Nuestro país debería

23 de octubre del 2019

Por: Ancizar Villa M.

Nuestro país debería

Ser menos garantista. Muchos lo han dicho antes ya: da hasta pesar ver el constante maltrato a la fuerza pública sin que ella pueda hacer nada. Tanto delincuente desafiando a la autoridad, seguros de que una normatividad que los favorece, impide que sean puestos en su lugar y que por el contrario, después de una retención que los jueces calificarán de no apegada a la ley, los pondrá de nuevo en la calle para otra vez robar y matar, al tiempo que se burlan de quienes los detuvieron.

Crear dispensarios de medicamentos directamente manejados por el Estado. Para controlar los precios, entregar a tiempo los medicamentos, impedir que aparezcan intermediarios innecesarios y evitar el sufrimiento o la muerte de los  pacientes, el Estado puede y debe crear unos dispensarios públicos a los que llegue directamente la orden del médico tratante, en un plazo mínimo entregarlos al usuario y luego cobrárselos a la EPS o pagárselos directamente en los cruces de cuenta del FOSYGA.

Ser más exigente. Está muy bien que Transmilenio, por ejemplo, esté intentando a través de campañas mediáticas, en invitar a los ciudadanos a pagar su pasaje y a entender que es parte de la responsabilidad social personal, cubrir el costo subsidiado que les permite viajar en el sistema, pero está claro que la mayoría de las estaciones están como “una puerta en media manga”, y que parecieran diseñadas para invitar a entrar en ellas libremente. Por supuesto que lo ideal sería que no se necesitaran barreras para obligar al pago a los usuarios, pero a esa conciencia social estamos lejos de llegar por falta de formación, y muchas veces, de plata.

Tomar determinaciones viales simples. En una vía como Villeta-Guaduas, o Cajamarca-Calarcá, o San Luis-Santuario, o Valdivia-Puerto Valdivia, o todas aquellas doble vía, ordenar a través de una simple resolución, que por ejemplo entre camiones de gran tonelaje (es decir, entre mula y mula), siempre existan al menos 100 metros de distancia entre una y otra, de tal modo que se eviten esas largas colas de automóviles y camperos detrás de dos o tres de esos grandes vehículos pegados, lo cual impide un sobrepaso seguro; con ello, mejoraría ostensiblemente el tráfico.

Sistematizar el cobro en todos los peajes. Por agilidad, seguridad, facilidad tecnológica, organización vial y cultura ciudadana, estamos en mora de dar ese paso que hasta el momento permite que sea el usuario quien decida cuándo entrar a la era de una modernidad para el bienestar. Ni siquiera se requeriría de un sistema prepago, también se podría habilitar un sistema pospago en factura de servicios públicos domiciliarios, por ejemplo.

Respetar al ciudadano. El ciudadano busca respuestas, no evasivas. Cuando una tutela o un derecho de petición, se contesta sin la solución a la problemática contenida en la solicitud, sino simplemente para cumplir unos términos, se está burlando al ciudadano. Ese es un tema que merece ser revisado, tanto en los casos y la utilidad expresa del documento, como en los plazos y los contenidos de su respuesta.

Viabilizar mecanismos de conciliación previa entre distintas autoridades. Cuando dos o más autoridades de cualquiera de las ramas, tengan posiciones contrarias o diversas frente a una cuestión, debería existir un mecanismo que les permita unificar criterios antes de salir a hacer el oso, a crear confusión pública, a alardear de sus poderes, a medir fuerzas frente a la opinión o a eternizar procesos de solución. Con mayor razón, cuando se trata de dependencias del mismo gobierno; antes de salir a dar lora y a enredar al mandatario, conversen, unifiquen, acerquen posiciones y asuman sin evasivas o disculpas tanto la defensa del proyecto como sus consecuencias.

Escuchar a las regiones. Nos llenamos la boca diciendo que somos un país multicultural, pluriétnico y multirracial pero a la hora de las decisiones frente a proyectos regionales, todo lo queremos estandarizar a lo que diga la frialdad de la norma, la centralista opinión del tecnócrata o el interés por los “likes” del funcionario de alto nivel. La forma, el color, el sabor y el contexto se pierden cuando todo debe ser según lo ordene quien tenga el lapicero de la decisión. Todo ello se vuelve odioso, agresivo y desconoce la capacidad, la iniciativa, la creatividad, la tradición y el saber popular y científico de dirigentes, líderes,  gobernantes y comunidades nativas.

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