Pobre el país que depende de tener héroes

18 de septiembre del 2012

Esta frase, inserta por Bertold Brecht en un diálogo en que así se respondía al interlocutor que declaraba ‘pobre el país que no tiene héroes’, pareciera pertinente para aplicarla a nuestro caso. Diferentes interpretaciones ha tenido esta frase. La inicial y la más obvia, que un país lo que requiere son instituciones apropiadas que le […]

Esta frase, inserta por Bertold Brecht en un diálogo en que así se respondía al interlocutor que declaraba ‘pobre el país que no tiene héroes’, pareciera pertinente para aplicarla a nuestro caso.

Diferentes interpretaciones ha tenido esta frase.

La inicial y la más obvia, que un país lo que requiere son instituciones apropiadas que le den estabilidad y no seres excepcionales que la salven de las diferentes circunstancias o crisis por las cuales puede pasar.

Otra que para superar los momentos dramáticos o trágicos el heroísmo debe ser de la población, que héroe debe ser la Nación y no uno u otro individuo.

En cualquiera de los casos el sentido de la palabra ‘héroe’ tiene el sentido de excepcional, único por las realizaciones que es capaz de lograr.

Nosotros ahora tenemos la tendencia a esperar que aparezca un dirigente que por sus calidades intrínsecas sea la persona que nos puede sacar del abismo en que vivimos. Anhelamos líderes ‘heroicos’ en sentido de que nos eximan de ser nosotros los responsables de manejar la catástrofe social y política que hemos creado; héroes en cuanto a que deben producir resultados sobrehumanos como el de rectificar gracias a sus propias habilidades los errores acumulados a lo largo de nuestro desarrollo (¿o subdesarrollo?) institucional.

Pero paradójicamente al mismo tiempo banalizamos el concepto y el término. Acostumbrados a que pesa más la retórica que el contenido, hoy se generalizó el uso de ‘Héroes de la Patria’ para los miembros de nuestras Fuerzas Armadas. Y no con el propósito de destacar sus acciones o su valentía –la cual puede y debe reconocerse solo en función de sus propios méritos–, sino dentro de la idea que así se descalifica al adversario –no siendo suficiente con catalogarlo de ‘terrorista’–.

El que se les asigne esa denominación ni le quita ni le pone nada a quienes como soldados y funcionarios cumplen con el deber con el cual están comprometidos. Pero sí en cambio distorsiona la realidad que vivimos; ni ‘la Patria’ está necesitando que la salven, ni se requieren centenares de miles de ‘héroes’ (450.000 hombres es el pie de fuera actual) para sacar a Colombia adelante.

Mejor haríamos con montar programas y asignar recursos para subsanar las deficiencias de nuestra sociedad y reorientar el modelo económico y político hacia ese objetivo, que tratar de trasmitir al imaginario tanto interno como externo que el Estado está en peligro de caer en manos de unos insensatos y que es el coraje del pueblo el que lo ha decidido a tomar las armas y se ha levantado en contra de ese gran peligro.

Volviendo al personaje de Brecht, el verdadero peligro que estamos recorriendo es el de pensar que el país depende de héroes –de una u otra naturaleza– y no de instituciones que excluyan esa necesidad. Vamos recorriendo el camino contrario y cada vez renunciamos u olvidamos más el origen de nuestros problemas y buscamos más delegar en ‘héroes’ (con cualquiera de las interpretaciones aquí dadas) la solución y la salida de la encrucijada a la cual hemos llegado.

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