La chica del tren: un pecado de diversión pura

La chica del tren: un pecado de diversión pura

31 de enero del 2016

Eso es lo que he sacado de las sesiones de psicoanálisis:

los agujeros de la vida son permanentes.

Hay que crecer alrededor de ellos y amoldarse a los huecos,

como las raíces de los árboles en el hormigón”

P.H.

 Los thrillers policíacos tienen, en general, un formato bastante similar: un asesinato ocurre de manera insospechada y horripilante, lo que propulsa a un servicio policíaco, un detective o un experto a examinar con minucia huellas, evidencias, hechos anodinos y a lanzar una gran investigación y rastreo del autor del crimen; durante esta búsqueda se establece un suspenso que seduce y cautiva al lector, mientras que el asesino (que no siempre es el mayordomo) continúa haciendo de las suyas y retando con nuevos felonías a quien busca afanosamente su identidad. El final suele ser feliz, a pesar de los asesinatos cometidos, en la medida en que el impostor es descubierto y puesto a buen recaudo en una cárcel o en una tumba.

En el caso del libro de la escritora inglesa Paula Hawkins, “La chica del tren”, las cosas se presentan de manera bien diferente, y es eso lo que atrapa al lector. Así como al “Quijote” en su momento, siendo un libro de caballería, Cervantes logró justamente hacerlo disímil, cambiar el formato: burlarse de los caballeros andantes. La autora de la novela en cuestión, que en modo alguno es comparable a Cervantes, logró hacer una novela (anti)policíaca, un thriller sin detectives, sin expertos investigadores del crimen. Y presentarnos más bien a una chica, Raquel –la del tren–, con todas las características del looser: alcohólica, medio mitómana, buscapleitos, desempleada, de aspecto físico poco agradable, divorciada y abandonada por su marido; es ella quien en un afán un tanto pueril de protagonismo y en búsqueda de ocupación le da forma a la novela, es la protagonista y la encargada de llevar a bien una investigación sobre un caso que ella misma detecta y que maneja de la peor manera.

Cada mañana, Raquel toma el tren en dirección a Londres y regresa en la tarde al suburbio en donde vive en una triste habitación alquilada. En ese camino ferroviario observa detenidamente las casas aledañas a la ruta recorrida, y en particular un sitio en donde el tren se detiene frente a un semáforo; allí ha identificado una pareja cuyos movimientos observa y analiza día a día hasta volverlos familiares y detectar cualquier cambio sucedido en esa casa, que conoce a través de la ventana y de sus ocupantes. Una labor de voyerismo, ligada a la desocupación y carácter fisgón de Raquel. En ese observar descubre “anomalías” que arman la trama y suspenso de la novela, de la cual ella se constituirá en “detective” improvisado y torpe. En ello radica el interés de esta novela policíaca, sin policías ni investigadores. La trama se torna sofisticada, compleja, de casi imposible resolución, sobre todo porque su desarrollo es manejado por esta pusilánime investigadora.

Tuve el desliz de leer este libro del género thriller que gentilmente y con mucha recomendación me regaló por navidades un buen amigo; le di prioridad por encima de la alta pila de libros que de lectura pendiente se me crece desconsoladamente. Pila que de refilón observo, tratando de ignorar los guiños seductores y no exentos de reproche que me lanzan sus libros por la larga espera a que, no pocas veces, los someto; parecen recordarme que hay lectores más diligentes. Y es que para los apasionados de la lectura este juego de apilar se nos vuelve una especie de tormento y hasta de culpabilidad. Como consuelo retorcido acudo a recordar que sólo en lengua española se publican más de 800 libros por día, con lo que se configura una imposible misión de lectura medianamente exhaustiva, que sólo se resuelve mediante una selección rigurosa de los libros, en términos de calidad, de género, y por supuesto de escogencia supeditada a los gustos personales.

Lo anterior explica esa especie de culpa que me aparece al dar prelación a un libro que no es ni mi género favorito, ni pertenece a esos pletóricos de mensajes o conocimientos, o de ponderada literatura que tanto afecciono. Sí, sé que daría para larga discusión sobre los gustos de lectura (similar a la predilección subjetiva de los colores) y, otro tanto, sobre lo que puede considerarse verdadera literatura. En todo caso, y que me perdonen los devotos del género policíaco, tiendo a desestimar esas lecturas por ser mero entretenimiento sin trascendencia, que no introducen necesidades de análisis Ilustrado ni consecuencias de acumulación de ideas ni pensamientos elaborados. A este género, no lo considero palpablemente como literatura.

Qué diablos, y lo digo para sacarme culpas, si otros se pasan su tiempo viendo partidos de fútbol, concentrándose en telenovelas o escuchando vallenatos, champeta y reggaetón, me autoexculpo por la frivolidad de escogencia de mi libro de cerca de 500 páginas. Una vez al año no se daño, me lo repito. Y para mejorar la justificación me digo que el pecado radica sobre todo en la frecuencia con que se realiza, y aquí no es el caso…

La novela ha causado sensación, es el libro de mayores ventas actualmente en el mundo, un bestseller del que no escapa Colombia en donde también es primer lugar de ventas. Está escrito en forma de diario por donde desfila un número reducido de personajes que para mayor credibilidad hablan en primera persona, durante el lapso comprendido entre el 5 de julio y el 10 de septiembre de 2013; un corto tiempo en el que mucho acontece, para diversión e intriga del lector. Un libro del que podría también decirse que roza con la novela psicológica, en particular en la construcción del personaje principal, Raquel.

Mis recomendaciones de lectura de este thriller para quienes son adeptos del género policíaco y mis exculpaciones anticipadas para quienes no siendo su estilo de lectura quieren cometer este pecadillo sin actos ni de contrición ni de propósito de enmienda. Una vez al año no hace daño.

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