“Porque el tiempo duele al pasar”

2 de junio del 2013

“Cementerio de Pianos, porque el tiempo duele al pasar” / Columna de Fernando Fernández.

Reseña crítica del libro “ Cementerio de pianos ” de José Luís Peixoto

 “…tenía cinco o seis años y mi madre, delicada,
me dejaba dormir durante las mañanas de los sábados:
hacía sol tras las ventanas
y yo me quedaba despertándome y adormeciéndome,
pensando sueños y soñando ideas”.

J.L.P.

Es que la idea que me hago de una Feria del Libro es de un encuentro con novedades, un descubrimiento de libros que me han sido esquivos, un momento para que el comprador compulsivo en el que me convierto frente a los libros, se avive, por supuesto con precios especiales: “de feria”. Y cada vez, al no ver satisfechos estos deseos –a los que tal vez con desacierto me aferro–, salgo con la misma contrariedad y promesa de nunca más regresar a este evento anual de Bogotá. Promesa que sistemáticamente, por supuesto, incumplo. El interés, pienso ahora, radica en las conferencias y encuentros directos con escritores.

Lo del país invitado suele traducirse más bien por exposiciones de fotografía, presentaciones históricas y geográficas, ofertas turísticas, culinarias y enológicas, y algunos actos culturales.

La pasada versión de feria –abril 2013– no fue excepción, montones de stands, arrumes de libros, galpones llenos de gente, novedades casi ninguna y precios exorbitantes como los que se practican en nuestro país, que dizque aspira a elevar su tasa de lectura. País invitado: Portugal, gran expectativa personal, pues de su literatura, aparte de los clásicos como Camões y los contemporáneos como Saramago, Lobo Antunes y el indispensable Pessoa, poco conozco (sospecho que no soy el único); momento entonces para encontrar los nuevos escritores lusos, algunos de los cuales fueron invitados. Oh sorpresa, la mayor parte de los libros del stand estaban en lengua portuguesa, idioma que me es desconocido (también sospecho que no soy caso único).

Rescato, por fortuna, el haber descubierto al escritor José Luís Peixoto (Galveias – 1974) y su estupendo y emblemático libro Cementerio de pianos que salvó y justificó con creces mi reincidencia en la feria. Una narrativa fresca, rica en fraseos de calidad, un léxico elaborado, un hilo conductor bien pensado, una inteligencia idiomática y una prosa que destila poesía en cada oración: “Al entrar en el pasillo, dejé atrás el sol que llenaba toda la mañana, que inundaba las calles, que los hombres y las mujeres llevaban en la cara al avanzar por las aceras, el sol que iluminaba sus certezas y avivaba su esperanza”.

Algunos lectores tienen preferencia por novelas de tramas intrincadas y sienten predilección entonces por libros de thrillers o dramas que se les asemejen. Y cada cual en sus gustos es respetable, sin embargo, una trama rebuscada no es sinónimo de buen libro, tal vez lo sea aquel que más inquietud deje en nuestras mentes y que a más reflexión nos haya impelido: es mi definición y gusto personal que, por supuesto, no intento hacer universal. En ese orden de ideas la trama sencilla de Cementerio de pianos me cuadra como anillo al dedo; narra el escritor una saga familiar que extiende por tres generaciones y de la que da parte de sus aspectos del corriente vivir, esos hechos que de apariencia anodina son realzados con la escritura, con la nostalgia que les imprime, con la tristeza de los actos rutinarios, con la simplicidad de lo monótono. Aprisiona al lector porque lo hace sentirse reflejado en las palabras, la narrativa aquí es un espejo que convierte la vida del lector en protagonista, que le resta el carácter fútil porque le hace entender que para vivir no hay necesidad de poseer ni acumular hechos extraordinarios. Cautiva al lector porque lo enaltece con el retrato de la sobriedad rutinaria. “…les envuelve la vida, de la misma manera que siempre hay un brillo que envuelve los objetos valiosos y transforma su simplicidad en grandeza”.

Peixoto utiliza en su novela tres narradores en primera persona (abuelo, padre y nieto), y estas voces no se contentan con contar lo que les acontece, van más allá: son omniscientes e incluso hablan desde ultratumba. Interesante ardid que confiere a la narración la credibilidad testimonial de la primera persona y la universalidad de la tercera.

En un depósito casi secreto, anexo a la carpintería del negocio familiar de la saga protagonista, se han almacenado por años despojos de pianos, destartalados, sin posible arreglo, condenados a servir de adorno inútil y melancólico y prestar sus aún aprovechables partes para reparar otros. Allí, en ese arrume de nostalgias y de imaginarias piezas musicales que flotan en el aire, al compás de los juguetones y polvorientos haces de luz que indiscretamente se cuelan por un exiguo ventanuco, ahí, esa trastienda es testigo de amores carnales intensos, de amoríos adúlteros, lugar de lectura de novelas de romances adolecentes, escondrijo de fantasmas que todo lo ven y a quienes la muerte ha vuelto sensatos. Un recinto en donde los personajes novelados se esconden de la realidad prosaica y se refugian de la vida sencilla: es el más allá, es el lugar de evasión de aquellas vidas en donde “cada momento parecía la repetición cansina de momentos iguales y sucesivos de los días anteriores”.

Buena parte de la novela narra la maratón en la que participó Francisco, el hijo carpintero y atleta, en las olimpíadas de Estocolmo 1912. Entre kilómetro y kilómetro se intercalan muchos hechos de la novela. El lector se hace partícipe de los jadeos del corredor, de sus resuellos, de sus dolores, de sus inhumanos esfuerzos, de su tenacidad para ganar y, finalmente, de su agonía y deceso en plena competencia. Bella descripción, bello recorrido arrastrando la muerte en un vano intento de ignorarla, de huir de ella: “Tenía veintidós años y era capaz de creer en todo”.

Un libro a tener presente, una magnífica muestra de la nueva literatura portuguesa, de gran nostalgia, de dichas poéticas, de juegos de escritura, de reflexiones a montón. Y a manera de epílogo, déjenme transcribir este texto: “No hay diferencia entre lo que sucedió realmente y lo que fui distorsionando con la imaginación, repetidamente, repetidamente, a lo largo de los años. […] El tiempo mezcla la verdad con la mentira. Lo que sucedió se mezcla con lo que yo quisiera que hubiese sucedido y con lo que me contaron que sucedió. Mi memoria no es mía”.

Buena lectura.

—–

Ñapa 1: “El tiempo se desplaza dentro de sí mismo movido por la angustia y por el deseo. El tiempo no tiene voluntad, tiene instinto. El tiempo es menos que un animal corriendo. No piensa hacia donde va. Cuando se para, son la angustia o el deseo los que lo obligan a parar.”

Ñapa 2: “El cementerio de pianos era enorme. Las tardes eran del tamaño de generaciones encadenadas. Yo escogía un piano, lo abría y me quedaba mirando su mecanismo en reposo. Nunca conseguía dejar de pensar que mi vida, diluida en el tamaño de aquellas tardes, era exactamente como el mecanismo en reposo de un piano: el silencio frágil de las cuerdas alineadas, la perfección geométrica de su muerte aparente, resucitable en cualquier momento que no llegaba, un momento simple como tantos otros sería suficiente, un momento que podría llegar pero que no llegaba.”

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