¡Qué cuentos de ayuda!

8 de febrero del 2016

Sería preferible que el ahora “Paz Colombia” fuera un compromiso y no un simple apoyo.

Los Estados Unidos y sus consumidores de droga han alentado nuestro conflicto interno por años, algunas veces con amenazas soterradas, otras con apoyo tibios y al final metiéndose la mano al dril para financiar un plan llamado Colombia que pretendía fumigar cultivos, armar a nuestro ejército y policía y acompañar tareas de interceptación de aeronaves y monitoreo (Avión Fantasma) de cultivos.

Bien lo dijo Obama, un presidente menos halcón que los anteriores, “si hemos apoyado la Guerra, también vamos a apoyar la Paz” . Y podríamos hasta reconocer en estas palabras un avance en la mentalidad represiva de los Estados Unidos y del Mundo sobre el tema de las drogas ilícitas. Si no fuera porque el mayor mercado, la mayor demanda ilícita de drogas, está precisamente en  las grandes potencias.

Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, España, Holanda, Alemania, Canadá, etc. etc. son los compradores habituales de nuestra cocaína, nuestra heroína y nuestra marihuana (ahora mejorada con la Crippy). Nosotros, por supuesto, no estamos exentos de culpas. Aquí han florecido el cartel de Medellín, el de Cali, los Paras, los Combas, los Rastrojos, los antiguos Marimberos de la Costa Atlántica, hasta los carteles vinculados a las guerrillas de las Farc y el ELN;  porque así en la Habana se cansen de negarlo, las evidencias son múltiples.

La droga, pero en especial la guerra contra la drogas, ha corrompido la política, la policía, el ejército, los bancos y a alguno que otro empresario y sobre todo ha permeado a toda una generación de jóvenes de sectores populares que encontraron ascenso y movilidad social en las ganancias del narcotráfico y el microtráfico.

Por esto hablar de apoyo es por lo menos un eufemismo para reconocer, sin aceptar la culpa. Es una paternidad irresponsable sobre el conflicto, porque los americanos apenas nos van a apoyar cuando son corresponsables de la guerra interna desatada contra el narcotráfico y de ahí que los costos de la Paz deberían ser una carga compartida, para logar una verdadera reparación por los estragos que el conflicto le trajo al país.

Destrucción de cultivos de pan coger, desplazamientos de millones de personas, acumulación de grandes extensiones de tierra en manos de los narcos, hacinamiento en las ciudades de esos mismos desplazados sin empleo, sin educación y con grandes afectaciones psicológicas y físicas, destrucción de páramos, miles de mutilados entre la población civil y las fuerzas armadas. Mejor dicho las desgracias de una guerra que se fue intensificando por la demanda de las drogas, por sus exorbitantes precios debidos a la ilegalidad y la cartelización de los grupos (revolucionarios o no) que las producen y comercializan.

Sería preferible que el ahora “Paz Colombia” que reemplaza el viejo Plan Colombia fuera un compromiso y no un simple apoyo; también sería preferible que llegara junto con una verdadera batalla que derrotaría por siempre al narcotráfico: la batalla por la legalización de todas la drogas hoy proscritas. Ese sí sería un verdadero ejemplo de paternidad responsable.

www.margaritalondono.com

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