Manólogo, el Nobel para un músico

Manólogo, el Nobel para un músico

13 de octubre del 2016

Con el Nóbel de Literatura entregado el 13 de Octubre a Bob Dylan, que tanta polémica ha generado, me acordé de un artículo que escribí en mi vieja máquina de escribir Sperry – Remington en mayo de 1991 para El Tiempo. Terminó, como ropa recién lavada, colgado. Nunca se publicó y pasó al archivo general de esas cosas que uno guarda sin saber para qué. En  este caso sí y sea esta la oportunidad, 25 años después, de publicarlo tal cual. Arrancaba así.

 Los 50 años de Bob Dylan – EL POETA LUAREADO DE LOS SESENTAS

“Para muchos reyes sus coronas son simple juguetes. Las coronas no tienen nada de sagrado. La mía tampoco”. – Bob Dylan.

Por muchos años, aún después de alcanzar la cúspide de su carrera, sus conciertos eran un suceso especial. El silencio respetuoso que ofrecía el público a su ídolo a la salida al escenario, se convertía en un estallido de gritos y vítores para recibirlo con los primeros acordes de sus canciones y el espectáculo de miles de velas prendidas como homenaje a quien fuera prácticamente el líder espiritual, el gurú de la generación de los sesentas. En el escenario Bob Dylan con su guitarra y su armónica respaldado por su banda, tocaba sus canciones en forma casi íntima y al tiempo distante. Su timidez obligaba a dejar que sus poemas musicalizados hablaran por él.

Robert Allan Zimmerman nació el 24 de mayo de 1941 en Duluth, estado de Minnesota, en el hogar de unos comerciantes judíos de clase media, que en 1947 se mudaron aún más al norte, a la población de Hibbing, donde su padre era socio de un almacén de productos eléctricos. Robert, joven normal, aporreaba el viejo y polvoriento piano, enseñándose canciones. Luego lo hizo con la guitarra y la armónica. Curioso, eso de tantos instrumentos en un hogar que prácticamente no era musical.

Sus ratos libres los pasaba en el único almacén de discos de Hibbing, escuchado al legendario Hank Williams, su primer gran ídolo y de quien tomó su forma de interpretar la guitarra. Pero su interés no se limitaba a los sonidos blancos de la música country, y empezó a escuchar discos que llegaban del sureste americana: B.B. King, Muddy Waters y otros intérpretes del blues y que calaban en su gusto.

Pero fue a los 14 años cuando vio Blackboard Jungle (Semillas de maldad), la clásica película sobre rebeldía juvenil que al final tenía como tema Rock Around The Clock de Bill Haley y sus Cometas que lo hizo exclamar, “¡Esta es nuestra música, fue escrita para nosotros!”

De todos los rocanroleros tempraneros, Elvis, Buddy Holly, Chuck Berry,  el que se volvió ídolo de Dylan fue la ‘cataclísima’ energía de Little Richard. Segundo ídolo y catalizador para crear su propio grupo musical que interpretara aquella “música nuestra”.

Ya en la Universidad de Minnesota, cambio de nombre. El Zimmerman lo consideraba un lastre y asumió el de Dylan, tomado de otro ídolo, Dylan Thomas, poeta galés, original, metafísico y con gran capacidad de crear imágenes con palabras, de comienzos del siglo 20.

Así marchó a Nueva York, con la intención de convertirse en famoso cantante de música folk en Greenwich Village, meca del género. Una vez instalado allí, olvidó sus ídolos de juventud y se dedicó a este nuevo género. Y le fue brillantemente.

Llegando a ser considerado como el más talentoso exponente joven del folk, tenía la habilidad de tocar la guitarra, y la armónica al tiempo que cantaba. Y cantaba canciones propias que se referían a los temas de protesta, pacifistas, derechos humanos… Blowin’ In The Wind (La respuesta está soplando en el viento)  y A Hard Rain’s Gonna Fall (Va a caer un aguacero), una visión un poco apocalíptica del mundo y otros temas más,  enmarcados dentro de la estructura tradicional del folk.

Melodías relativamente sencillas, casi que primitivas, una voz áspera, por ratos hasta desagradable, fueron la base desde donde proyectaba sus historias y mensajes. La riqueza temática, el brillante uso de imágenes en las letras de las canciones, fueron rápidamente asimiladas por los activistas de comienzos de los sesentas. Ellos veneraron a su vocero, el hombre que pudo expresar con palabras lo que pensaban y no podían verbalizar.

Pero masivamente sus temas eran conocidos cuando otros los interpretaban. Los más populares fueron el trío Peter, Paul & Mary, aun cuando Hollies, Cher, The Byrds y otros también pedían prestadas sus canciones para interpretarlas.

Pero suceden dos cosas.

Una.  Se siente incómodo con la investidura que le endilgaron de gurú juvenil y vocero de sus angustias y pasiones. Se lanza a conquistar directamente al público que solo lo conoce por sus temas cantados por otros. Lo segundo fue cuando escuchó al grupo británico The Animals tocando House Of The Rising Sun (La Casa del Sol Naciente), con su sonido folk, pero eléctrico. Inmediatamente entró al estudio de grabación y demostró que su olvidada pasión por el rock and roll y el folk puro (acústico) podían ser mezclados, mientras que afirmaba, “he dejado de buscar la perfección.”

En 1965, hace 25 años, Subterranean Homesick Blues, llevaba a Dylan por primera vez a los listados de popularidad. El tema prestaba mucho de la energía de Chuck Berry, unido a su espíritu folk. Si bien sus seguidores de la línea folk, lo consideraron traidor y vendido por el viraje en su música, conquistó la gran masa del público y de gurú de intelectuales, radicales y estudiantes, se convirtió en ídolo del rock. Eso sí, manteniendo sus estructuras musicales sencillas y letras de gran belleza.

Sus conciertos fueron éxitos atronadores en todo el mundo, pero aun así siempre hubo el aura de que algo estaba por suceder. La catarsis de sus presentaciones, especialmente en 1966 amenazaba con alguna implosión, como lo dijo el folclorista Pete Seeger. “Será una leyenda, si no estalla primero”.

El accidente de motocicleta que sufrió en agosto de 1966, le permitió abandonar el mundo público por dos años. Curiosamente, su silencio y distanciamiento hizo que su popularidad creciera aún más. Dylan, ocultándose del público para dejar libre el trono, mientras que el mundo exterior no lo dejaba tumbar.

Su reaparición en 1969 marcó su cambio hacia una música más melódica, romántica, con influencia country, y los primeros discos críticamente atacados de toda su carrera.

Una actuación en la película Pat Garrett and Billy The Kid, de cuya banda sonora viene el clásico Knockin On Heaven’s Door, un libro publicado y algunos discos entre flojos y regulares, marcaron esos primeros años setenta. Sin embargo, una gigantesca gira en 1974 con su grupo The Band, mientras tanto convertido en grande por sus propios éxitos, generó un interés sin igual: más de seis millones de personas solicitaron boletas, para una capacidad total de la gira de sólo el 5% de esa cantidad. Pero fue el retorno a lo grande, a lo excelente, a lo emocionante de Bob Dylan.

Pero también ha sido lo último. Ha hecho discos, ha hecho presentaciones, se convirtió al Cristianismo, y luego regresó al judaísmo…. Y sus canciones han perdido el encanto.

Pero afortunadamente, nadie tiene que demostrar durante todas su vida que ha dejado huella. La dejó. Pero su corona, esa que nunca quiso, aún está posada en sus sienes, posiblemente tocadas del blanco que llega al cabello con los años. Especialmente después de los 50.

Ese es el cuento. Sin más misterio. Y no me las tiro de clarividente…

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