Los tiranos democráticos

28 de noviembre del 2015

El plebiscito es una burla al pueblo, una “tiranía democrática”.

Los tiranos democráticos

Bajo el escudo de la democracia se las arreglan algunos dirigentes de países para ejercer totalitarismos. Ha florecido en las últimas décadas esta modalidad en América Latina; tiranos camuflados con un disfraz democrático, se hacen elegir y reelegir, y luego evocan que la voluntad del pueblo los puso allí y por ende sus decisiones son soberanas; como antaño los reyes esgrimían para justificar sus absolutismos que eran monarcas por la voluntad divina. Así, supuestamente, el pueblo y los dioses de turno ungen y avalan las satrapías y desmanes que en sus nombres ejercen.

No obstante, el pueblo, ese que los “tiranos democráticos”, consideran a su servicio y presto a aceptar cualquier inmoderado dislate, es menos dócil de lo que estos creen. Hay actualmente un claro despertar de consciencias en América Latina; sus países, sumisos y burlados, han comenzado a entender que la mentada democracia era sólo un título demagógico del que se sirvieron los tiranos para justificar sus despotismos y sus comunismos añejos que no osan declarar y que reemplazan por eufemismos baratos como “socialismos del siglo XXI”.

La política, su historia, suele operar como un péndulo que hace vaivenes con cierta periodicidad para dar oportunidades a nuevas ideas. A un desafortunado periodo de fuertes dictaduras derechistas y militares en América Latina, le ha sucedido una tendencia socialo-comunista que ya ha durado mucho y mostrado sus errores; el péndulo avanza ahora hacia el centro, con claro alejamiento de los extremos. ¿Se mantendrá estático por ahí el péndulo? Difícil pensarlo, no es la característica física que rige este instrumento, ni la mentalidad de los hombres.

Si algo detestan los “dictadores democráticos” es la libertad, pero están condenados a ocultarlo y a sostener lo contrario; su retórica embaucadora es detectable, en particular porque confrontada a los hechos es contradictoria. Se ensañan en nombre del bien común contra la expresión libre de opiniones, se lanzan entonces al asalto de los medios de comunicación, los asedian y acusan de conspirar contra el Estado; los acosan restringiéndoles el acceso al papel periódico o a las ondas de radiocomunicación, exigiéndoles autocensuras, arguyendo toxicidad química en sus tintas, concibiendo daños ambientales de sus materias primas, asfixiándolos con multas. Enunciados y publicitados con dinero estatal estos peligros proceden a promulgar leyes “mordaza” que encadenan la libre expresión y permiten sólo palabra y criterio al oficialismo, en donde reina total ausencia de crítica. Ignoran, o lo fingen, que una verdadera democracia necesita de oposición, que el consenso nacido de la discusión es necesario para un recto manejo.

Estos gobiernos de corte comunista tienen características comunes, ostensibles algunas: acusación permanentemente de la oposición como origen de sus propios disparates; denuncia ad nauseum de agresiones extranjeras; revelaciones sin prueba de maquinaciones para derrocarlos y asesinarlos; y por supuesto, culpabilizar al yanqui de sus desgracias y pésimas administraciones, que brillan por el desconocimiento de las reglas elementales de la economía. En su vocabulario sólo existen manidas palabras como imperialismo y neoliberalismo, al tiempo que miran con desdén e irresponsabilidad al mercado, la sana competencia, la economía mundial, la globalización y la empresa privada, causantes estos –afirman– de las veleidades fruto de sus deplorables políticas y artimañas estatales.

Es el populismo lo que más los identifica; prometen paraísos económicos de imposible cumplimiento y manipulan la opinión silenciando voces disidentes, de expertos, catedráticos y medios de comunicación; mantienen así en la ignorancia y desinformación al pueblo que dicen defender. Los ríos de miel y leche que ofrecen en sus desgarbadas e interminables peroratas jamás llegan, porque la economía real no corresponde a las utopías que berrean en las plazas públicas y que gozan de acogida popular por la esperanza quimérica que siembran.

Otro aspecto de gravedad es la corrupción, comienzan reprochando la de sus contrincantes, luego dictaminan que ser rico es malo, contra el interés común, y posteriormente, en la clandestinidad, cuando no en la desfachatez pública, van metiéndose al bolsillo propio el dinero del Estado. Su premisa termina siendo: la corrupción es mala cuando es ejercida por el partido opuesto, una vez apropiados de los mecanismos de control de los dineros públicos proceden sin enfado ni medida a practicar lo que criticaron. Los Chávez, los Kirchner, los Castro son sólo pocos ejemplos de lo dicho.

El impulsor de tales prácticas ha sido sin duda el héroe, ahora deslustrado y difunto, Hugo Chávez: la peor desgracia que haya azotado a Venezuela y América Latina. Secuestró la democracia, revivió métodos dictatoriales, modificó la Constitución a su antojo y gobernó con un carisma al extremo demagógico que llenó de esperanza a las clases populares así como las billeteras a los rapaces que lo rodearon. Son ahora bien conocidos los detalles del quebranto económico en el que sumió al país y los tantos de su sucesor que se encargó de ampliar con creces. Venezuela es hoy un país con grandes recursos petroleros que navega en un desmesurado desatino económico que ha producido una perversa hiperinflación, un desabastecimiento general de los productos esenciales, una inexistencia de producción, una desorganización empresarial, social e institucional, el encarcelamiento de opositores, el fraude electoral, un gasto armamentista desmedido, una corrupción sin par y la pobreza generalizada.

Argentina también se deslizó por esa pendiente chavista durante 12 años de kirchnerismo, el carácter autoritario primó, la corrupción se hizo institución, y llevó a la escena el asesinato estatal como método de silenciar la justicia. Recientemente ese pueblo que parecía aturdido por las arengas de la muy elegante y costosamente enjoyada Cristina Kirchner, rechazó en las urnas su conducta y política, eligió a su contrincante político para encabezar la renovación del país, para desenmascarar los actos de corrupción que esta “señora democrática” asestó a su pueblo. El péndulo le golpeó la cabeza.

Se espera que Correa en Ecuador, así como Morales en Bolivia también tengan su momento de cuentas; ya sus pueblos comienzan a dar voces de cansancio y se evidencia una fatiga a las modificaciones de sus Cartas Magnas haciendo eternas las reelecciones presidenciales y sus permanencias mesiánicas en el poder. Segura y prontamente el juicioso péndulo dará oportunidad a otras más sanas políticas.

Brasil está mortalmente herido, su presidente Rousseff acusada de malversación de fondos públicos, su popularidad rasa el suelo, difícil le será continuar con la política actual y con sus extravíos de dineros. El péndulo también la persigue, así como al resto de su pandilla “democrática”.

Para Colombia, el gran reto ahora es que el denominado proceso de paz se desarrolle dentro de las normas democráticas y constitucionales; vemos a Santos y sus alfiles desatendiendo la Constitución, definiendo reglas acomodaticias para imponer sus designios y favorecer a una guerrilla añeja de principios y enredada en narcotráficos. Ha de serse vigilante en rechazar imposiciones que atenten contra la democracia y que mañana la calamitosa guerrilla, a quien el gobierno está dando todo tipo de concesiones, venga a establecer su vetusta política comunista. El plebiscito que se planea en una sencilla pregunta y en bloque para “ratificar” los acuerdos de La Habana es sin duda inadecuado, una burla al pueblo, una “tiranía democrática”. Es gran simplismo preguntar quién quiere la paz: todos, salvo algunos marginales enajenados; lo pertinente es cómo hacerla sin impunidades, sin birlarse la ley, sin armar futuros conflictos: con democracia.

Ya en Bogotá el péndulo actuó, la capital del país se hartó de las promesas populistas, y comprendió; en la reciente contienda el electorado escogió claramente un cambio: el opositor a la política del alcalde actual. Petro fue golpeado por el péndulo en plena testa, la misma que le martillaron en dudosas circunstancias al principio de su inoperante mandato.

Luces esperanzadoras se avizoran al otro lado del túnel político latinoamericano, los ejemplos de los electores son contundentes, su onda expansiva cargada de consecuencias. El movimiento pendular impulsado por la creciente lucidez de los pueblos latinoamericanos tiende a relegar el populismo en los anaqueles del olvido, a archivar el comunismo en los mismos lugares en los que la Rusia y los países del este europeo lo confinaron después de tan funesto experimento, a crear verdaderos partidos políticos de izquierda con preocupaciones más sociales y democráticas sin las letales absolutistas. Y a desenmascarar y erradicar las “tiranías democráticas” que con tanto daño se sembraron en estas latitudes.

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