A Colombia le falta un líder auténtico y desinteresado

14 de septiembre del 2017

Si no va a hacer el bien, al menos no haga el mal, digo yo.

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A muchas personas nos sacudieron algunos mensajes del Papa. Y ya pasada la euforia -y la nostalgia- habría que pensar si eso pasó porque no estamos acostumbrados a escuchar cosas tan obvias como que debemos respetar a los demás, empoderar a la mujer, cuidar a los niños y, entre otras cosas, conservar la esperanza.

La reflexión en Colombia, más allá de cuánto vamos a durar sin matarnos de nuevo en las calles o sin conocer más casos aberrantes de corrupción, es por qué carecemos de líderes capaces de avivar en nosotros tan buenos deseos, por elementales que sean.

Ido el Papa humilde -lo cual suena a contradicción-, vemos, por ejemplo, que hay un montón de personas que quieren ser presidentes de la República, supuestos líderes de este país, personajes politizados, oportunistas, avaros, que se enmarcan en el mismo discurso de siempre y que se suponen como figuras para guiar eso que llaman “el pueblo”, “el país”.

Pero ninguno de ellos logra que la gente se motive a sí misma para ser mejor. Es decir, repiten un eco histórico: luchar contra la corrupción, llamar a la paz, reducir la pobreza, aumentar el empleo y miles de etcéteras parecidos. Estos “líderes”, empero, de una u otra manera nos han elevado a la diferencia. Petro vs. Peñalosa, Santos vs. Uribe y así con todo. Nada que conlleve al enfrentamiento es buen liderazgo. Lo peor es que al final nos dejan, implícitamente, el pésimo mensaje de que ellos son los elegidos para mejorar el porvenir y jamás nos endilgan la responsabilidad de cambiar nuestros mundos cotidianos a nuestra manera.

Aquí los líderes se creen mejores que todos y lo justifican como sea. Los partidos políticos están en sus estertores y entonces estas “figuras” ahora se quieren acercar al poder con maromas que los hagan sobresalir. Sin embargo, lo cierto es que Colombia es un país sin liderazgo auténtico, creíble y desinteresado.

Quizás el Papa nos conmovió por eso, porque nos encaró tranquilamente la realidad. Nosotros no pasamos de ser individuos primitivos a civilizados sino que la evolución nos llevó a ser indolentes. Si para cambiar necesitamos de alguien que nos diga que no debemos abusar de los niños, que es más conveniente buscar la reconciliación que la venganza y que es necesaria la justicia, pues también podemos decir que no tenemos alma. Ni vergüenza.

Al final, solo se trata de intentar ser mejores personas. No robar. No matar. En fin. Si usted es ateo, fanático del Emaús o de los grupos de oración; si se precia de ser una persona espiritual, deísta, agnóstica o como se quiera llamar, es indiferente. No puede uno sentirse bendecido por ver al Papa, por Dios, por lo insondable y al otro día salir a hacerle el cajón a un compañero de la oficina o a humillar una persona.

Si no va a hacer el bien, al menos no haga el mal, digo yo.

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