No hay mayor desdicha que dejar de Existir

12 de mayo del 2019

Opinión de Fernando Fernández

No hay mayor desdicha que dejar de Existir

Hay épocas en las cuales aumenta “casualmente” la desaparición de personas que conocemos, se nos esfuman para siempre. Aunque no las hayamos frecuentado asiduamente, su ausencia definitiva nos hace mella, porque su eclipse definitivo nos vuelve tardíamente culpables, por el tiempo que no les consagramos. Una razón más fuerte es porque sus decesos son espejo de lo que nos ocurrirá: reflejan esa realidad inevitable que nos desconsuela contemplar. Por eso cuando la Parca visita nuestro vecindario amistoso o familiar, nos golpea, nos cuestiona porque nos confronta con ese escenario del que huimos.

El tema de nuestra propia muerte nos es tan insoportable que lo apartamos de la mente. En afán de huida establecemos tercamente que no nos concierne, que es un fenómeno que acaece a otros, no a nosotros mismos. Este “desprecio” e ignorancia de la muerte es más acentuado entre más joven sea el individuo.

Aun quienes creen en otras vidas y se han “preparado” para encontrarse con un dios que los acogerá, temen ese paso, tienen miedo a la muerte, no desean desprenderse de la vida terrena. No les es motivo de gran dicha ese pretendido cambio, acuden a todo aquello que la ciencia les provee para conservar esta vida terrenal que dicen subestimar, así la otra, en la que creen, sea superior y eterna.

Recurren algunos a menjurjes de eternas juventudes, alquimias milagrosas que debe producirles la inmortalidad o, al menos, la prolongación de esta vida terrena (tema que hemos tratado en anterior columna.

Otros hacen llamado a técnicas criogénicas que los embalsama en frío con la esperanza de ser revividos en un futuro lejano cuando la ciencia haya evolucionado lo suficiente para curarles las dolencias que les causaron la muerte. Con el avance de la biotecnología será posible en futuro no lejano alcanzar edades de más de 150 años, nos vaticina Noah Harari en sus últimos libros (“Homo Deus”). Diversas maneras de aproximarse a la noción de eternidad.

Lo cierto es que la finitud humana, en particular la propia, nos es incomprensible e inadmisible, por eso y desde siempre el hombre se ha venido inventando soluciones paliativas que evadan tan tétrico sino. La más frecuente es la invención de dioses que aportan edenes o avernos para perpetuar la existencia.

Somos el animal más complejo que existe, destacando entre los primates desarrollados. El cerebro humano es el único dotado de facultad de abstracción, capaz de entender el espacio-tiempo y así cotejar pasado, presente y futuro. Un cerebro con consciencia que interpreta emociones y es habilidoso en imbuirse en análisis filosóficos sobre nuestro ser; como consecuencia está apto para concebir la muerte. Algunos biólogos afirman que nuestro encéfalo posee mecanismos neurológicos que nos estimulan a imaginar que hay algo después de morir (un “más allá”), así como a fraguar la creencia en divinidades. Mecanismos que permitieron al ser humano avanzar en su proceso evolutivo sin desfallecer, sin dejarse apabullar por la realidad de una existencia sin fin ni protección, particularmente en los inicios de su aparición en los que la naturaleza hostil reinaba enigmáticamente sobre sus precarios conocimientos y su cerebro poco desarrollado.

Lo que hay de por medio es un grandísimo miedo a la pérdida de identidad, a la inexistencia. Toda una vida construyendo un cerebro, llenándolo de “cosas”, puliéndolo y afinando sus sinapsis neuronales –que materializan pensamientos y alma–, para de repente, por muy advertido que se esté, ver derrumbar ese presuntuoso castillo. Insoportable admitir que tan alto esfuerzo sea efímero; que nuestro propio ser, el constructo más grande que hayamos perpetrado, desaparezca para siempre tanto genéticamente –el clon perfecto es fantasía– como del recuerdo. Insufrible entrar en el olvido perenne, ese consustancial a la eternidad. Esto produce más miedo que el desmoronamiento de nuestra fisiología asociado al resbalón por el desbarrancadero de la Nada.

El consuelo a este ineludible desastre, al tiempo que genera sentido a nuestra efímera existencia, puede ser la adquisición de conocimientos en Ciencias y Artes, a manera de disfrute personal y de mejoramiento del bienestar de la grey humana. La consecución de conocimientos ayuda a disipar el sinsentido de la vida y a ahuyentar el miedo del regreso a la Nada –ese útero de donde vinimos–, a apocar la terrible condena que nos precisa que nuestra existencia es el lapso entre dos Nadas, sólo una breve interrupción, una chispa vital que rápidamente se extingue. Dice el escritor Julian Barnes “No creo en Dios, pero lo echo de menos”, justamente porque esta leyenda apacigua nuestra razón, produce esperanza y desconecta nuestras lucideces. Lástima que nuestro cerebro, el de los cartesianos, no crea en ficciones, si no sólo por divertimento.

Tal vez alivie el recordar que somos energía y que esta se transforma, no deja de existir; quizás esto nos consuele, así como la transmisión de genes a los hijos que perduran a quienes los engendran. Sin embargo, la gran angustia, el gran desasosiego radica –imposible soterrarlo– en la pérdida de la identidad, ¿de qué sirve una energía transformada o unos genes transferidos si nuestra consciencia personal, nuestra individualización desaparece? Esa es la verdadera muerte.

Desde que nacemos estamos muriendo. Mientras vivimos estamos feneciendo; ahora mismo que escribo este texto y usted, amigo lector, está leyéndome, estamos pereciendo, nos estamos arrimando al fin, tal vez con lentitud, así lo deseamos, pero firme y certeramente.

La odiada muerte nos es beneficiosa, así nos lo indica el Nobel José Saramago en su magnífica novela “Las intermitencias de la muerte”: la muerte cesa su trabajo letal, entra en huelga, con lo cual siembra el caos y la desesperación; la humanidad termina implorándole su regreso.

No hay mayor desdicha que dejar de existir. Es la vida misma con sus embrollos una preparación a ese paso a la Nada. Nuestras soledades, nuestra insignificancia frente al universo, frente al torbellino de dificultades y obstáculos que parecen infranqueables nos hacen degustar de esa Nada que seremos, de ese vacío infinito de la inexistencia que sólo se percibe en vida.

Pero, ¿vale la pena torturarse pensando en o preparándose para morir, para encaminarse a la Nada, en donde por definición nada existe, ni ella misma? No, lo sensato es vivir el presente con gran hedonismo, alejando tristezas y nimiedades, dolores reales o imaginarios, buscando sosiego aun a costa de ignorar realidades. La eternidad de la Nada, que no tendrá nuestra consciencia, no amerita nuestras angustias, allá llegaremos con o sin preocupación.

Ser o no ser no es la cuestión, hemos de constreñir nuestra mente al verdadero tema: Ser y luego no ser…

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