El cuerpo humano en la guerra

14 de septiembre del 2013

Reseña crítica del libro “ El cuerpo humano ” de Paolo Giordano “¿Sabes lo que significa ser realista?, pues que no trago las historias de nadie, que no me hago ilusiones sobre lo bonito que es todo, miro las cosas como los escupitajos que son y decido mi destino… que al final es una cuestión […]

Reseña crítica del libro “ El cuerpo humano ” de Paolo Giordano

“¿Sabes lo que significa ser realista?,

pues que no trago las historias de nadie,

que no me hago ilusiones sobre lo bonito que es todo,

miro las cosas como los escupitajos que son y decido mi destino…

que al final es una cuestión de cojones,

los que no tienen no resisten, y la evolución, ya lo dijo Darwin…”

P.G.

La humanidad “elabora” guerras (guerritas y guerrillas) por múltiples razones, siendo las principales: dinero, política y religión; que fácilmente pueden reducirse a una sola: poder.

Las intervenciones armadas se fraguan en los conciliábulos de la autoridad (legal o ilícita, débil o imponente, razonable o infundada) arguyendo justicia, castigo, retaliación o prevención de males mayores. Rara vez hay un cumplimiento preciso de los objetivos iniciales, ni de los recursos utilizados y menos aún del tiempo previsto de contienda. Se sabe cuando comienza y nunca, por más de que se acote, cuando termina.

Los pacifistas se oponen a cualquier tipo de confrontación, cualquier mal es preferible a la contienda, suele haber algo de ingenuidad en tan ortodoxo propósito. Los defensores de la fuerza como única solución de los conflictos se lanzan fácilmente en batallas con poco debate y sin exploración suficiente de las implicaciones posteriores. Ambos extremos son riesgosos. Los organismos internacionales, los acuerdos entre países, los debates internos, el autocontrol, la diplomacia y la tolerancia han disminuido las confrontaciones, sin que hayan sido eliminadas. Y es que no debe haber candideces: el ser humano es por naturaleza depredador, violento y belicista. El pacto social explícito o tácito, lo ha apaciguado pero difícilmente (imposible, a mi parecer) eliminará su innata propensión. El humano se guerreará para imponer al otro su yugo, para explotarlo y expoliarlo.

Los diferentes escritos de guerra se focalizan en el conflicto es sí mismo y la estrategia militar, pero pocos en los soldados. Por esta razón el nuevo libro “El cuerpo humano” de Paolo Giordano encaja como anillo al dedo en esta reflexión. Un grupo de militares italianos es enviado a Afganistán, jóvenes soldados, bisoñas huestes confrontadas a la experimentada y curtida guerrilla talibán, a la abrupta geografía, al rechazo de la población local y a las peculiaridades individuales sicológicas y físicas de esta soldadesca que expone su vida en el conflicto. En esta novela la verdadera guerra es la que cada soldado libra consigo mismo, con su inmediato entorno, con sus compañeros, con su pasado y futuro, y sobre todo con sus conflictos personales.

En el inhóspito paraje del valle de Gulistán, en la provincia afgana de Farah, durante seis largos meses un pelotón italiano arremete contra el poder talibán. Al mando el subteniente René quien aparte de aguerrido e intrépido militar ocupa sus tiempos libres en atender sexualmente a mujeres a quienes cobra por estos servicios, su mente se ocupa en la resolución de su conflicto moral: dejar o no nacer un hijo de una mujer que dejó preñada; el soldado Torsu se aferra a un amor virtual y se dedica obstinadamente a chatear con un ser cibernético del que no sabe siquiera si es hombre o mujer; Mitrano es objeto de burlas y menosprecio de sus compañeros; Ietri sobreprotegido por su madre, busca terminar con la virginidad que “padece” aún; Cederna el pendenciero bravucón somete y humilla a sus compañeros; el coronel Ballesio más interesado en su bienestar personal que en la guerra y sus soldados; Zampieri, la única mujer del grupo, trata de sobrevivir al ambiente machista y equipararse con sus compañeros; Egitto quien podría considerarse como el protagonista de la novela, es el médico del pelotón, atormentado por la difícil situación familiar no desea regresar a Italia, evade su problemática con ansiolíticos.

Y en ese paraje aburrido, precario, escaso de viandas, en donde se oyen los cañones trepidar a lo lejos, en donde el miedo los invade, los soldados se libran a los desvelos de sus propias vidas y al malentendimiento entre ellos; en este contexto se organiza una misión militar de acompañamiento de camiones afganos por entre una geografía infestada de talibanes y de bombas artesanales que causan muchos estragos. Esta misión los confronta a un ambiente propiamente de guerra de la que saldrán mal librados por su desconocimiento del cerril terreno, por su falta de preparación física y mental, pero sobre todo porque se enfrentan a la muerte: varios de sus compañeros son dados de baja, esto los marcará para siempre, sus mentes divagarán insistentemente sobre este infortunio; la dimensión de la muerte y la atrocidad de los hechos anclarán indeleblemente en sus personalidades.

El cuerpo humano sometido a toda clase de cuitas y vejámenes, a dolores físicos y mentales, una pesada carga exacerbada por el presente y el temor a un futuro incierto. La originalidad y gracia del libro de Giordano es que crea un ambiente de guerra, pero da relevancia a los seres humanos que exponen sus vidas en el conflicto. Ese es el gran interés de esta novela, con un acertado título “El cuerpo humano”.

Regresados a Italia los sobrevivientes cambian su mentalidad, comportamiento, la huella sicológica de la guerra los persigue: “El cuerpo humano”, ese que ha sido lacerado, herido, humillado, mutilado tanto física como mentalmente, y que por más dureza que aparente, por bien armado y superior militarmente que se presente no está preparado para vivir estados intensos de crueldad y barbarie; su mente acusará arraigadamente la consecuencia. Es este el mayor interés del libro de Paolo Giordano, quien después del gran éxito mundial de su primera novela “La soledad de los números primos”, se presenta cinco años después con un estilo y tema totalmente diferente que, sin duda, cautiva al lector. Mis recomendaciones de lectura de este emotivo relato que busca una reflexión sobre el impacto guerrerista en el ser humano, desatendiendo, ex profeso, la minucia de la trama narrada.

De colofón la estupenda frase de Rafael Narbona: “En una guerra o en un campo de concentración, el ser humano se reduce a las funciones más elementales: alimentación, digestión, evacuación. Un soldado y un preso se deslizan por la misma pendiente de deshumanización. Después de un tiempo, sólo son un tubo digestivo que necesita aplacar su hambre y expulsar los desperdicios. La conciencia pasa a segundo término y la ética se convierte en una intrusa, que sólo complica las posibilidades de sobrevivir.”

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