Perdido en vuelo

15 de junio del 2011

Nada indicaba que la mujer joven que se había acercado a mi compañera Magolita, mientras estaba guardando implementos del servicio del vuelo a Bogotá desde Perú, estuviera alterada o tratando de jugarle alguna broma.

-Mi esposo fue al baño hace rato y ahora no lo puedo encontrar.- le dijo sin señales evidentes  de ansiedad.

No es extraño que una persona que se aleja de su pareja se pierda entre la gente o en los laberintos de la vida pero… ¿en un avión con un solo pasillo? Hasta el momento todo había resultado normal en este viaje y como no había mucho movimiento, Magolita decidió ir a ayudar a la señora a buscar al pasajero perdido.

-Es que regresamos de nuestra luna de miel y vamos a casa. Allá nos espera la familia.-fue lo único que comentó.

La joven se veía un poco cansada y triste mientras buscaban en el área de los baños, en los galleys, en las filas de asientos y en cuanto rincón del avión se le ocurrió a Magolita revisar, incluida la cabina de pilotos,  por si acaso, pero nada que aparecía.

Yo estaba emocionado por llegar a Bogotá  ya que tenía planes de irme con mi esposa de vacaciones,  tomaríamos un vuelo a Montería y luego por tierra a San Bernardo del Viento; y cuando me preguntaron si había visto al marido, no  le puse mucha atención al asunto. Solo les dije que me parecía haber  visto que la señora se había subido sola y no me había fijado que estuviera con alguien, y me uní al comité de búsqueda.

Finalmente, sin encontrar al marido, acompañamos a la joven hasta su asiento donde los pasajeros sentados  alrededor nos dijeron confidencialmente que  efectivamente ella se había subido al avión sin acompañante.

Como pudimos, tranquilizamos a la pasajera diciéndole que era posible que su marido hubiera perdido el vuelo y que probablemente tomaría el próximo a Colombia. Aunque no logramos convencerla ni un poquito y la verdad a nosotros tampoco nos parecía nada lógico, no veíamos más que hacer, ya casi íbamos a aterrizar y no valía la pena pedir la información del pasajero a la oficina en Bogotá por el radio del avión (vía la torre), porque la respuesta se demoraría demasiado en llegar. Entonces la joven se resignó y se sentó a esperar que aterrizáramos.

Cuando el avión se detuvo en la puerta de llegada  de El Dorado y los pasajeros desembarcaron, yo salí a las carreras sin despedirme de los compañeros para encontrarme con mi esposa y alcanzar nuestra conexión. En una hora ya estaríamos camino a disfrutar de las vacaciones y otra hora después aterrizaríamos en Montería.

Cuando llegamos a la puerta del avión vimos que a cada lado de las escaleras por las que debíamos desembarcar, había una fila de unas cinco ancianas vestidas de negro y cubiertas con velos del mismo color que nos esperaban. Delante de nosotros reconocimos que bajaba la joven mujer del vuelo anterior a la que se le había perdido el marido. Una vez ella salió por la puerta, las ancianas empezaron a llorar y a lanzar gemidos lastimeros que hacían que uno tuviera escalofríos y que hacían parecer los aullidos de lobos como simples cantos a la vida. La joven mujer empezó a llorar al escucharlas. Mientras tanto, todos observábamos que del área de carga del avión bajaban un ataúd que pusieron en un remolque. Tan pronto la joven lo vio, corrió escaleras abajo y se lanzó sobre la caja de madera y la abrazó, en todo momento seguida por las viejas que lloraban y plañían con desesperación.

Un poco después nos enteramos que el marido de la joven había muerto en un accidente durante su luna miel. Las mujeres que la esperaban eran plañideras, mujeres ancianas que las familias contrataban para llorar su muerto. El marido no se había extraviado en nuestro vuelo desde Perú, había muerto antes y solo se había perdido en la mente trastocada de tristeza de la joven viuda.

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