Política morronga

25 de septiembre del 2019

Por: Ancízar Villa.

Política morronga

Es muy particular que nos digamos mentiras y nos las creamos. Que las autoridades se inventen resoluciones y estén convencidas de que son capaces de hacerlas cumplir, e incluso, que se legisle sobre asuntos que estropean el sentido común y se suponga que con ello la vida cambia. Si algo va en contra del deber ser, de la ética y de una conducta pública transparente, es el querer aparentar lo que no somos, y lo que es peor, lo que no podemos ser.

Habría mucho por decir al respecto, muy variados casos para analizar, pero en este momento específico, me refiero a la no participación de los funcionarios públicos en el proceso electoral, en este o en cualquiera de los que con más frecuencia de lo que nos convine, se celebran en nuestro país, porque es una falacia afirmar que esto se cumple, o siquiera, que es posible cumplirlo.

La política es para algunos, como en mi caso, una profesión, una fuente inagotable de estudios, análisis, investigación, que sirve, mirada así, para tratar de entender muchos fenómenos sociales, el comportamiento eleccionario de los votantes, el contenido ideológico y filosófico de las organizaciones políticas, las razones del éxito o fracaso de los líderes y la oportunidad o conveniencia de una propuesta, una tesis, un proyecto o una estrategia. Eso nos entretiene, nos permite ilustrar a otros, trabajar en la academia y, a veces, si lo queremos, a ocuparnos de un proceso proselitista desde la propuesta estratégica y metodológica.

Para otros, entender y estudiar la política les importa un rábano, porque sus intereses están montados en vivir del Estado, son funcionarios públicos de profesión que cambian de verbo, verso, camiseta y discurso dependiendo de para donde vayan favorablemente las apuestas, a veces las encuestas y siempre las conveniencias. Esos seres humanos no son exóticos, al contrario, son más comunes de lo que uno quisiera, y por ello, por su ser y su hacer, les es imposible no participar en política, o para que quede mejor dicho, no participar en los procesos proselitistas. 

¿Y qué decir de los líderes y de los jefes políticos que al tiempo son funcionarios públicos? A excepción de quienes pertenecen a la rama legislativa, que tienen ese beneficio exclusivo, los trabajadores de cualquier nivel de la rama ejecutiva, por ejemplo, deben posar virginidades que se asemejan a las de las señoritas de los reinados de belleza, aunque en su ejercicio diario, siempre, siempre, unos más de frente que otros, impulsan a sus candidatos, apoyan a sus partidos o movimientos y contribuyen de diversas maneras a facilitar las campañas de sus favorecidos.

La risible ley de garantías, es otro esperpento del que se ríen con sorna, por ejemplo los alcaldes, quienes días antes de que empiece a regir, realizan “cambios” de funcionarios, que no es otra cosa que una abierta, desafiante y descarada manera de participar en la campaña proselitista, valiéndose de esa herramienta que les conceden las normas para nombrar libremente a sus colaboradores, que como se dice en el argot popular, pertenecen a la clasificación de “difícil nombramiento y fácil remoción”, con lo cual, compran, en muchos casos, con dinero público, la voluntad de quienes necesitan laborar para proteger y financiar a sus familias.

¿Y dónde está el ente que sea capaz de vigilar esas conductas, de hacer castigar las prohibiciones o de garantizar que los funcionarios públicos sean actores pasivos de los procesos electorales? 

Eso es menos que imposible. Por ello, ante intereses ya muy particulares, muy de vez en cuando, se buscan y encuentran chivos expiatorios para mostrar eficiencias fingidas, cuando todo el mundo sabe, que lo que sucede en una campaña como la que actualmente atravesamos, es la apariencia del cumplimiento y la realidad de la participación proselitista de los empleados públicos. Eso solo lo puedo denominar con un adjetivo calificativo que aprendí en mi amada Cali, la Sultana del Valle, cuando tuve la fortuna de trabajar, vivir, enamorarme y concebir a uno de mis hijos allí, eso digo, solo lo podría llamar política morronga, simplemente. 

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