La esquizofrenia de la paz es la continuidad de la guerra

29 de octubre del 2014

Piden algunos sectores progresistas y hasta de izquierda que se incluya al uribismo, o más exactamente al expresidente Álvaro Uribe Vélez, en las conversaciones de paz en La Habana. Personajes de la trayectoria de Álvaro Leyva, el conservador tal vez más veterano de la guerra por la paz, que se mantiene incansable en esa militancia y se niega a hacer uso de buen retiro; o del exvicepresidente Angelino Garzón, quien contra viento y marea y desde una perspectiva integralmente reconciliadora recalca siempre la idea de que el expresidente Uribe no se puede dejar por fuera del proceso de paz, son algunos de los dirigentes nacionales que se han ido contracorriente para poner un grado de sensatez sobre un tema aparentemente de poca monta pero que sí no se endereza a tiempo terminará por poner fuertes palos en la rueda al proceso de paz.

La paz es el destino pero también es el camino. La paz no puede ser únicamente una meta gubernamental. Debe ser una política de Estado porque además es un mandato constitucional. La paz debe ser un modo de vida, un hábito cotidiano y un comportamiento ético permanente. Ser rabiosamente pacifista implica llevar consigo el odio a quienes no se portan como pares. La paz es un estado del alma que debe trasladarse amorosamente al espíritu de toda una nación. Debe buscar ser un estadio individual que se irrigue hacía una emoción colectiva constante, como condición para que sea sostenible. No se puede actuar como algunos conductores en carretera que son tolerantes con los camioneros porque son fuertes pero odian a los taxistas porque no merecen ser considerados. Ese comportamiento esquizofrénico, tarde o temprano generará nuevos sectarismos, nuevos focos radicales, nuevas intolerancias y nuevas violencias. Nuevas provisiones para la guerra.

Lo que piden algunos desde el romanticismo, que el expresidente Uribe y el presidente Juan Manuel Santos se tomen un tinto y sean amigos, no vendría mal, si no se ignora que el tema de fondo es filosófico. Y no tanto porque los dos no sean de derecha, sino porque en la idea de lograr paz tienen focos distintos que han pasado de contradictorios a irreconciliables debido a que en Colombia existe otro negocio: el de atizar la hoguera, del que sacan réditos incluso algunos medios de comunicación. Así como hay quienes sostienen que el negocio de las FARC es jugar a la paz para incrementar la guerra, y que el negocio de los uribistas es jugar a la guerra porque hasta armas venden, el negocio que sí existe, a la chita callando, y en la práctica enemigo de la paz, es el de echarle leña al fuego. Columnistas filomamertos de nuevo cuño y antiuribistas de viejo cuño que se devanan los sesos para demostrar que Uribe sí negociaba y hacía concesiones a la guerrilla, piden soto vocce lo mismo que ‘Timochenco’, que callen a Uribe. Para que hable Uribe y así ellos puedan responderle. Así mantienen su vigencia. Su negocio es Uribe.

Otras voces corren a hacerle coro a ‘Timochenco’ para que se excluya al expresidente Uribe del proceso de paz. Casi toda la izquierda mamerta, la profariana y la radical quieren que se saque a sombrerazos a Uribe. Su visión más emocional que racional los lleva a tratar de derrotar políticamente a la derecha para reconciliarse con la izquierda. En sus códigos pacifistas se aplica la moral de Lenin con el principio de que lo bueno es lo que le sirve a la revolución y lo malo es lo que no le sirve. Algunos herederos de la política de la combinación de todas las formas de lucha hacen lo imposible por tratar de colocar a Uribe tras las rejas mientras no ahorran ningún esfuerzo nacional ni internacional para que ‘Timocehenco’ y la cúpula de las FARC no paguen ni un minuto de cárcel. Eso en el lenguaje popular se llama la ley del embudo, lo ancho pa’ uno y lo angosto p’al otro. Es la manifestación desvergonzada del maniqueísmo y no es un camino que conduzca a la paz. Una paz selectiva es el principio de otra guerra.

Se desgañitan gritando que Uribe es enemigo de la paz y se comportan como auténticos enemigos de la reconciliación de todos los colombianos. Quieren que nos reconciliemos sólo con los que ellos siempre han defendido, aún con todas sus barbaridades; pero quieren que no nos reconciliemos con aquellos a los que siempre han atacado, así en ocasiones se haya justificado. Esa paz que quieren unos, contra los otros, no puede ser paz, no reconcilia, no edifica y no genera bases para reconstruir un país a partir del reconocimiento del otro como un legítimo otro. Esa paz que reconoce la diversidad sí es de izquierda pero la desconoce sí es de derecha no ejerce un reconocimiento legítimo al otro. Sólo quiere reconocer a los suyos y a los que se le parecen. Esa es la paz que han aplicado tanto Hitler como Stalin y precisamente no han sembrado paz, porque como dice Silvio Rodriguez, el problema señores sigue siendo sembrar amor.

La paz tiene que ser con todos o sí no está sembrando las bases de una nueva guerra. Perdonar a unos y pedir que no se perdone a otros no responde a un ánimo incluyente. Es totalmente excluyente. Y la exclusión en la primera piedra sobre la que se cimienta la violencia. Es necesario reconocer que la paz se hace con los violentos pero no se puede excluir a unos supuestos violentos mientras se pide que se negocie con otros reconocidos violentos. No se puede partir de que existen enemigos de la paz que hay que excluir porque los violentos, todos, han sido y muchos siguen siendo, enemigos de la paz. Cómo se puede aceptar el lenguaje guerrerista de Timochenco y encontrarle entre líneas su fondo pacifista mientras se busca como aguja en pajar el lenguaje guerrerista de quienes piensan distinto, así sean de derecha.

Basta ya de cerrar las puertas. Vamos por la paz con todos y con todo. Hay que deponer los espíritus. No solo exigir que la derecha los deponga, la izquierda y los que se jactan de pacifistas también los tienen que deponer frente a la derecha. Aquí sí hay cama p’a tanta gente, o sí no los que queden arriba enpezarán a tumbar a los otros y los que queden abajo querrán tumbar a todos. No es inteligente excluir a nadie y menos a medio país. No es sostenible secundar a Timochenco en sus pedidos sectarios. Y es encomiable la postura de quienes dan un paso al frente para manifestar la incoherencia filosófica de quienes mientras se vanaglorian de ser pacifistas posmodernos, quisieran gritar como los judíos “crucifícalo” cada vez que oyen hablar del hoy senador dirigente de la oposición de derecha en Colombia.

Resulta sensato que algunos pidan que Uribe y Santos se sienten a conversar, o sí se requiere, que otro país haga las veces de amable componedor para que no se caldeen más los ánimos entre estos dos jefes políticos hoy aparentemente antagónicos. Que se paren bolas el uno al otro porque por más que no quieran, cada uno representa por lo menos electoralmente a medio país bandolizado, no por las bandas sino por los bandos. Esos siete millones y pico del uno y esos casi siete millones menos pico del otro merecen pensar que la paz no se puede hacer al margen de uno de estos dos bandos.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO