Nos están matando

4 de abril del 2015

Vemos como los homicidios hacen parte de la rutina diaria, cierto, en algunos lugares más que en otros, pero en todas partes se violentan

Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana.

Y del Universo no estoy seguro.

Albert Einstein

 La humanidad con sus reglas y leyes ha pretendido, mal que bien, preservar la vida de los suyos; en algunos casos arguyendo razones morales que elevan la vida humana a posiciones de respeto, y en otros argumentando un compromiso pragmático: un pacto social explícito o tácito, mediante el cual se respeta la vida del otro para que en reciprocidad se respete la propia. Cualesquiera que sean las razones o las intenciones, se busca proteger la especie humana. No ha enfatizado el humano la misma exigencia con las vidas animales o vegetales porque se considera el orgulloso rey de la creación y supone su vida muy por encima; otros tipos de vida son sólo objeto de su dominación, explotación y subestima, tienen importancia en la medida en que contribuyan a su existencia como alimentación, divertimento o riqueza material.

Cuando este pacto prescrito se violenta, el humano se resiente, se pone en alerta, debido esencialmente a la proyección que de su propia muerte hace: el temor de que su vida no sea respetada; así alegue conmiseraciones para con sus infortunados congéneres que ve partir antes que él, como un preludio, como un aviso, como una advertencia de lo que más adelante e inexorablemente le ocurrirá. Esto lo angustia, es el temible retrato de su finitud.

Gran trastorno ha causado el reciente caso del avión de Germanwings, en donde el copiloto, abrumado de traumas siquiátricos, aprovechó la ausencia momentánea de su colega para sacrificar a sus pasajeros lanzando deliberadamente al despeñadero la aeronave que conducía. ¿La razón de tanta conmoción? El pensamiento que aturde al considerar que esto mismo podría ocurrirle a uno mismo (o a los nuestros) en algún vuelo aéreo. La inquietud causada no es otra cosa que la prefiguración de un probable infortunio parecido. Por eso se protesta, se exige responsabilidades, cambio de normas, mayor vigilancia.

Aunque nos parezca absurdo, inadmisible y extravagante el suicidio que se saldó con la muerte de 150 pasajeros en ese vuelo del Germanwings, no ha sido caso único, tan sólo el más reciente y ni siquiera el más mortífero; constatación que no excusa la conducta del copiloto suicida y enfermo mental, pero elimina la nefasta originalidad que le atribuimos por su novedad reciente.

Una lista no exhaustiva de otros casos conocidos son: en 1976 un piloto ruso estrelló un avión contra la vivienda de su exmujer, 12 muertos; en 1979 un joven mecánico estrelló un avión en una zona residencial en Bogotá para vengarse de su reciente despido; en 1994 un piloto estrelló intencionalmente su aeronave contra cordillera del Atlas en Marruecos, 44 muertos; en 1997 un piloto, en Indonesia, aprovecho la ausencia del piloto en la cabina para lanzar en picada el avión, tenía problemas económicos, 104 muertos; en 1999 un piloto, en Botswana, estrelló adrede su avión, tenía problemas de salud; en 1999 un piloto de Air Egipto impactó adrede su avión en New York, 217 muertos; en 2013, en Namibia, un piloto se encerró en la cabina y arrojó su avión desde 11.500 metros, 33 muertos; y una de las hipótesis que se barajan alrededor de la misteriosa desaparición del avión de Malaysia Airlines que desapareció en el mar de China meridional en el 2014 es justamente el suicidio del piloto.

Día a día nuestras vidas descansan en la observancia de los acuerdos convenidos que hemos instituido los seres humanos; nuestra vida pende y está a merced del cumplimiento de ese pacto social establecido. En ello estriba nuestra supervivencia, el resguardo de nuestras vidas.

Y día a día observamos que ese acuerdo es contravenido; vemos como los homicidios hacen parte de la rutina diaria, cierto, en algunos lugares más que en otros, pero en todas partes se violentan. Es decir, alguien decide en su nombre y sin nuestro consentimiento acabar con nuestra vida, con lo más sagrado que tenemos, a decir mejor con lo único valioso que tenemos; alguien se arroga el derecho de destruirnos ese valor tan preciado. Ese don que nos es propio, no endosable y personal, ese del que algunos creyentes religiosos hacen cesión a sus dioses y con recelo recóndito nombran sus albaceas.

Una cosa es la vida física, esa que de un tajo nos pueden suprimir por acción propia o encargada a un tercero, a un sicario, y otra esa que poco a poco nos desbarata la vida, nos la hace imposible, nos destruye el sosiego y nos torna la existencia insoportable; y esto es del mismo tenor que la supresión corporal inmediata. Así las cosas, cuando alguien a título personal o en nombre de un Estado gobernante nos arrebata la esperanza, nos reduce o elimina el bienestar, nuestros escasos bienes, nuestra libertad, nos reduce al vasallaje, está haciendo lo mismo: acabando con nuestras existencias.

Nuestras vidas están a la merced de quienes nos rodean o nos han precedido; un caso de consideración es el respeto a la naturaleza, la ecología esa ciencia que creemos que no nos concierne, es, no obstante, un factor esencial para nuestro confort humano; la destrucción de nuestro hábitat es la misma muerte decidida por otros, esos que contaminando nuestro oxígeno y elementos vitales esenciales llevan nuestras células a convertirse en inútiles, en cancerígenas. A estos no los llamamos homicidas, y sin embargo lo son.

Y no tenemos más remedio que confiar en quienes nos rodean, a pesar de las permanentes traiciones que nos atizan. Confiamos en quien produce los alimentos, creemos que no han sido envenenados; confiamos al cruzar una calle que el chofer del carro respetará el semáforo y no nos arrollará, así tantas veces se haya infringido la regla aposta o por alicoramiento. Nos ponemos en manos de un médico considerándolo sapiente en sus conocimientos para que nos recete, y ni que decir cuando entregamos nuestra conciencia que hasta dejamos anestesiar para que como cirujano hurgue y remiende nuestras entrañas.

Por eso, la gran responsabilidad que nos incumbe como participantes de una democracia es elegir representantes idóneos que no atenten contra nuestras vidas, que las decisiones que hemos puesto en sus manos sean las apropiadas y que estos elegidos sean verdaderos republicanos que acepten sus errores y sean destronables como consecuencia de sus eventuales fallos. Un pensamiento dolido y considerado por el pueblo venezolano que sufre las inclemencias de una violenta dictadura que está acabando con sus vidas; y para todos, un campanazo que ahuyente de los cantos de sirenas con los que políticos marrulleros y amantes de satrapías tratan de endulzar nuestros oídos y comprometer nuestras vidas y libertades. Quienes dirigen la nave del Estado y voluntariamente la desbarrancan –mediante equívocas gestiones, corruptelas y desfalcos a las arcas públicas– con todo su pueblo adentro, son tan y más reprochables que el mísero copiloto de Germanwings.

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PD: Y qué tal el celador que soportado por su biblia y su dios apuñaló a un residente del edificio bogotano que vigilaba, mientras vociferaba: “No merece vivir por ser gay”. El criminal anda aún suelto.

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