Pandillas Juveniles: pesadilla urbana

Pandillas Juveniles: pesadilla urbana

28 de abril del 2017

Por:  * Diego Molano – Concejal de Bogotá

Esneider* de 16 años es un joven delincuente de Kennedy que en los tres primeros meses de este año, ha sido capturado en 13 ocasiones por la policía, sin embargo siempre vuelve a la calle. Pedro*, un joven paisa de 15 años, oriundo de Turbo, hijo de una madre sicaria que vive en San Cristóbal sur, ha sido aprendido 16 veces por traficar con droga y hoy está libre. Ellos se suman a los más de 7 mil jóvenes que cada año en Bogotá han cometido un delito, fueron sancionados y entraron al Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente.

Las cifras son aterradoras, es como si cada año entraran a engrosar las filas de la delincuencia juvenil de la capital, el mismo número de guerrilleros de las Farc que se están desmovilizando.

La mayoría de estos jóvenes vienen de familias con madres cabeza de hogar que han tenido una maternidad temprana, en muchas ocasiones son hijos de padres delincuentes, el 80% son consumidores de droga, han sufrido violencia intrafamiliar o abuso sexual.

Pero no solo su entorno familiar influye, viven en barrios que todo el tiempo los ponen en riesgo. Allí encuentran, cerca de colegios y parques, bandas de adultos o pandillas que disputan las cuadras y que buscan reclutarlos. En solo Bogotá hay más de 140 pandillas, 30 de estas tienen comportamientos violentos y criminales.

Colombia adoptó el código de infancia y adolescencia para garantizar los derechos de los niños y jóvenes, de hecho, tiene un capítulo especial de responsabilidad penal adolescente que busca crear un sistema que permita su resocialización con sanciones especiales como: amonestaciones, acciones pedagógicas, trabajo comunitario o capacitaciones con libertad restringida. Para los que cometen delitos graves, hay sanciones privativas de la libertad con penas máximas de 6 años.

MANIPULACIÓN DEL SISTEMA

Las mafias y organizaciones delincuenciales de adultos e inclusive los mismos jóvenes aprendieron a manipular el sistema. Aprovechan que la situación jurídica para los menores es diferente y por eso los reclutan, los usan para robos o transporte y comercialización de la droga y en muchas ocasiones para poner bombas como el sonado caso de un ex ministro con la bomba lapa, puesta por un menor de edad.

Es muy difícil que los atrapen y si ello sucede, pocos son sancionados y los otros son dejados en libertad sin ningún seguimiento, de hecho, algunos de los centros de atención donde están recluidos se convirtieron en fábricas de delincuentes.

Las entidades distritales como las secretarias de Seguridad, Integración Social y Salud, en coordinación con las nacionales como Policía, Fiscalía e ICBF deben articular esfuerzos para ejecutar programas ambiciosos de prevención de la delincuencia juvenil, en particular para apoyar a las familias en riesgo, lo mismo que para el tratamiento del consumo de drogas por parte de los jóvenes.

El desmantelamiento de las bandas que usan y manipulan a la juventud debe ser una prioridad. Por supuesto es necesaria una redefinición de los programas de resocialización para que sean más efectivos.

No podemos seguir perdiendo una generación de jóvenes en nuestras ciudades a manos de la delincuencia, no podemos seguir dejando que nuestros niños sean la carne de cañón de la delincuencia organizada. Las pandillas y la delincuencia juvenil es un problema urbano moderno, que no podemos permitir y deber ser un imperativo moral y ético. La tarea es de todos; por sus hijos, por los míos y por los  del mundo entero.

*Nombres ficticios para proteger su identidad

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