Religión y conquista de América: la gran masacre

7 de noviembre del 2015

Reseña crítica del libro “ Tríptico de la infamia ” de Pablo Montoya.

A la llegada de los conquistadores había

aproximadamente ochenta millones de habitantes en América.

Cincuenta años después quedaban diez”.

P.M.

PabloMontoya

De esos libros que al terminarlos lo persiguen a uno hasta en sueños, en procura de análisis, de un profundo cuestionamiento a la especia humana que dizque somos. Imposible no sentirse impactado por 300 páginas de infamia, de constatación de desprecio a la vida y de mortandad histórica. Aquí no hay ficción, de haberla sería superada por la realidad sobrevenida. “Tríptico de la infamia” no deja dormir, taladra las neuronas en busca de interrogantes sobre lo que hemos sido, somos y seguramente seremos: una disparatada especie condenada por (o en nombre de) los dioses que ha creado para su autodestrucción. “El hombre ha sido, es y será siempre una criatura devastadora, y el padecimiento por él provocado, por una razón u otra, la constante de la historia”.

No sin razón su escritor, el colombiano Pablo Montoya, obtuvo con este libro el Premio Rómulo Gallegos 2015; ese mismo que en años pasados ha galardonado a otros grandes de las letras como: Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Javier Marías, Fernando Vallejo, Carlos Fuentes, William Ospina, Roberto Bolaño, por no citarlos todos.

Tríptico de la infamia” es una novela que lanza un clamor estridente, pero cuerdo, de desesperanza presente, pretérita y futura, a la luz del análisis histórico de las guerras religiosas europeas del siglo XVI entre católicos y protestantes y que por desgracia migraron a tierras americanas con todo su peso histérico, arbitrario, de horror y de abuso sobre su población indígena.

Su estilo narrativo es poético, de léxico florido, con un fraseo impecable que ofrece precisión histórica e incitación analítica. Cómo no sucumbir ante frases construidas con tanta precisión y cargadas de semántica: “Soy solo un presente que es angustiada sobrevivencia, un pasado que se asume como herida interminable, y un futuro cuyo olvido es la única circunstancia que anhelo”.

Tiene el libro doble propósito; el primero y evidente, contar tres historias convergentes sobre el mismo tema: la crueldad sumada a la ambición que, al amparo de las religiones, logra destruir pueblos, producir mortandades y genocidios; y el segundo, indicarnos que la historia humana es una sucesión de repeticiones fratricidas, en las que sólo cambia la época, los aparentes objetivos, y en las que ratificamos que los humanos somos máquinas de guerra, inhumanos intolerantes de ideas diferentes y peor aún: desinteresados de las vidas de nuestros semejantes. Las religiones, predicadoras de armonía y amor al prójimo, han sido justamente las más mortíferas, las que más han asesinado en nombre de un ser supremo, en un vano intento de imponer las ideas propias a los demás y de obligar dioses a los otros. Estas han sido las grandes las causantes de las peores masacres humanas.

Y para ejemplificar la crueldad humana, la infamia, como reza el título del libro, se sirve de dos pintores protestantes, Jacques Le Moyne y George Dubois y de un grabador, Théodore de Bry. Son ellos los encargados, a través de sus obras de arte, de mostrarnos algunas, pero ilustradoras, guerras religiosas del siglo XVI, la conquista de América y el genocidio indígena. Le Moyne vino a América y se impregnó de indigenismo, admiró su arte y su manera de vivir; Dubois y de Bry se basaron en pinturas y testimonios de otros; en particular, de Bry utilizó el escrito de Fray Bartolomé de las Casas (“Brevísima relación de la destrucción de las Indias”). El compendio de la obra de estos artistas dan parte de la tragedia que asedió a América y del saqueo efectuado en nombre de la religión y con un afán claro de apoderarse de las riquezas naturales del llamado “Nuevo Mundo”, al que convirtieron despótica e impunemente en despensa personal.

Pero si por América llovían masacres religiosas, por Europa no escampaba de exterminios también religiosos. El libro de Montoya nos narra, a través de la pintura de Dubois, la tan célebre como ominosa masacre de San Bartolomé, en la que al menos 10.000 hugonotes fueron salvajemente acribillados por los católicos encabezados por Catalina de Medicis, sin escatimar mujeres y niños.

La ignominia de las guerras de religión está lejos de terminar, es cierto que del lado cristiano han disminuido, aunque valga recordar que en Irlanda hasta hace pocas décadas aún se mataban dos bandos religiosos, y que en todo Occidente cruzados potenciales se asoman y perfilan en permanencia para imponer designios religiosos. Esta faena de guerra se ha trasladado, esencialmente, al mundo musulmán en donde fanáticos enajenados (perdón el pleonasmo), como el Estado Islámico, no tienen empacho en asesinar a quienes difieren de sus sacrosantos y vetustos principios. Ni qué decir del reciente del asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo. Viven muchos aún en un insufrible y anacrónico Medioevo, y tratan de imponerlo al resto de la urbe.

Pero, regresemos a nuestro libro. Monstruoso pareció a la horda conquistadora el encontrar que los indígenas americanos no creyeran en los dioses europeos ni que acordaran importancia a sus inentendibles biblias, o que algunas tribus (raras) practicaran canibalismo ritual; por lo que tildaron la población local de salvajes, bárbaros, carentes de alma, no pertenecientes a la categoría humana. No obstante, no les pareció bestial el descuartizar indígenas o hacerlos desgarrar por las brutales dentelladas de sus perros, o asarlos en enormes parrillas, o quemarlos en hogueras, o torturarlos de mil e ingeniosos métodos, mientras sus sacerdotes les mostraban cruces e impartían extrañas bendiciones y prometían un imaginario y misterioso más allá. Lejos estaban de admitir que la ingestión de hostias católicas era un acto de canibalismo también ritual y que aún en las liturgias actuales sigue siendo mirado y practicado con gran pompa y sublimado en grandes trances que se creen místicos cuando apenas llegan a esotéricos, cuando no a supersticiosos. “Los españoles devoran a su dios, ese ídolo transubstanciado en una hostia, a lo largo de sus misas consuetudinarias disfrazadas de falsa bondad”.

A guisa de colofón, no sin antes recomendar con superlativos el adentrase en esta infamia narrada por el escritor Pablo Montoya, una invitación a unirnos a las voces que in crescendo claman el eliminar la celebración del 12 de octubre, “la fiesta de la raza”, esa que fue aniquilada y humillada. Ya es hora de reconsiderar si este genocidio es merecedor de fiestas o más bien de establecer un acto de contrición y estudio sobre lo nefastamente acaecido. “Ferocidad y saña se confabulan para construir el trauma cultural que seguimos llamando descubrimiento y conquista de América”.

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