Pecado capital

20 de septiembre del 2012

Como no hay muchos temas frívolos de los cuáles ocuparse en estos días, porque hablar de protagonistas de telenovela es francamente penoso, los reinados de belleza ya no dan más y los desnudos de las presentadoras o las actrices de reparto ya no erizan ni a los adolescentes, los bogotanos se han entretenido mucho en […]

Como no hay muchos temas frívolos de los cuáles ocuparse en estos días, porque hablar de protagonistas de telenovela es francamente penoso, los reinados de belleza ya no dan más y los desnudos de las presentadoras o las actrices de reparto ya no erizan ni a los adolescentes, los bogotanos se han entretenido mucho en las conjeturas de para qué fue que Juan Manuel Santos nombró de piedra en el zapato a Gina Parody como consejera para Bogotá.

Un enigma. Con su acostumbrada marrullería ayudada por frases entrecortadas que no acabada de desatar del todo, el Presidente dijo que era un enlace entre su Palacio y el de Petro. Que Bogotá es tan clave que lo desvela y que su ánimo de servir y que blá-blá-blá. La nueva consejera, que sin duda mejora el casting de la administración bogotana, salió a calmar las aguas y a decir que no será un palo en la rueda y que dedicará sus esfuerzos a la causa de mejorar la movilidad, reiterando la presunción de los capitalinos acomodados que creen que el principal problema de una urbe atestada de desempleo y de hacinamiento y de desnutrición son los trancones porque nos estamos demorando mucho en llegar a los almuerzos. Uff.

¿Y Petro? Petro creo que dijo que la cosa no era con él, sino con uno de sus secretarios, que ahí se los dejaba y que cuando el asunto fuera con el propio presidente, pues él le iba al trapo porque para eso es el Alcalde Mayor del Distrito Capital, todo eso en mayúsculas.

Un juego de vanidades o, cuando más, de pequeñas estrategias políticas, de mañas y de desquites, de favores por pagar o de golpes bajitos, es lo que hay en ese nombramiento insólito. Así lo veo. O, al menos, así ha sido la presentación teniendo como tablero del juego nada menos que a Bogotá que requeriría, de veras, de un poderoso puente con el gobierno nacional pero con metas altas y desprovisto de sospechas mezquinas para sacar a la ciudad del atolladero que vive y que crece ante una ciudadanía estupefacta.

Si lo que llaman políticas públicas despertaran la generosidad de los gobernantes y superaran, en beneficio del bien común, los sectarismos y las envidias, una ayuda presidencial para Bogotá no tendría el aborrecible título de consejería, por ejemplo, y se proclamaría como un acuerdo bilateral de los dos gobiernos. Uniremos fuerzas, señoras y señores, venceremos burocracias y resistencias, ciudadanos todos, y nos entregaremos a la causa común de construirle a Bogotá un sistema de transporte moderno e imperecedero, un Metro, un gran Metro que dignifique a sus habitantes y saque a Bogotá del premodernismo vergonzoso con la vigorosa reforma urbana que supone un sistema de esta categoría. Dirían.

Pero no. Van a revisar lo del pico y placa. Por los días de las conjeturas Parody se anunciaba que iban a ver cómo se alargaba hasta el terminal de Eldorado la bofetada esa de la línea de Transmilenio que quedó cortica, a dos kilómetros de allí. Que alguien se iba a poner en ello. Y que iban a ver cómo ponían de acuerdo a dos recaudadores del mismo Trasmilenio para que aceptaran mutuamente las tarjetas de ingreso. Minucias así. Nada grande. Pensar en pequeñito a ver cómo la administración queda maltrecha ante la opinión y así hay chance con el electorado en las próximas elecciones.

Por esos mismos días de las especulaciones de sobremesa bogotanas sobre el cómo te pareció lo de Gina, el Metro de Medellín inauguraba otros cinco kilómetros de vía férrea. Ya cubre de norte a sur y de oriente a occidente toda el área metropolitana. Y se firmaban los primeros contratos para la construcción del tranvía que abarcará otra zona del centro-oriente de la ciudad. Todo esto movido con electricidad que evita contaminaciones. Todo eso para el transporte cómodo y rápido y seguro de los ciudadanos que tienen en el Metro la demostración cotidiana de que el Estado les funciona. Así todo eso —cubrimiento de toda el área metropolitana de Medellín, nuevas estaciones, Metro cable hacia las montañas, tranvía en perspectiva, uso de electricidad que no contamina—, así todo eso que viene pasando desde hace ya 17 años siga sometido a la leyenda negra y mentirosa de que fue pagado por todos los colombianos. Los estoy oyendo.

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