La politiquería del Sí le da toda papaya a la del No

La politiquería del Sí le da toda papaya a la del No

23 de noviembre del 2016

Los acuerdos con las FARC tienen más problemas que la Baldor, el álgebra del bachillerato. No porque los enemigos de la paz sean hoy la voz cantante en el escenario, o porque como creen algunos hayan logrado influir en los colombianos, los cuales en más de un 60 por ciento demostraron que se mantienen escépticos. Sino porque lo supuestos amigos de la paz son los politiqueros de siempre, y que por obra y gracia de las incoherencias del presidente Juan Manuel Santos los acuerdos han quedado en manos de personajes muy poco comprometidos con la paz, la reconciliación, la convivencia o con el perdón; ni siquiera con el borrón y cuenta nueva. Su compromiso es con su vulgar negocio, porque así es como ejercen la política. Y a ellos les importa un pepino que haya acuerdos sostenibles o que sean beneficiosos para la mayoria los colombianos. Lo único que les interesa en que no afecte su bolsillo y su status quo.

Por eso los acuerdos, al margen de que desde el comienzo no hayan consultado con la ciudadanía, ni hayan tenido en cuenta la opinión de quienes pretenden un pacto que cobije los sueños de los diferentes sectores del país, o que arrope los más caros anhelos de las amplias masas colombianas, terminarán siendo unos acuerdos burocráticos que dejarán tranquilos a los urgidos pero de los que jamás se podrá decir que fueron democráticos. Serán pactos de élites que no contarán con la voluntad de los ciudadanos. Representarán negociaciones entre dos bandos en armas, uno que se considera legítimo y otro al que consideran ilegítimo. Ambos protagonistas de la guerra y que han estado 50 años enfrentados, pero que poco y nada reflejan los intereses de las mayorías. Ahora se debaten en la idea de controlar los medios de comunicación y sobre todo a la opinión publicada, pero pasarán a la historia como campeones en ignorar las demandas de la verdadera opinión pública, es decir la de la ciudadania, la de la sociedad civil.

Por eso se gastan el cerebro buscando explicaciones a que el No haya ganado el plebiscito, cuando lo que quedó evidente es que las mayorías no le creen ni al Sí ni al No. Que los medios y los ilustres opinadores no convencen a nadie. Y que ni el Gobierno, ni la oposición de derecha, ni la guerrilla ofrecen credibilidad alguna. Y además lo refrendan con creces con su actuación posterior a la votación del 2 de octubre. Gobierno y guerrilla parecieron entender que su acuerdo no gustó y jugaron a amagar con sentarse a renegociar. La oposición pareció entender que habría replanteamientos cruciales y no se puso modo constructiva. Pero el talante politiquero no le permitió ni al gobierno ni a la clase política construir en serio un nuevo acuerdo. Se concentraron en hacer parecer que lo buscaban pero a sabiendas de que ninguno quería por lo menos intentarlo a fondo. Eso significaría darle protagonismo al No y semejante imaginario lo ven como una desventaja. No vislumbran el bosque de la paz porque el árbol cortoplacista no los deja. Y como confían más en las salidas burocráticas, en la marrulla, en la mermelada y todo tipo de malas costumbres políticas, pues decidieron resolver de forma pero no de fondo, como dicen los juristas. “Mamaron gallo”, les dijo Jaime Castro, uno de los constitucionalistas destacados líderes del No.

Pero es que para meterle muela a los asuntos de fondo se tendría que haber superado el escenario de la politiquería. O que los politiqueros hubieran entendido que los colombianos no les creen y que eso los obligaba por supuesto a repensar lo sustancial. Desafortunadamente eso no se ha visto. Lo que se nota es un afán por despachar el asunto con aparente profundidad pero con la mayor levedad posible. Pensar seriamente en acordar de nuevo implicaría que haya algún tipo de concesión en los temas controversiales como el de justicia trancisional, de elegibilidad y de penas, pero saben que las FARC no los aceptarían. Entonces por buena intención de los negociadores colombianos y por buen ánimo renegociador de algunos de los encargados, pesan mucho más las prácticas centenarias de la clase política y de quienes rodean en estas coyunturas al gobierno. Para ellos la fácil es hacerle conejo a los del No. Y para eso requieren seguir estigmatizando a sus jefes y buscar el ahogado aguas arriba.

Ahora se devanan los sesos buscando la forma de maniobrar. Y por eso prefieren botar corriente es en la manera de implementarlos y no en los esfuerzos por encontrar el mayor consenso posible. Incluso cada vez más se abre paso la idea de que a estas alturas no se requiere su refrendación. Es decir que los nuevos mejores acuerdos se van a imponer tal cual y al ritmo de constitucionalidad que les marque el Congreso. O sea que para que tenga tintes constitucionales la guerrilla está dispuesta a dar la legitimidad que siempre desconoció a los congresistas. Las FARC con tal de hacerse pasito para que no los pongan a rendir cuentas sobre la plata del narcotráfico creen que les sale mejor elevar a la categoría de demócratas pacifistas a los tradicionales “padres de la patria” que el periodista Edgar Artunduaga retrata con su HP, para que ellos a su vez le den legitimidad al acuerdo. No saben en la que se meten. Mas inteligentes resultaron los del M19 que lograron por lo menos temporalmente que la clase política tuviera que reinventarse.

Aquí no hay que llamarse a engaños. El No ganó raspando pero eso en el juego democrático es legítimo. Y no lo deslegitimiza que la diferencia haya sido mínima. Se equivocan los que lo subestiman y tienden a negarlo. Con todos sus defectos el No es una realidad política. Los del Sí no se dan cuenta de que al hacerse los locos les puede salir el tiro por la culata. Si optan por el conejo terminarán por darle mucha más fuerza al No y lo pueden llegar a victimizar. Hay que decirles que no se preocupen más porque el No sea politiquero de cara a las elecciones de 2018. Acaso los del Sí no hacen politiquería con el Sí y con la mira puesta en las mismas elecciones? No se puede seguir con la cantaleta mamerta de que los del No quieren la guerra. Esa estratagema ya no funcionó. Hay que tener claro que todos quieren la paz pero que cada uno espera sacar la mejor partida de esta coyuntura. Y lo peor, que eso es legítimo. Pero la politiquería evidente de los del Sí le construye gratuitamente la patente de Corso a los del NO, que ni cortos ni perezosos hoy laten echados. Y si los del Sí continúan por el camino de los yerros le apuntalarán el futuro político exitoso a los del No, así sean de la caverna. Tienen que aprender la lección de los errores de Clinton que llevaron al triunfo a Trump.

Juan Manuel Santos se ganó el Premio Nobel pero para merecerlo debe rediseñar el juego. Tener en cuenta seriamente a los del No y evitar que se caiga en la idea facilista de incrementar la polarización que ya se demostró que no es su fuerte. Y menos caer en la tentación de burlarse de esa escasa votación que lo derrotó. Santos puede pasar a la historia si se gana a los del NO y puede petaquearse el acuerdo si decide ignorarlos. Es hora de que intente pensar en grande y de que deje de caer en la trampa de descalificarlos para congraciarse con todo tipo de mamertos reencauchados y lagartos empoderados. Los jóvenes hoy no le perdonarán que se pase por la faja ni siquiera a sus enemigos. La estrategia debe ser ganar en franca lid y ganarse el respeto de los que aún no le creen. Jugar limpio y sacar el acuerdo que más incluya. Pero si se deja pedalear por los aspiran a que a pesar de todo se deben mantener las cosas para su beneficio o si le come cuento a la mamertada oportunista, el Nobel se quedará en los estantes palaciegos de espaldas a la real politik colombiana. Y le habrán abonado como un flaco servicio el camino a los del No para el 2018.

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