Pistoleros

24 de abril del 2011

La noticia pasó desapercibida en medio del torrente diario de información. “Este martes, un estudiante dejó caer un arma cargada al piso de la cafetería de su colegio, hiriéndose a si mismo así como a dos de sus compañeros de kinder en el distrito escolar de Houston”, mencionó, como de pasada, la página web de CNN. En tres párrafos, nos alcanzaban a informar que el niño en cuestión tenía 6 años y que las autoridades competentes investigaban el incidente. “Facilitarle un arma a un niño es un crimen”, advertían.

Unos días después, la agencia AP ahondaba en la historia. Aparentemente, la policía había podido determinar que el arma era propiedad de un amigo de la familia del niño. El accidente se había producido mientras el chico le mostraba a sus amigos cómo se cargaba la pistola, una  Kel–Tec Bender calibre 9 milímetros. A raíz del incidente, algunas familias reclamaron un incremento en las medidas de seguridad en los colegios de primaria de Houston, como la presencia de agentes de policía o incluso la instalación de detectores de metal en las entradas.

El cable de AP citaba a un oficial del distrito escolar de Houston, que señalaba que no existían suficientes recursos para implementar estas medidas. Añadía que la mayor parte de los 200 policías adscritos a su departamento estaban asignados a colegios de secundaria, donde eran más necesarios.

A comienzos de este año, en Tucson Arizona, un hombre de 22 años disparó sobre un grupo de personas reunidas en un mitin político en el parqueadero de un centro comercial local. 19 personas resultaron heridas en el ataque, seis de ellas de muerte. Testigos del incidente mencionaron haber escuchado alrededor de 20 tiros antes de que el homicida tuviera que detenerse a recargar su pistola, una Glock 19 semiautomática de 9 milímetros con un proveedor de 33 balas. Se supo que el sospechoso había comprado el arma seis semanas antes en el almacén Sportsman’s Warehouse, y también que había intentado adquirir munición adicional en la cadena de supermercados Wall Mart. La compra había sido del todo legal, pues la prohibición federal que existía sobre armas con este tipo de capacidad había expirado en 2004.

La matanza consternó al país, en parte por el perfil de las víctimas, entre las que se contaban políticos demócratas de Arizona, un juez y una niña de 9 años. Parecía que luego de meses de álgidos debates políticos entre republicanos y demócratas, la polarización resultante se había desbordado más allá de lo concebible. El presidente Barack Obama se trasladó a Tucson para presidir los servicios funerarios y pronunció un discurso muy celebrado en el que invitó al país a rendirle un homenaje a las víctimas retomando el curso de la civilidad en el discurso político, que a pesar de las diferencias ideológicas reinaran la cordialidad y la cordura.

En ambas instancias, una cosa llama poderosamente la atención: ni las aterrorizadas familias del distrito escolar de Houston, ni el presidente Obama hicieron mención alguna al control al porte de armas. Más seguridad o más tolerancia, pero en ningún caso menos armas. ¿Por qué?

El derecho a portar armas hace parte del Bill of Rights (Carta de Derechos), las diez enmiendas que se le hicieron a la constitución estadounidense cuatro años después de haber sido adoptada, en 1787. El propósito de las enmiendas era robustecer la independencia de los estados frente al gobierno federal y garantizar los derechos y libertades individuales de sus ciudadanos. Asuntos tan fundamentales para la democracia como el debido proceso y la separación entre iglesia y estado están consagrados ahí. La segunda de estas enmiendas reza: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas”.  Desde un comienzo se hizo evidente la aprensión de los fundadores de los Estados Unidos hacia el Leviatán que estaban creando, el temor de que, llegado el momento, la bestia los engulliría. El derecho a portar armas y formar milicias estatales responde a esta sospecha fundamental hacia el poder federal. Y es que, adentro de cada gringo, al principio, se encuentra un anarco. Palpita en él la paranoia, la sensación de que le acecha un peligro inminente ante el que debe protegerse.

Por irónico que parezca, en este país no creen que la policía sea una garantía suficiente para la seguridad personal y de la propiedad privada, y consideran sagrado el derecho a defenderlas a bala. A donde uno vaya, lo más probable es que se tope con un tipo que tiene un arma en su casa. “¿Quién va proteger a mi familia? ¿La policía?”, me decía en tono de mofa el director de un colegio cristiano, hombre de bien, a quien tuve la fortuna de frecuentar. Aunque parecía que no mataba una mosca, Kevin tenía una pistola, con su respectivo permiso, y sostenía que estaba dispuesto a usarla en defensa de su familia y sus propiedades.

El hecho de que las armas abunden, que estén al alcance de la mayoría de la población, es sin duda una de las razones por las cuales escuchamos tantas historias de gringos que resuelven a tiros sus zozobras espirituales. El pelado del que abusaron los compañeros decide tomar el revólver de su padre y abalear al que se le cruce en los pasillos de su colegio. El esposo despechado asesina a la mujer infiel. El sociópata se aposta en la parte trasera de su carro para dar de baja a los transeúntes con su rifle de precisión.

Sin embargo, a pesar de que son habituales las historias de inocentes que mueren en tiroteos absurdos, el porcentaje de estadounidenses que consideran conveniente restringir el porte de armas ha venido descendiendo en las dos últimas décadas, hasta llegar al 44% en 2010, según encuestas de la firma Gallup. Simultáneamente, el número personas que perciben al Estado como una amenaza ha aumentado del 30% al 46% entre el 2003 y el 2010.

Triste, trágicamente, el pistolero anarco está enquistado en el ADN de EEUU. En medio del tiroteo, en lugar de corregir, prefiere desenfundar, seguir armándose hasta los dientes. El espiral de violencia lo llena de razones que lo justifican. Y va dejando un rastro de dolor que no se detiene.

@LozanoPuche

Blog – Adentro de la unión

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