“¿Para qué te sirven los ojos, ¡imbécil!?”

13 de julio del 2019

Opinión de Ignacio Arizmendi

“¿Para qué te sirven los ojos, ¡imbécil!?”

Ese día en Madrid, la mañana lucía más o menos fría, sin cargas molestas en la atmósfera. Las estelas de los aviones se apreciaban compactas como nunca. Se estiraban en el cielo a modo de fronteras entre las miradas desde tierra y el más allá. Las cosas se perfilaban para salir a caminar en búsqueda de encuentros inesperados. No tenía agenda distinta a la de ir y llegar al punto de salida, sin hora de retorno, en una andanza sin fin, de las que fortifican el alma y ablandan el cuerpo. Lleno de aire, me “enfleché” hacia la plaza de Alonso Martínez sin dejar de observar las nubes en el arco celeste. 

Casi sin darme cuenta arribé al paso de cebra en el cruce de las calles de Almagro y Zurbarán. El semáforo para peatones estaba en verde intermitente y puse pie en el pavimento para alcanzar la otra acera. No había dado dos pasos cuando un automóvil se detuvo desafiantemente muy cerca de mi flanco derecho. Me di cuenta, pero continué hasta el andén y escuché una “ráfaga”. Se trataba del conductor del vehículo, que había bajado el cristal de su ventanilla derecha para soltarme, sin bozal, siete palabras muy concretas: “¿Para qué te sirven los ojos, ¡imbécil!?”, y señalaba el semáforo peatonal, ya en rojo, dando a entender que me lo había saltado y que él, el conductor, se había visto forzado a permitir que yo cruzara a pesar de que el derecho era suyo. 

Mi desconcierto fue mayúsculo. En ningún momento fui consciente de la infracción, pero ahí, en la acera, lo era de mi ira por las palabras y la actitud de ese energúmeno. Le contesté de inmediato con tres palabras en proporción a sus méritos: “Para mirarte, ¡estúpido!”. El individuo se extrañó aún más. No era para menos: le había respondido un peatón extranjero, anónimo como él, con un castellano preciso, articulado, que no dejaba dudas. Di media vuelta y seguí mi camino. 

Después de este primer encuentro inesperado no dejaba de pensar en mi reacción y en la respuesta y en cómo hubiera contestado un español. Creo que empleando frases como “¡calla, cabrón!”, “¡vete a tomar por culo!”, “¡el imbécil serás tú!”, “¡a reñir a tu puta madre!”, “¡que me cago en tu padre!”, y otras de colección. A la vez me preguntaba cuánto tiempo más andaría ese cornúpeta desafiando a peatones despistados y dejando leches, engolosinado con su máquina de sueños por la avenida de la Castellana, la A1, la A6 o la M40, ¡por toda España!, antes de saber para qué diablos le servían sus ojos. 

El tramo de acera, hasta llegar a la calle de Génova, era una lucha por evitar las cacas de perro, en el suelo, la lluvia, en el cielo, y los paraguas, en el aire. Todos los peatones ejecutábamos una simpática y entrenada coreografía, una danza múltiple de cuerpos simples, como bailarines chinos. Nadie deseaba ensuciarse los zapatos, mojarse o chocar con los paraguas vecinos. Importaba avanzar, más o menos limpios y secos y con el paraguas en buen estado. 

A ello se reducía, allí, la vida. Era lo más importante para cada uno. Por segundos, que parecían minutos, nadie pensaba en proyectos para un futuro cercano, en el problema económico entre manos, en la ilusión de un embarazo, en los deseos de conseguir una buena vivienda. Nada. Los tres problemas más gordos eran: cómo no untarse de estiércol canino, cómo no mojarse y cómo no estropear el paraguas, aunque hubiera costado tres euros en la calle de la Sal, camino de la Plaza Mayor. 

Es que la vida es la que tienes y mantienes en la fracción de tiempo en la que estás. No dispones de más en términos presentes. Se me quedó de la clase de Filosofía de mi querido profesor don Marino, en cuarto de bachillerato. Lo demás es la realidad que ya no es o la que podría ser, pero aún no es. Y el asunto ordinario que manejas en tu instante rabioso, aquel en el que luchas para caminar y arribar, es al que prestas toda la atención. 

Llegué a la plaza de Santa Bárbara y entré a la cafetería “Santander”, en la esquina con la calle Sagasta. Me senté al lado de una ventana que daba a la acera. No tardó en atenderme, risueña, una muchacha. ¡Colombiana! Me sentí en otra parte: ¿que una “mesera” viniera pronto a ver qué deseaba y lo hiciera de forma cálida? ¡No podía ser! “Me das un café con leche caliente, por favor”, le dije cortésmente en correspondencia a su actitud de servicio. Ella no tenía por qué saber antes que yo era extranjero, un náufrago seco, pues mi pinta, de vagabundo con gafas y nariz privilegiada por la métrica, le haría suponer que era nacido en alguna callejuela de esa España de rincones variados y gratos. Al menos se daría cuenta de que no era bajito. Y lo digo porque Sireno, mi buen amigo vallisoletano, amante de letras, vinos y pescados, me había comentado en alguna salida: “¿Sabes quién es un español? Un señor bajito que vive cabreado porque el vecino de al lado folla más que él”…  

INFLEXIÓN. No sé por qué, pero supuse que el conductor aquel era bajito…

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