Técnicas de conquista de un gay en Nueva York

17 de diciembre del 2010

Yo vivo mi vida sin sentirme culpable, sin arrepentirme, sin juzgar ‒lo más difícil‒ y sin juzgarme. Me he encontrado a unos personajes fascinantes con unas historias alucinantes. A mí me encanta el gore, me encanta la porquería. Me llama mucho la atención ver cómo la gente vive de formas tan dementes. Me apasionan los personajes que parecieran no tener moral ni ética. Me gusta la gente que vive la vida libremente, sin tabúes, la gente que peca con placer. Cuando sea grande quiero ser el Marqués de Sade, quiero ser Charles Bukowski, quiero ser Dennis Cooper. Quienes la pasan más bueno son aquellos que más se conocen a sí mismos. Los que viven la vida hoy, mañana no existe y ayer tampoco. Las personas que más se divierten son quienes asumen sus necesidades como algo natural. Hay gente para todo, a todos nos gustan cosas muy diferentes. Así es que cuando me cuentan las historias más espectaculares, absurdas y sórdidas gozo. Quiero saberlo todo, porque quiero contarlo todo.

Gracias a los pseudónimos puedo proteger la identidad de mi tesorito, que llamaré Hugo. Él está entrando a los treinta, está en excelente estado físico y mejorando, tiene una educación envidiable y un muy buen puesto. Salió del closet hace un tiempito y anda como caballo desbocado. Hugo no es adicto al sexo, pero casi. O quizá sí es adicto, no lo hemos definido. Se consiguió un novio que parece un muñequito de jengibre, pero a este muñequito se le pinchó el globito y ha entrado en una depresión satánica que le quitó las ganas de follar. Entonces el amigo Hugo se vio con la necesidad de salir a buscar sexo en la calle. Pobre Hugo.

Primero tuvo un amante con el que se moría porque lo cacheteaba y lo escupía cuando se lo comía, pero el amante se enamoró y esta historia se volvió dramática y se le iba saliendo de las manos. Así que le explotó el corazón al amante y se dedicó a putear de forma anónima. Le vino muy bien su antiguo perfil en gay.com, y abrió otro par, en manhunt.com y en adam4adam.com. Desde entonces Hugo tiene cuadrado un timbre especial en su teléfono para identificar los mensajes que le llegan desde estos websites. Así como él, muchos otros hombres están buscando a quien comerse que viva cerca de su código postal. Hugo dice que con sólo verles la cara y el fondo de la foto sabe si es seguro o no ir a encontrarse con el personaje. Se baña y se enjuaga bien sus partes y se va en bicicleta a la casa del elegido. Una que otra vez no ha tenido tanta suerte y ha dado con personajes muy desagradables hasta para su estándar.

“Este personaje tenía pipas de crack en la mesa de la sala, quince gatos y meados de gato. Parecía Whitney Houston obesa. Salí de ahí corriendo”.

Hugo también come amigos, uno por uno, o de a tres. Y cuando se comen entre amigos no dejan de ser amigos. Manosearse, chuparse o comerse es sólo un pasatiempo, y no hace que la amistad se vea afectada de ninguna manera. Es bastante práctico este tesorito mío.

Uno de sus amigos más desagradables ‒yo le digo El Carihinchao‒, de quien todos sus “amigos” se burlan, tiene un lunar tridimensional donde nunca le da el sol y que no los deja concentrar cuando lo ven.

A Hugo le encanta hacer ejercicio en el gimnasio, y del gimnasio le encanta el turco. Después de darle a la caminadora durante 45 minutos se desviste, se envuelve en una toalla ‒toallita‒ y se mete al turco a esperar que llegue alguien. Así llega otro “deportista” a sentarse al frente o al lado suyo y Hugo se para y se sienta en el piso y empieza a estirar, dejando así que se le asome el pene cuando se abre la toalla. Hugo sabe que si el hombre se queda mirándolo, es porque es gay. Así no hay riesgos y no le parten la cara por marico. Una vez definido el asunto, Hugo empieza a tocarse. El otro también se toca, o si es un buen día, toca a Hugo y Hugo lo toca a él.

No siempre hay contacto físico, a veces sólo se miran el uno al otro mientras se masturban. Nunca hay intercambio de palabras. A veces Hugo es egoísta. Se viene y se larga antes de que el otro se haya venido. A veces Hugo es más generoso y se queda hasta que el otro se venga. Le emociona mucho la idea de que en cualquier momento entre alguien y los encuentre en pleno. Hasta el momento no ha pasado. Si lo encontraran en esas lo echarían del gimnasio y perdería los US$449.99 que pago por el año, incluyendo tres sesiones con entrenador personal. El riesgo es tan alto como el nivel de excitación.

Hugo también levanta desconocidos en bares y discotecas. A veces ya se lo ha lengüetiado antes de saber cómo se llama. A veces se va para la casa del tipo y sale de ahí en la madrugada sin saber el nombre del personaje. Una vez se fue para la casa de alguien que conoció en una fiesta, estaba más ebrio que muy ebrio y cuando se despertó por la mañana se dio cuenta que se había cagado. En-la-ca-ma-del-man. Hugo saltó de la cama.

Corrió al baño por papel higiénico y cuando volvió menos de un minuto más tarde, el personaje ya había cambiado las sábanas, las había metido en una bolsa de plástico y las tenía al lado de la puerta, listo para botarlas a la basura.

“Hombre” le dijo Hugo, “lo siento muchísimo, que vergüenza”.

“No te preocupes, eso a veces pasa. ¿Por qué no te das una ducha?”.

Hugo volvió a correr al baño, se duchó y se largó de ahí para no volver nunca jamás. Cuando llegó a la casa se desvistió, dejó la ropa en el piso y se metió a la cama con el muñequito de jengibre. Todavía estaba borracho y pensó “Ya habiéndome bañado, este muñequito no tiene cómo enterarse de nada”. Error. El muñequito de jengibre se levantó al mediodía y vio los calzoncillos en el piso, con una frenada de bicicleta que sin hablar le dijo con exactitud qué había pasado la noche anterior. ¿Y qué iba a decir Hugo? Ni mierda.

Hugo no se siente culpable. No ve la hora, de hecho, de que se lo coman. Hoy mismo, si es posible, esta misma noche, aunque ya se lo hayan comido por la mañana y quizá se lo coman por la tarde. Y yo estoy esperando que me lo cuente todo, quiero los detalles más cochinos, y espero que se invente los que no recuerde.

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