Pongámonos serios

4 de febrero del 2015

“Pobre Bogotá si el tema es el del carisma”.

Dice burla burlando el portal satírico Actualidad Panamericana que Rafael Pardo no es carismático. Entre chiste y chanza los humoristas cuentean que se hizo un implante de carisma con miras a la campaña por la alcaldía de Bogotá. Tal broma no puede ser sino el resultado del comentario general de quienes creen que la imagen es el nombre del juego o que el carisma es el tema que cuenta a la hora de querer gobernar a Bogotá. Y así lo pueden pensar quienes han visto al exministro hacer campañas y no le encuentran esas gracias taquilleras que muchos adquieren justamente para ganar votos a sabiendas de que el elector es manipulable. Este tipo de comentarista no le reconoce a Pardo ese magnetismo personal que aparentemente sirve para ganar elecciones y por lo cual no lo imaginan ad portas del Palacio Liévano. La verdad es que Pardo puede que carezca de esa magia bobalicona, precisamente por que es un tipo serio, como dirían las señoras. Porque prioriza el ser más que el parecer. Y porque es de los pocos políticos decentes que asume ese rol sin dejarse atrapar por las enfermedades típicas del poder.

Este chiste debiera ser mas una advertencia para los bogotanos que la reseña de un handycap del candidato. Porque si nos atenemos a ese rigor de los electores pues el carisma puede terminar siendo el sustituto de la imagen real por la imagen necesaria para ganar, que en otras palabras significa para engañar. No sería raro que ya estén listos los vendecuentos de turno o los seudoasesores de imagen que muy prestos le sugerirán al exconsejero para la paz los cambios que debe hacer para superar esas supuestas deficiencias y para ganar popularidad con su apariencia o hacer índice en que es hora de pasar al estadio de seductor de masas. Y eso es precisamente lo triste de la historia. Que Bogotá hoy en medio del desastre populista y de la tragedia administrativa hija de los egos y de las vanidades vaya a escoger por los encantos personales y no por las capacidades de alguien que traiga las soluciones estructurales, que le urgen a una ciudad accidentada precisamente por escuchar tantos cantos de sirena y por haber hecho eco a esos simbolismos que terminan casi siempre en fastuosos fenómenos carismáticos.

Echar de menos el carisma en quien aspira a superar la Bogotá inhumana es reconocer monda y lirondamente que los electores bogotanos quieren no calidad sino simpatía. Que prefieren el mesianismo aventurero al liderazgo responsable, social. Resaltar esto no es un campanazo para que Pardo vaya y adquiera carisma a como de lugar, sino para los electores bogotanos, que debieran ahora más que nunca entender que ante la crisis por la que atraviesa la ciudad se hace imperativo escoger la esencia y no las apariencias, como nos cantaría Andrea Echeverry, la Aterciopelada. Pobre Bogotá si el tema es el del carisma. Claro que Gustavo Petro tiene carisma pero su esencia ha demostrado que es un fiasco para la ciudad en temas de gobernabilidad y de eficacia. Y Samuel Moreno tenía mucho carisma, el suficiente para seducir a los bogotanos y mostrarse como un simpático hombre honrado cuando la realidad resultó bien contraria a los intereses de los ciudadanos y de la ética de lo público en la capital.

Si el carisma es la cualidad o el don que tiene una persona para atraer a los demás por su presencia o su forma de hablar, pues habría que pensar en cambiar carisma por liderazgo, es decir esa caracterísitca de una persona capaz de convocar por sus convicciones y por su coherencia. Un lider escucha, crea confianza, es visionario y toma riesgos, se sacrifica, es creativo y critica en aras de construir. Pero un carismático es autoritario, no aprende porque cree en una especie de inspiración divina y casi siempre se mueve por sus bajas pasiones. Y si Pardo no tiene carisma, ese que reclaman quienes se inspiran mas bien en la misiones carismáticas o en el carisma cuasireligioso, lo que sí es evidente es que ejerce liderazgo, aquello que debería definir técnicamente el carisma. Y los bogotanos necesitan es quién lidere una serie de transformaciones para sacar la ciudad del atolladero, en materia de seguridad y de movilidad que son hoy los principales lastres de la capital. Y no tanto un dirigente simpático o telegénico, pagado de sí mismo, que anteponga su predestinación a los intereses de los ciudadanos.

Ojalá el trasfondo del concepto de carisma no sea el que esperan y aspiran quienes se apoyan en las raíces griegas de Kharisma para creer que una contienda política en Bogotá pasa por tener una gracia, un don gratuito o un talento, dado a un dirigente para edificar conceptualmente a una comunidad. Porque ya un estudioso del tema, el sociólogo alemán Max Weber, para quien el carisma permite ejercer una forma de poder, ha dicho que éste es una cierta cualidad de una personalidad individual, en virtud de la cual se le considera como caso aparte respecto de las personas ordinarias y es tratada como un dotado con poderes o cualidades sobrenaturales, sobrehumanas o por lo menos excepcionales frente a sus seguidores. Según Weber estas cualidades no son accesibles a las personas comunes, y pueden verse como de origen divino, y sobre esas bases el individuo en cuestión es tratado como un caudillo por sus adeptos.

Ese carisma lo tuvo Hitler y lo tuvo Stalin. Los dictadores casi siempre son carismáticos porque los pueblos proclives a las dictaduras necesitan figuras mesiánicas a quienes otorgarle el carácter de salvadores y a los que revisten de símbolos carismáticos para dejar en sus manos los designios de un pueblo, generalmente humillado. Es probable que Abraham Lincoln o Wiston Churchill no tuvieran ese carisma o que Margareth Thatcher no lo dejara ver tanto, pero lo que nadie ignora, desde el conocimiento de sus papeles históricos, fue su liderazgo en momentos de grandes crisis. Habría que buscar en personalidades como Mijaíl Gorvachov, Eva Perón, El Papa Francisco o incluso Pepe Mujica para identificar la diferencia entre ese liderazgo y ese líder carismático. Entre Fidel Castro y Mahatma Gandhi, por ejemplo. O entre Álvaro Uribe y Antanas Mockus. Porque en la Bogotá de hoy sin duda hay que llegar a un consenso para que nos pongamos serios y eso implica que de los carismáticos líbranos señor.

Quizás los bogotanos a la hora de escoger deberían buscar cualidades como la empatía más que la simpatía, la compasión más que la pasión, la humildad más que el coraje, la ambición más que la fanfarronería, el respeto más que la confrontación, la serenidad y la paciencia (sin ser Kalimán el hombre increíble) para comprender el largo plazo. Tal vez un líder que haya aprendido la lección de Nelson Mandela cuando dice que “para ser un gran líder hay ocasiones en las que hay que dejar de serlo”. O por lo menos la de Napoleón Bonaparte que afirmaba que “Para triunfar es necesario, más que nada, tener sentido común”. Pero bien dijo Churchill “El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”. O seguramente algo más sencillo como que el tema además de ser de aptitud tenga que ver fundamentalmente con actitud.

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