Dormía muy cómoda, como flotando sobre una nube. La temperatura, debajo de las cobijas, era como un abrazo de amor. Había un silencio casi perfecto, interrumpido por un pito que quizá era parte de mi sueño… no quería abrir los ojos para que nada cambiara, y entonces me tocaron al hombro suavemente. Abrí los ojos y una enfermera me estaba acariciando el brazo. Estaba en una camilla, en el cuarto de un hospital.
—Corazón, no puedes volver a beber como bebiste anoche.
—¿Anoche?
—Estabas muy intoxicada, por eso estás aquí.
—¿Dónde estoy?
—En Kings County Hospital Center, en Brooklyn.
—¿Quién me trajo?
—La policía.
Me dieron de alta una hora más tarde y salí de allí a buscar un taxi a la calle, sintiéndome increíblemente bien. Son lujos que se dan los ricos, se emborrachan hasta que se caen, pasan la noche en una habitación privada de un hospital y al día siguiente no sufren de guayabo. En el bolsillo tenía mis llaves, la cédula, mi tarjeta de crédito y el celular apagado. Saqué plata de un cajero y me monté a uno de esos taxis negros que de noche dan miedo y de día son inofensivos. Entonces me puse a pensar, a tratar de acordarme de la noche anterior, y comencé a sentir ira por no entender qué había pasado con mis amigos. Eran casi las ocho de la mañana,a esa hora todos dormían, así es que les dejé mensajes de voz iracundos.
“¿Qué clase de amigos son ustedes, por qué me dejaron botada anoche? ¿Por qué nadie me cuidó? ¿Por qué amanecí sola en un hospital? Ustedes no son amigos, son unos hijos de puta!”
En mi casa me esperaba mi novia aún más histérica. Había comenzado a llamarme desde las cuatro de la mañana y no había podido comunicarse conmigo o con mis amigos. No había dormido pensando que me había pasado algo. No pude explicarle cómo había terminado en el hospital y eso le produjo aún más rabia. Me acosté a dormir un rato y cuando me desperté por la tarde tenía mensajes de mis amigos, aún más histéricos que los que yo les había dejado.
La noche anterior habíamos estado festejando el cumpleaños de mi amigo Hugo en la casa de su novio. Le habían organizado una fiesta con todos los maricos de Williamsburg, los más hipsters y los más apetecibles. Yo estaba tomando tequila con otro amigo, y lo estábamos pasando con lo que creímos era ponche, ya lo habíamos hecho muchas veces. Los maricos tenían un balde enorme lleno de un líquido naranja, Sparks, que es una bebida energética con alcohol que hoy en día ya no se consigue, enhorabuena. Tenían el balde sobre una mesa, y cuando vaciaban las latas de Sparks en él debían subirse a una silla. Era obsceno, pero nada fuera de lo normal. Ni mi amigo ni yo vimos que al balde también le estaban echando vodka, ron, triple sec, tequila y gin.
Salimos de allí pasada la media noche y caminamos hasta Sugarland, un bar gay a pocas cuadras. Los de seguridad no me dejaron entrar porque consideraron que estaba demasiado borracha, entonces dos de mis amigos se devolvieron caminando conmigo hasta la casa de uno de ellos. El plan era dejarme allá durmiendo. Solo me acuerdo de las escaleras de la casa, debíamos subir tres pisos hasta el apartamento de ellos, y cuando me faltaban dos escalones para llegar decidí apagarme y me acosté en el piso, sobre las escaleras. No hubo poder humano que me despertara, y menos que fuera capaz de levantarme y llevarme hasta la cama. Las dos flores con quienes estaba no fueron capaces de lidiar conmigo, y todavía no me explico por qué, entre dos, no pudieron conmigo. Algunas flores son más enclenques que las otras… También estaban muy borrachos, no tanto como yo, pero lo suficiente como para hacer un escándalo que despertó a la dueña de la casa, una polaca muy brava que ni corta ni perezosa llamó al 911 y de inmediato llegó una camioneta de la policía con cuatro oficiales y una ambulancia.
Mi borrachera no era peligrosa, pero una vez que llega la policía, cualquier cosa que pase de ahí en adelante es responsabilidad de ellos, así es que me levantaron del piso entre cuatro oficiales y me bajaron por las escaleras hasta la ambulancia que me llevaría al hospital. Al día siguiente descubrí moretones satánicos azules, morados y rojos en los brazos y las piernas, como jamás volveré a tener en la vida. Tenía sus dedos marcados en los sitios donde me habían levantado. Dos veces me preguntaron mi número de seguro social, una en la ambulancia y otra en el hospital. Es la única forma que tienen de cobrar, y en medio de mi inconsciencia supe dar el que no era, y supe repetir dos veces el mismo número.
Durante los siguientes tres años no volví a pensar en el tema, y entonces recibí una llamada de una agencia de cobranzas que había adquirido la deuda generada por la ambulancia y la estadía en el hospital. Tenían mi nombre y mi apellido, pero el número de seguro social no era el mío. Aseguraban que una ambulancia me había recogido en una dirección que no era la de mi casa, y donde ni siquiera mis amigos vivían ya.
“Esa no es mi casa, no conozco a nadie en esa dirección y además jamás he estado en una ambulancia y jamás he pasado la noche en un hospital. Tienen a la Virginia Mayer equivocada. Por favor, dejen de llamarme. Esto ya se esta convirtiendo en acoso y estoy considerando discutir mis opciones legales con un abogado.”
Ese año volvieron a llamarme otras cuatro veces, y cuatro veces les dije que no era yo. Finalmente se disculparon, me borraron del sistema y asumieron una deuda de más de cuatro mil dólares.
No es verdad que no puedan romperse todas las reglas. No es verdad que Gran Hermano esté siempre pendiente de todo…
Twitter: @Virginia_Mayer
