Perrito viajero

3 de agosto del 2011

En este medio de las aerolíneas, como en toda industria, hay historias que van de boca en boca y que todos juran que son verdad pero que son muy difíciles de comprobar. Este es uno de esos cuentos que algunos de nosotros podemos confirmar en parte, pero no del todo. Cuando mi compañero Rigoberto recién […]

En este medio de las aerolíneas, como en toda industria, hay historias que van de boca en boca y que todos juran que son verdad pero que son muy difíciles de comprobar. Este es uno de esos cuentos que algunos de nosotros podemos confirmar en parte, pero no del todo.

Cuando mi compañero Rigoberto recién entro a volar, tuvo una relación romántica con una agente de tierra. Como cualquier otra pareja, los dos buscaban estar solos en todo momento y en cualquier sitio para dedicarse a los placeres de la piel y la sensualidad. En esos días, estábamos un grupo de auxiliares de abordo en el aeropuerto de Bogotá,  aburridos esperando a ver que iba a pasar con el vuelo a Miami que estaba atrasado por mal tiempo, cuando me di cuenta que Rigoberto había desaparecido de la sala de espera…y claro, su novia también. Una hora después, sin que el tiempo mejorara, apareció mi amigo bastante agitado y con cara de angustia, seguido de su bella novia que no se veía nada contenta. Lo primero que pensé fue que esa relación se había terminado y me dispuse a consolar a Rigoberto, pero un poco más tarde cuando él me explicó lo que había pasado, no sabía si reírme como loco, preocuparme, o regañarlo por descarado.

Resulta que la pareja había decidido ir a besarse a la bodega de carga donde se guardan temporalmente las cosas que se embarcan al avión en el último momento. Según me contaron, sus besos se fueron poniendo más y más emocionantes, y en un abrazo un poco alborotado, ellos fueron a estrellarse contra una pila de cajas aparentemente muy pesadas que cayeron sobre el guacal de un perrito que debía viajar en el vuelo retrasado. La calentura del romance se convirtió en escalofrío de susto, cuando al mirar dentro del guacal se dieron cuento que el pobre perrito, un labrador amarillo, estaba tieso, inerte como una piedra, ¡muerto!

El vuelo no salió ese día y quedó cancelado hasta el día siguiente. Rigoberto y su novia, asustados, malaconsejados y ayudados por uno de los auxiliares de carga, se dedicaron el resto dela tarde a buscar un can lo más parecido posible al que la pareja había asesinado accidentalmente, para remplazarlo por uno vivito y coleando. La verdad es que no creían que engañarían al dueño, pero suponían que por lo menos se evitarían un problema legal y de trabajo.

Cuando el avión al fin despegó al día siguiente, Rigoberto estaba más tranquilo sabiendo que en el guacal iba el recién comprado labrador, un poco despistado pero animado y listo a enfrentar a sus nuevos dueños.

Desde luego que el truco no dio buen resultado, la queja de los dueños llegó en pocas horas hasta las esferas más altas de la compañía. Afortunadamente, y aun no me explico por qué,  no le costó el puesto a nadie, pero el asunto fue mucho más complicado de explicar de lo que nadie se había esperado, es más, me imagino que muchos que no saben toda la historia hasta ahora no lo han entendido del todo.

Los dueños del perro recibieron el animalito en Miami, y desde el mismo instante en que vieron el labrador ladrando y agitándose en su jaula, se dieron cuenta que algo estaba mal, muy muy mal. Resulta que el dueño del perro era el progenitor de los que esperaban el guacal y ellos estaban esperando el cadáver de la mascota adorada de su padre para enterrarlo en el cementerio al lado de su amo, que también había fallecido hacia poco y cuyo cuerpo ya habían trasladado a Miami. Pero para asombro de los hijos, la supuesta mascota muerta, daba brincos y ladraba para que lo sacaran de la caja.

Nunca supe que explicación le dieron a los dueños o como resolvieron el caso, pero Rigoberto y la novia duraron de romance poco tiempo, seguramente una maldición del perrito muerto acabó con esa relación.

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