¿Petro o la guerra?

16 de junio del 2018

Opinión de Ignacio Arizmendi.

¿Petro o la guerra?

En 1875, el presidente de nuestro país era el periodista y jurista Santiago Pérez. Se había posesionado el año anterior para un período de dos años, establecido por la Constitución de 1863. Varios candidatos buscaban sucederlo, siendo los principales el santandereano Aquileo Parra y el cartagenero Rafael Núñez.

Los ánimos, al igual que hoy, estaban caldeados, pese –o tal vez por eso– a pertenecer ambos al llamado liberalismo radical. Caldeados, en gran parte, porque los partidarios del segundo proclamaron su candidatura, en nombre de la Costa norte, bajo el grito de “¡Núñez o la guerra!”: si no era él, habría guerra. O sí, o sí. Todo, porque los ciudadanos de aquella región estaban “mamados” de que todos los presidentes fueran del interior, por lo cual a sus emociones y razones las guiaba el ánimo de “hacerse moler” para que uno de los suyos llegara al palacio de los mandatarios.

¿A qué viene el cuento? A que hoy, víspera de la crucial elección del sucesor de Juan Manuel Santos, existe en muchos colombianos la convicción de que si no gana el candidato de la extrema izquierda, Gustavo Petro, el país entra en una nueva guerra. No porque la declaren dicho aspirante y sus seguidores –cosa que, en mi opinión, no sería ajena a la idiosincrasia colombiana–, sino porque, si vence Iván Duque, o sea, si no gana Petro, nos veremos abocados a una “era de barbarie”.

Lo señaló así el exministro “liberal” de Hacienda Rudolf Hommes en El Colombiano del pasado 11 de marzo, donde tuvo la irresponsabilidad de sostener, sin que se le cayera un pelo, que “el día siguiente de su elección [se refiere a la probable de Duque] sería el comienzo de otra era de barbarie como la que tuvo lugar entre 1985 y 2016, que dejó un saldo de más de siete millones de desplazados y más de doscientos veinte mil muertos”. Panorama que para los petristas es lógico, pues “Duque no sería un mandatario, sino un vengador”, en opinión de Ramiro Bejarano (El Espectador, marzo 10, 2018). Cotas de delirio a las que arriban los verdaderos enemigos de la paz. ¡O Petro o la guerra!

Afirmaciones similares, o con la misma tesis de fondo, según la cual si no gana Petro hay guerra, han hecho distintos políticos. Menciono a Humberto de la Calle, quien en más de una ocasión, antes, durante y después de su campaña, afirmó que la candidatura de Iván Duque “era inconveniente para el país porque iba a hacer trizas el acuerdo” Santos-Timo y a llevar a Colombia a una nueva conflagración.

Y menciono a la senadora Claudia López, y al senador Roy Barreras, y al senador Iván Cepeda, para no citar sino a tres paradigmas de la paz santista, que dicen y repiten, sin cansancio, sin mesura, sin hígados, que la candidatura del exsenador Duque es guerrerista y que su triunfo supondría que la exguerrilla tomara de nuevo las armas para arrasar pueblos y ciudades. De nuevo, ¡o Petro o la guerra!

Podría traer los nombres de más paradigmas de la paz, con declaraciones iguales o semejantes, incluso más violentas, pero me abstengo para no fatigar. Los que sí no puedo dejar por fuera son los nombres de Gustavo Petro y su fórmula vicepresidencial Ángela Robledo, que se abrazan cálidamente para las fotos y los videos de Bolívar y Morris y para proclamar, al tiempo, que si no ganan, habrá lucha armada por cuenta, repito, del probable triunfo de Duque, “el candidato de la extrema derecha, la enemiga de la paz, el candidato de la muerte”. Y tampoco voy a dejar de referirme a los periodistas, artistas, intelectuales, científicos, exoficiales de las FF. AA., etc., que, basados en las razones expuestas, han adherido a la candidatura de Petro, el otrora “Comandante Aureliano” del M-19 (¿en qué ha cambiado su modo de pensar respecto de aquella época?). La razón, al menos aparente, por la cual respaldan al “Flautista de Ciénaga de Oro”, es la misma: si triunfa Iván Duque, “el Terrible”, a Colombia se la lleva el diablo. Por lo tanto, ¡o gana Petro o gana la guerra!

La reiteración de esa nefasta fantasía tiene una clave oculta, que entenderemos a la luz de lo dicho por el malogrado líder conservador Álvaro Gómez Hurtado –a quien Petro tanto cita con segundas intenciones–, en un estupendo ensayo en el diario El Colombiano, de Medellín, del 12 de noviembre de 1972, en el que afirma: “En el país de pronto se crean unas ‘verdades’ no demostradas, que por lo mismo son difíciles de valorar y, aún más, de desvirtuar. Se fundamentan un poco por consenso irracional que denota una cierta fatiga de pensamiento, pero que adquiere una extraña solidez”. Es que, como lo reconociera el también recordado columnista Antonio Panesso Robledo en El Espectador del 10 de febrero de 1967, “el colombiano es uno de los pueblos más chismosos del mundo, y lo ha sido así desde tiempos inmemoriales”. ¡Cáscaras!

¿A cuál clave oculta me refiero? A una muy sencilla: la campaña petrista reitera la amenaza “Duque es la guerra” para desviar la atención alrededor de la real amenaza para la democracia y el país: la ideología de fondo de Gustavo Petro, el marxismo-leninismo. Que absorbiera en sus viejas andanzas, inspiradas en los Castro, inspirados en Stalin, inspirado en Lenin y éste, en Marx. Convicciones que Petro disfraza en sutiles recursos retóricos, que no detectaron quienes lo entrevistaron durante la campaña. Quedó para después.

Como colombiano demócrata-no-bobo, votaré por Iván Duque, y me aplico las palabras del mítico general Patton: “Hay momentos en que debemos guiarnos por nuestros temores y otros en que debemos hacerlos a un lado”. Al carecer de temores por Duque, no puedo hacerlos a un lado. Como sí los tengo con Petro, me guío por ellos. Qué cosa más simple.

INFLEXIÓN. Bienvenidos a la campaña presidencial para el período 2022-2026, si gana Duque, claro. Porque si gana “el otro”, no hay campaña…

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