflicto en Colombia, cuando afirma que todos somos culpables pues no hemos hecho lo suficiente. La gran mayoría, sin importar de qué sector venimos, volvemos invisible esta realidad, y nos convertimos en cómplices de la barbarie. En estos días, por ejemplo, es más importante en los medios, en las redes y en los corredores del país, saber si el gobierno contrató con un exalcalde para organizar una marcha en pro de la paz, que si los niños de nuestro país mueren por desnutrición, torturados o asesinados.

No sé ustedes, pero yo hoy siento que este país es inviable. ¡Qué espantosa realidad la de Colombia!

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