Estamos caminando dormidos hacia un Estado vigilante

24 de enero del 2020

¿Cuál es el temor?

Estamos caminando dormidos hacia un Estado vigilante

THE NEW YORK TIMES/The New York Times

Hay muchas cosas del futuro que no me dejan dormir —las armas con inteligencia artificial, los ultrafalsos virales indetectables, los incansables columnistas robóticos con una sabiduría infinita—, pero en los últimos años mi radar de temores ha detectado una amenaza tecnológica con mucha más rapidez que otras.

¿Cuál temor? La vigilancia ubicua.

Ya no estoy tan seguro de que la civilización humana pueda enmendar o escapar de una vida bajo una constante vigilancia física, e incluso psíquica, que obtiene detalles de forma excesiva; como especie, no estamos ni cerca de estar haciendo lo necesario para no ser observados o grabados digitalmente todo el tiempo.

Tu ubicación, tus compras, el video y el audio del interior de tu casa y oficina, tus búsquedas en línea y todas tus divagaciones digitales, el monitoreo biométrico de tu rostro y de otras partes del cuerpo, tu ritmo cardíaco y otros signos vitales, todas tus comunicaciones, grabaciones y tal vez tus más profundos pensamientos o tus sueños mundanos; en el futuro, sino es que desde este momento, muchos de estos datos serán recolectados y analizados por una combinación de gobiernos y corporaciones, entre ellos un puñado de megaempresas cuyo poder casi se equipara con el de los gobiernos.

¿Por qué soy tan pesimista? Durante el año pasado, como parte de The Privacy Project de la sección de opinión de The Times, participé en experimentos en los que mis dispositivos fueron monitoreados de cerca para determinar el tipo de datos que se estaban recolectando acerca de mí. Estos experimentos me han dado un nuevo entendimiento de la psicología en la que se basa la vigilancia; me he percatado de cuán ciegos somos frente al tipo de información que las empresas tecnológicas están obteniendo de nosotros mediante nuestros dispositivos. Nuestra ceguera no solo nos mantiene pegados a una tecnología que invade la privacidad… sino que también significa que no hemos logrado crear una cultura política que esté de alguna manera a la altura de la tarea de limitar la vigilancia.

Por eso, en toda la especie, sin importar que sea una democracia estadounidense o europea o un autoritarismo chino, pocas de nuestras instituciones culturales o políticas están siquiera haciendo el intento de limitar el Estado de vigilancia.

En China, el gobierno está creando una aterradora traína de vigilancia en plena luz del día, hilvanando el reconocimiento facial, las huellas digitales y otras bases de datos en un ojo que todo lo ve y que tiene como objetivo observar de cerca a más de mil millones de ciudadanos.

No obstante, Estados Unidos y otras democracias occidentales que en teoría adoran la libertad, no han descartado un futuro parecido. Tan solo basta considerar las extrañas políticas en torno a la invasión de la privacidad. Donald Trump y sus simpatizantes han argüido en repetidas ocasiones que el FBI es corrupto y no se puede confiar en él. Sin embargo, al igual que Barack Obama antes que él, Trump y el Departamento de Justicia están presionando a Apple para que cree una puerta trasera que les dé acceso a los datos de los iPhone encriptados: quieren que el deshonesto FBI y cualquier policía local pueda ver todo lo que hay dentro del teléfono de cualquier persona.

Compasivamente, Apple se está resistiendo, al igual que lo hizo frente a la solicitud del Departamento de Justicia durante el gobierno de Barack Obama de que creara un tecnicismo para evadir la seguridad del iPhone… pero el hecho de que tanto Obama como Trump coincidieran en la necesidad de descodificar el encriptado de los iPhone sugiere el grado de minuciosidad con el que los líderes de todo el espectro político han descuidado la privacidad como un valor fundamental que requiere protección.

En efecto, debido a la escasez de leyes que protegen nuestra privacidad —y una discusión política de alto perfil casi nula en torno a los riesgos en cuestión— los estadounidenses están caminando dormidos hacia un futuro casi tan aterrador como el que están construyendo los chinos. Elijo la metáfora del sonambulismo a propósito porque, cuando se trata de la privacidad digital, muchos de nosotros preferimos la cómoda dicha de la ignorancia. Como resultado, una gran parte del motor de la vigilancia opera de forma clandestina, apenas debajo de donde muchos de nosotros nos atrevemos a mirar.

En meses recientes, mis colegas de The New York Times y otros medios informativos han publicado una serie de investigaciones devastadoras sobre la vigilancia digital moderna. Algunas de sus revelaciones: las empresas publicitarias y quienes se dedican a la comercialización de los datos están vigilando con un rigor increíble los datos de localización de los teléfonos inteligentes, monitorean de una manera tan precisa a los usuarios que se podría decir que sus bases de datos son capaces de poner en riesgo la seguridad nacional o la libertad política. Hay pocos controles significativos para los escaneos de la gente que usa reconocimiento facial, perfiles genéticos y otros datos biométricos. Las tecnologías de seguimiento se han vuelto baratas y están disponibles en todas partes: por menos de cien dólares, mis colegas pudieron identificar a gente que pasaba caminando frente a cámaras de seguridad en Bryant Park en Manhattan.

El fin de semana pasado, Kashmir Hill de The Times informó sobre una empresa llamada Clearview AI, la cual ha creado una herramienta que “podría terminar con tu capacidad de caminar por la calle de forma anónima”. Por medio de fotos de Facebook, YouTube y otros sitios web que crean una inmensa base de datos de rostros, la empresa permite que la policía identifique gente con tan solo elegir una foto. Es el Shazam de los rostros, no muy distinto del tipo de herramientas de reconocimiento facial que nos preocupa que pudiera usar China… y aunque cientos de departamentos de policía podrían tener acceso a esta herramienta, casi nadie fuera de la empresa entiende cómo funciona.

La historia de Clearview AI sugiere otra razón para preocuparnos de que nuestra marcha hacia la vigilancia se haya vuelto inexorable: cada nueva tecnología invasora de la privacidad se basa en la anterior, lo cual produce resultados terroríficos de nuevas integraciones y colecciones de datos que pocos usuarios podrían haber anticipado.

Hace poco tiempo, me enfrenté a este tipo de cascada con los datos que se rastrearon de mi propio teléfono inteligente. A finales del año pasado, con la ayuda de Stuart Thompson, un editor de la sección de opinión, configuré mi teléfono para que monitoreara la forma en que me rastreaban ciertas aplicaciones. Me enfoqué en las aplicaciones que solicitaban el acceso a mi ubicación física: entre ellas había aplicaciones para encontrar gasolina barata, cupones y descuentos en tiendas minoristas cercanas, y para ayudarme a navegar y encontrar ofertas mientras deambulaba por el mundo.

La conclusión: mientras me seguían las aplicaciones que monitoreaban mi ubicación, pude captar los puntos de localización que enviaban a servidores en línea… en esencia registré su espionaje. Envié los datos a Stuart y a su equipo, quienes interpretaron y mapearon las ubicaciones que las aplicaciones habían recolectado de mí. El resultado me impactó; las aplicaciones me habían seguido mucho más de cerca, pues captaron muchos más datos y con una frecuencia mucho mayor de la que hubiera imaginado cuando acepté ser seguido.

Como mucha gente, desde hace tiempo he justificado mi apatía en torno a la privacidad mediante la ingenuidad: soy un tipo honesto, ¿qué tengo que ocultar?

Sin embargo, al ver la visión omnipresente que unas pocas aplicaciones de cupones pueden tener de mí, ya no puedo fingir que no tengo nada de qué preocuparme. Evidentemente, no soy un criminal, pero ¿quiero que alguien sepa todo de mí? Y en particular: ¿es una buena idea que le permitamos a una entidad saber todo sobre todos?

Porque esos son los riesgos. La incertidumbre que aún prevalece en torno al Estado de vigilancia no proviene de la duda de si debemos o no ceder ante él… tan solo es la facilidad, el alcance y la rigurosidad con la que deformará nuestra sociedad.

¿Permitiremos que el gobierno y las corporaciones tengan un acceso sin restricciones a cada dato que generemos de ahora en adelante o decidiremos que algunos tipos de recolecciones, como los datos encriptados de tu teléfono, nunca deberían realizarse, aunque un juez haya emitido una orden para hacerlo?

En el futuro, ¿se podrá guardar algún secreto en realidad? ¿La sociedad permitirá que haya pensamientos o comunicaciones sin registrar que evadan la detección y el análisis comercial? Además, si ya no puede haber más secretos, ¿cómo justificaremos nuestras pérdidas? ¿Hasta qué punto vivir vigilados entumecerá la creatividad y silenciará los pensamientos radicales? ¿Acaso la intervención humana puede sobrevivir ante la posibilidad de que algunas empresas sepan más sobre todos nosotros de lo que nosotros sabremos jamás?

Me preocupa que pronto nos veremos obligados a descubrirlo.

Por: Farhad Manjoo

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