Por qué soy corrupto…

8 de septiembre del 2018

En un escrito en ‘El Colombiano Dominical’, del 9 de marzo de 1969, el filósofo y matemático Mario Laserna, fundador y rector de la Universidad de los Andes, indicaba que “dentro de nuestra organización social, la exigencia de no llamar las cosas por su nombre, para pacificar la conciencia, nos impide decir que en Colombia […]

Ignacio Arizmendi

En un escrito en ‘El Colombiano Dominical’, del 9 de marzo de 1969, el filósofo y matemático Mario Laserna, fundador y rector de la Universidad de los Andes, indicaba que “dentro de nuestra organización social, la exigencia de no llamar las cosas por su nombre, para pacificar la conciencia, nos impide decir que en Colombia rige la ley de la garra y el colmillo”. Se pone uno a ver, y es cierto, al menos muchas veces.

Quedé con tal convicción luego de imaginarme que yo era uno de los miles de colombianos corruptos que caminan por ahí, llenos de dinero y opciones, y hasta de felicitaciones. Y al verme como corrupto, vi claro que lo había logrado gracias a haber ejecutado “la estrategia 3P”, consistente en tres escenarios: 1) observar unos “principios” para orientar mis actos; 2) dar curso libre a la “picardía” para obrar con audacia, y 3) contar con “personas” claves para lograr mis objetivos.

También vi nítidamente que había desarrollado la “E3P” gracias a unas razones concretas que ilustran una verdad monumental: la de que ser corrupto es toda una suma de esfuerzos y desvelos, de garra y colmillo, que me permite “justificar” ser corrupto y andar con la frente en alto. En consecuencia, ¿por qué soy corrupto? En primera instancia, por diez razones:

  • Porque desde tiempos muy pasados, los ilustres legisladores que redactan las leyes siempre dejan atajos gracias a los cuales procedo sin mayor riesgo para mi libertad y bienestar. Con razón ya en la Colonia se afirmaba “hecha la ley, hecha la trampa”, principio maravilloso para quienes hacen la ley (de modo tramposo) y para quienes hacemos la trampa (de modo legal).
  • Porque tengo la fortuna de poder ayudar a los parientes y amigos menos favorecidos por la fortuna. Al fin y al cabo, Jesús, nuestro divino Redentor, nos invita a ser generosos con los pobres de la tierra, por lo que practico el principio que dice: “haz el bien sin mirar a quien”
    (soy una persona de principios).
  • Porque en Colombia, si eres corrupto, no pasa casi nada. Y si llega a pasarte algo, es porque no fuiste lo suficientemente picarón con quienes tienen el poder de satisfacer tus aspiraciones, y olvidaste operar un principio infalible: “Toda persona es influenciable”.
  • Porque consigo muchas amistades en todos los poderes: político, económico, cultural, religioso, deportivo, militar, etc. Es que, como ciudadano de principios, hay uno que siempre tengo en cuenta: “Estar en las roscas no es malo. Lo malo es no estar”.
  • Porque en un mes puedo elevar de modo brillante mi “IBV”, Índice de Bienestar Vital, al obtener beneficios que lograría “honestamente” en cinco años de “camello” duro.
  • Porque ser corrupto en Colombia es un excelente negocio: según los estudios de mis asesores, por cada millón que entrego obtengo diez, sobre todo en el sector público.
  • Porque en cualquier momento me es posible acceder a gustos que jamás tendría si trabajara en labores comunes y corrientes. Sin embargo, acepto que la corrupción cada día es más común de lo que cree la gente corriente (o sea, cada vez hay más “competencia”…).
  • Porque tengo buen gusto para estimular a quienes se muestren renuentes y “difíciles” en los diversos ámbitos en que debo estar presente con el objetivo evangélico de impulsar el IBV de otros, más allá de mis naturales egoísmos.

2

  • Porque tengo una conciencia en paz, sin ambiciones exorbitantes. Mi meta, en los tiempos actuales, es obtener, en mi trabajo, apenas diez millones de dólares de utilidad al año. Otros quizás perciban una cifra mayor, pero no me desvela.
  • Porque sin terminar mi carrera universitaria, conseguí el título “con todas las de la ley” en una importante institución, cuyo nombre no suministro en virtud de mis valores éticos.
  • ¿Por qué más soy corrupto y no me da vergüenza reconocerlo? Otros diez factores:
  • Porque sé que si no vienen las oportunidades, las busco en los ámbitos en donde están. Sigo otro utilísimo principio: “Las oportunidades las pintan calvas”.
  • Porque hay personas en todos los sectores que me prestan gustosamente su colaboración, a cambio de lo cual les muestro mi gratitud. ¡Y me siento muy bien como ser humano!
  • Porque, además, obedezco un principio deportivo: “si no haces los goles, los verás hacer”. Por lo tanto, ¡hay que correr!, si bien suena un corrido que dice “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”.
  • Porque también tengo en cuenta otro principio, en este caso de reciprocidad y justicia, según el cual “el que la hace, la cobra”. Muy comprensible.
  • Porque los romanos y los antiguos siempre decían do ut des, “te doy para que me des”. Principio que nunca me falla.
  • Porque, al ser corrupto, estoy obedeciendo una ley de la naturaleza enunciada por los científicos: “Todo es susceptible de corrupción”. ¡Y no quiero ir contra la naturaleza!
  • Porque Darwin sostenía que “sólo pueden sobrevivir los que mejor se las arreglen”. ¿Y qué mejor cosa que tener arregladas a las instituciones y a todo aquel que acepte ayudarte y ser ayudado?
  • Porque “el mundo es de los vivos”, principio escrito en algunos cementerios, sobre todo del mundo en vía de desarrollo.
  • Porque “vida no hay sino una”, ¡y hay que saber vivirla!
  • Y, por último, porque la inteligencia de Dios comprende a sus hijos más avispados.

¿Cómo le quedó el ojo celestial, doctor Laserna? Puede apreciarse que no son pocos los motivos que los corruptos aducimos, consciente o inconscientemente, para serlo y seguir felices con garras y colmillos. Lo más grave es que, afuera ya del campo imaginativo, me pregunto: ¿será que hay más razones para ser corrupto que para no serlo? Sea lo que sea, ¡conmigo que no cuenten!

INFLEXIÓN. Los corruptos aman la frase de Zoyla Cantaclaro, mi filósofa de cabecera: “Si careces de disculpas, te persiguen las culpas”. Todo un tratado.

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