¿Por qué?

3 de junio del 2019

Opinión de Carlos Salas

¿Por qué?

Como muchos compatriotas, no llego a entender por qué un presidente demócrata tiene que respetar lo hecho por su predecesor violando todos los principios democráticos. Me lo pregunto con cierta candidez al no ser ducho en esta materia, tan solo como alguien que presencia un estado de cosas absurdo.

Qué un congreso, nombrado en buena parte con platas de la corrupción destinadas a la compra de votos, sea quien obstruye el camino democrático hacía el progreso y frena la posibilidad del ejecutivo de hacer un gobierno que corresponda a las necesidades de su pueblo y a los requerimientos de un siglo XXI que estamos dejando pasar como si no hubiera llegado ya en vísperas de empezar su tercera década; qué unas Cortes desprestigiadas que se encuentran al servicio de un personaje nefasto que merecería estar en prisión y no entorpeciendo la labor del gobierno actual; qué unos gobiernos regionales elegido en gran parte de la misma manera como fue elegido el Congreso y que tienen sus regiones a merced del crimen; y qué nos tengamos que apoyar en una Constitución que fue creada bajo el manto oscuro del narcotráfico son algunas de las cuestiones que me llevan a preguntarme por qué la democracia en Colombia se ha convertido en esclava de una constitución y unas leyes que fueron impuestas a través de jugadas antidemocráticas.

Eso refiriéndome tan solo a las viejas instituciones porque lo que dejó Santos con el nefasto Acuerdo de Paz fue una constitución sobre la cuestionada del 91 al servicio del narcoterrorismo de las FARC y sus compinches. Deberían existir mecanismos con los que un presidente pueda mandar al diablo tanta basura y rearmar el estado, sin que se considere un fujimorazo que, dato curioso, contó con el apoyo del 82% de los peruanos.

Esto va muy mal, no se puede ocultar tan grave situación institucional que está acarreando una violenta criminalidad que va a superar la de los tiempos de los capos de la droga. Las cifras de corrupción y la de ingresos por la coca son alucinantes. Pretender que eso es inocuo es pasar al campo de la negación. Eso no se da sin trágicas consecuencias.

Las FARC se pavonean, luego de tantas victorias en sus distintas formas de lucha, diciendo que son “una fuerza invencible”, a las Cortes no se les toca un pelo cuando hay suficientes pruebas para procesar a varios de sus miembros, los partidos políticos, derrotados en las urnas, imponen su voluntad ante un gobierno sumiso a lo que decidan en el Congreso personajes de la más baja catadura moral y, unido a esto, unos medios que aplauden y dan bombo a este circo que estamos padeciendo.

Ya se va a cumplir un año del mandato del presidente Duque cuyo nombramiento nos devolvió la esperanza. Ojalá antes del 7 de agosto veamos un viraje radical en su conducción de los destinos del país.

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