Por ahí no es

12 de octubre del 2018

La crisis económica que sufrió Latinoamérica durante la denominada “década perdida”, entre 1980 y 1990, planteó la necesidad de buscar una alternativa al modelo económico proteccionista de industrialización por sustitución de importaciones que venía funcionando desde mitad de siglo XX. Como respuesta a esta crisis y con la obligación de plantear un nuevo modelo económico, […]

Samuel Hoyos

La crisis económica que sufrió Latinoamérica durante la denominada “década perdida”, entre 1980 y 1990, planteó la necesidad de buscar una alternativa al modelo económico proteccionista de industrialización por sustitución de importaciones que venía funcionando desde mitad de siglo XX. Como respuesta a esta crisis y con la obligación de plantear un nuevo modelo económico, el continente dio inicio a las políticas neoliberales, y en los primeros años de funcionamiento del modelo, el crecimiento económico que empezó a tener el continente recuperó la esperanza que para algunos parecía perdida.

Sin embargo, una desaceleración de la economía de la región a final de la década de los noventa creó en el imaginario colectivo la idea de que no sólo las políticas económicas neoliberales no eran capaces de dar solución a la crisis que azotaba a la región, sino la necesidad de un cambio ideológico con posturas proclives a la izquierda para remediar esta situación.

Así, el continente empezó a tener un giro ideológico que inició con el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Michelle Bachelet en Chile, Alan García en Perú y Rafael Correa en Ecuador. Estos ascensos, consolidaron una marcada tendencia regional hacia la izquierda, que tenía como factor común no solo el rechazo a las políticas neoliberales, sino un rechazo frontal a lo que ellos denominaron “las oligarquías nacionales” –y su abuso-, en favor las políticas “sociales” y el empoderamiento de las mayorías populares.

No obstante, después de padecer lo que se denominó “el socialismo del siglo XXI”, y los múltiples hechos de corrupción y malos manejos de la economía; el saldo de los gobiernos de izquierda terminó en la destitución presidencial de Dilma Rousseff, la condena de Luiz Inácio Lula da Silva, la crisis económica que hoy padece Argentina, el déficit fiscal con el que Mujica dejó a Uruguay, la inestabilidad social que hoy vive Nicaragua y la lamentable crisis humanitaria que vive la hermana Venezuela desde hace varios años.

Esa izquierda populista que a través de una excusa ideológica prometió el cielo en la tierra, y que en su intento, quebró a Latinoamérica y en Colombia se robó Bogotá, es la responsable del quebrantamiento democrático y del deterioro de la institucionalidad en el continente. Un deterioro que ha llevado paulatinamente a los países a una inestabilidad en el orden económico, político y social, que hoy no se termina de sanear.

Como consecuencia de esta improvisación económica del “socialismo del siglo XXI”, los países de Latinoamérica hoy no sólo buscan una respuesta a esta crisis en un camino distinto a la izquierda, como es el caso de Chile y Argentina -y esperamos que lo haga Brasil-, sino que, se están viendo obligados a evaluar e implementar estrictas políticas fiscales que necesariamente van a afectar al grueso de la población nacional, por lo que la adopción de medidas impopulares será, no sólo uno de los caminos que deberemos superar, sino el precio que deberemos pagar, porque como en su momento señaló Margaret Tatcher, “el peor enemigo del socialismo no es el capitalismo. Es la realidad”.

@SamuelHoyosM

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