Nuestro Ejército

29 de mayo del 2019

Opinión de Jaime Arias

Nuestro Ejército

Todas nuestras instituciones públicas son cuestionadas a diario, desde adentro o desde afuera, y eso no está mal, puesto que deben estar edificadas estructuralmente para resistir la crítica y aprovecharla —cuando es seria y constructiva— con el propósito de renovarse permanentemente. Nuestro Ejército sigue y seguirá cargando el inri de los falsos positivos, que apenas se van conociendo y que, al parecer, fueron varios miles. Ese fue un pecado y un crimen casi imperdonable, lo mismo que ciertas alianzas con grupos criminales armados, todo lo cual desdibujó la imagen de la institución y dio pie para que enemigos y contradictores alimentaran su discurso contra la fuerza militar.

No cabe duda de que existe un plan de la llamada “izquierda”, que implica el uso de todas las formas de lucha, es integral y de largo plazo, se ha orquestado desde adentro y desde afuera, y se orienta a debilitar las instituciones democráticas y el Estado de derecho, con el fin de ir abriendo paso a futuros gobiernos pro-marxistas, como ha sucedido en países vecinos al nuestro. Ese plan pasa por la subversión, las escuelas y universidades, la rama judicial (incluyendo a la JEP), algunos periodistas crédulos o afines al “socialismo de banana” que circula por la región, intelectuales, empresarios ingenuos y, sobre todo, gentes cándidas, que, como Caperucita Roja, no alcanzan a ver los colmillos del lobo.

La mayoría de dirigentes de la mal denominada izquierda se han lanzado como perros furiosos sobre el ministro de Defensa, Guillermo Botero, tal vez aprovechando declaraciones imprudentes o tomándolas fuera de su contexto. Quieren y exigen su cabeza. Ahora le tocó el turno al comandante del Ejército, general Nicacio Martínez, por haber solicitado a los líderes militares actuar con mayor determinación frente a las amenazas de narcos, exFARC, antiguos paras y otros tipos de malandros que se han adueñado de extensas zonas del territorio. ¿Qué buscan los críticos? Sencillamente quieren un ejército sumiso, desentendido, acomplejado, débil en la acción y escondido en los cuarteles, y no uno que cumpla con su misión, como debe ser, aquí y en cualquier nación que se respete.

Es posible que el mensaje del comandante a sus hombres haya incurrido en equivocaciones, como con las conocidas tablas de resultados operativos, o que el lenguaje no haya sido claro. El efecto más preocupante es que la fuente de la información enviada al New York Times provenga de militares de alto rango pertenecientes al Estado Mayor y responsables de cumplir la misión institucional de preservar el orden. En el campo militar no hay lugar a disidencias, se puede opinar, pero, una vez tomada una decisión estratégica e institucional, es necesaria la obediencia, la unidad de cuerpo y la lealtad. Es indispensable, sin embargo, que los líderes militares de cualquier país entiendan siempre la obligación de actuar dentro de la ley, la doctrina que obliga al respeto por los derechos humanos y el rechazo de prácticas nefastas contra la población civil, como fueron los “falsos positivos” de hace un tiempo.

Resultaría grave que estuviésemos ante una división política en el seno de nuestro Ejército; allí la autoridad debe ser monolítica, siguiendo el orden jerárquico que va desde el presidente de la República hacia abajo. La tarea militar en Colombia es especialmente ardua, compleja e incomprendida, debido a las acciones irregulares de los delincuentes, quienes son los verdaderos enemigos de la paz, por lo cual las diferentes fuerzas deben actuar como un solo hombre, bajo planes operativos claros, sin desfallecer.

Lamentablemente, en las fases finales del Acuerdo de La Habana, se ordenó un repliegue militar, hasta cierto punto entendible, que pudo haber causado efecto de letargia en la tropa, lo que sucede cuando un atleta se aparta de las pistas por un tiempo largo. Ahora estamos viendo las consecuencias de ese retiro de la presencia militar durante el posconflicto: extensos territorios copados por narcotraficantes y grupos guerrilleros, crímenes de líderes sociales, éxodos de campesinos y alteración del orden.

Si la denuncia sobre las órdenes operativas impartidas por el general Nicacio de Jesús Martínez hubiera aparecido en un medio de comunicación local, el ruido hubiese durado unas horas o días, pero como lo publicó el New York Times —el diario más importante del mundo— creó todo tipo de reacciones, desde las del Gobierno con sus tibias explicaciones, hasta las de los enemigos del sistema político, quienes dijeron que estábamos regresando a épocas de barbarie. El Times es un periódico serio y respetable, pero desconoce la realidad colombiana y se olvida de las barbaridades cometidas por el Ejército de los Estados Unidos en Vietnam y otras guerras. Ojalá que este episodio sirva para ser más prudentes y claros en lo que se dice desde el Alto Gobierno y desde las fuerzas armadas.

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