Después de los acuerdos de La Habana, ¿qué?

Después de los acuerdos de La Habana, ¿qué?

2 de septiembre del 2016

Las doscientos noventa y siete páginas del acuerdo final entre el Gobierno de Colombia y las FARC han sido comentadas por numerosos articulistas, politólogos y editorialistas durante la semana pasada, desde los más entusiastas hasta los opositores más energúmenos y algunos eclécticos. Mis anotaciones son un pousse-café después de la cena, o mejor, una especie de meta-análisis no estadístico ni científico, que recoge los raciocinios de otros sobre lo que podría suceder en el futuro, según resulte la votación del plebiscito. Como lo dice María Isabel Rueda en El Tiempo del domingo anterior “Aunque el sí gane el plebiscito se impondrá en un país profundamente dividido por la rabia o, en el mejor de los casos, por las dudas”. En las siguientes líneas me referiré a las dudas porque lo de las rabias no me parece interesante ni constructivo; para ello formularé varias preguntas sobre las posibles consecuencias y desenlaces que siguen a lo pactado en los próximos cinco a veinte años.

¿Se alcanzará finalmente la paz y habrá reconciliación general? Sobre la desmovilización de la guerrilla y la dejación de los “fierros de la guerra” no cabe duda, por lo menos en los próximos meses o años, ya que las FARC tienen una hoja de ruta establecida de pasar al campo político, donde ven más posibilidades de alcanzar el poder que en la guerra que nunca pudieron ganar.  Pero sobre el paso del cese de hostilidades al logro de una paz en su sentido más amplio existen muchas dudas, ya que sería necesario pactar con otros grupos subversivos —notoriamente con el ELN—, derrotar a las bandas criminales y prevenir el surgimiento de nuevos conflictos. La reconciliación de los espíritus y la cicatrización de las heridas tomarán décadas.

¿Cumplirán las FARC y el establecimiento político la palabra empeñada? En ambos campos existen disidencias, tal vez más marcadas en el establecimiento. Es posible que las FARC esperen resultados tangibles del ensayo de su nueva estrategia electoral y política y, consecuentemente, mantengan su promesa de no repetir, aunque no debe descartarse la posibilidad de que queden grupos vivos accionando la guerra, particularmente los que no quieren dejar el jugoso negocio del narcotráfico y las demás empresas ilegales. El cumplimiento por parte del establecimiento político —no hablo del Estado—, depende de varios factores: continuidad en los mandatarios favoreciendo el espíritu de los acuerdos, evolución de la reinserción política de los exguerrilleros, capacidad financiera y técnica para sufragar los gastos del posconflicto y respaldo popular activo al proceso de La Habana durante varios años, es decir, que no cambien las prioridades de la opinión.

¿Se obtendrán los recursos para financiar el posconflicto? El posconflicto, como programa de gobierno, llega en un momento macroeconómico muy difícil, no solo por la fuerte disminución de los ingresos fiscales, sino también por la necesidad de mantener el ritmo de inversiones y sostener los gastos inflexibles del presupuesto como son la deuda, las transferencias a departamentos y municipios, el necesario gasto militar y las pensiones. Si bien el presupuesto del posconflicto tiene una duración mayor de una década, nadie puede garantizar la continuidad. Los recursos asignados a los excombatientes son financiables; los costos de la reparación de las víctimas que deberían asumir las FARC son elevados, pero seguramente los fallos judiciales los trasladarán al Estado, que siempre termina pagando por los demás; las inversiones en tierras y en fomento agropecuario son las más altas, pero afortunadamente todavía se dispone de tierras; y la recuperación de la soberanía estatal en los territorios demandará sumas enormes. Alguna pequeña parte de la financiación del posconflicto provendrá de donaciones internacionales, pero no parece factible obtener recursos suficientes para lo que sigue y darle sostenibilidad al gran programa de posguerra.  En Colombia no existe Plan Marshall.

¿Desaparecerán  definitivamente las FARC como grupo político-militar? Es casi predecible que las FARC se transformen definitivamente en un movimiento, o inclusive en un partido político que lidere a la izquierda. Todavía es prematuro aseverar si se unirán a la izquierda llamada democrática, integrada por varias facciones, o decidirá ser el conglomerado aglutinante de la nueva izquierda. Tampoco es posible conocer desde ahora la línea ideológica, pues si bien han sido un brazo armado del comunismo, deben ser conscientes de que esta ideología está prácticamente sepultada en el mundo, con pocas excepciones. Nunca se puede descartar que algunos desmovilizados pretendan regresar al monte al considerar que la lucha electoral es más compleja que la guerra.  

¿Qué sucederá con las Fuerzas Militares y la nueva doctrina? Las Fuerzas Militares continuarán siendo necesarias, no solo en la vigilancia de las fronteras, sino principalmente en tareas internas; por ello, su desmonte o reducción —como algunos desearan— no es probable. La evolución del orden público irá diciendo si la Fuerza Pública habrá de transformarse aplicando la nueva doctrina fundamental anunciada. La necesidad de copar todo el territorio y la lucha contra los focos guerrilleros sobrevivientes y contra la delincuencia organizada demandarán un significativo esfuerzo de todas las Fuerzas Armadas, incluyendo la Policía, cuerpo que también debe ser transformado para asumir los retos que presentan  los poderosos grupos delincuenciales urbanos y rurales.

¿Alcanzarán las FARC una representación decisoria en el Congreso? No es preocupante que la guerrilla desmovilizada ocupe temporalmente unas curules sin derecho a voto y luego se les asegure un mínimo de diez curules, que representan un poco más del cinco por ciento del Congreso, y que numéricamente no tendría mucha injerencia en las decisiones parlamentarias. Lo preocupante es que a las diez curules mencionadas se sumen  las correspondientes a las circunscripciones especiales —donde los desmovilizados tiene gran influencia—, pues estaríamos hablando de cerca de 30 curules, lo cual significaría una gran representación lograda en condiciones de ventaja. No tiene lógica pretender que la guerrilla se desmovilice, deje las armas y no pueda participar en los procesos electorales y políticos, así el establecimiento se sienta amenazado. Lo grave es que los partidos tradicionales abandonen o pierdan el espacio que todavía tienen para ejecutar los cambios que necesita el país.  

¿Se impondrá la izquierda en próximas elecciones presidenciales? Tal vez esa es la cuestión que más preocupa a mucha gente. La visión que se tiene del desastre político, social y económico ocurrido en la Venezuela de Chávez y de Maduro aterra, y los resultados lamentables del fallido modelo Petro en Bogotá inquietan a más de uno. Además, si la izquierda logró ganar tres elecciones sucesivas en la capital del país, supuestamente más madura electoral y políticamente hablando, ¿por qué descartar una eventual victoria en futuras elecciones presidenciales, más cuando los partidos tradicionales andan tan desorientados, fragmentados, desprestigiados y debilitados? La incógnita es si una izquierda triunfante estaría en condiciones de imponer su credo económico y político en un país donde las derechas son fuertes, especialmente en el ámbito rural.

¿Se hará por fin una reforma agraria? El primer punto de acuerdo fue la cuestión rural, y tal vez resultó el menos difícil de alcanzar. No debe olvidarse que las FARC fueron siempre una guerrilla cuyo postulado básico fue la reivindicación del campesinado. Sin embargo, el mundo y el propio pensamiento de los desmovilizados han cambiado, y hoy sería difícil aceptar una reforma rural tipo soviética, debido a que el tema de producción agropecuaria es tan importante como el de redistribución de tierras. Casi inexorablemente se tratará de adelantar algún tipo de reforma en el agro en las líneas de lo acordado en Cuba, y esa política encontrará fuerte resistencia en sectores poderosos del campo.  

¿Cambiará el modelo económico? Uno pensaría que en los actuales tiempos es casi imposible pensar en un modelo económico diferente al capitalismo con todos sus matices, desde el más radical hasta un capitalismo social como el alemán. Este tema no fue tratado en las conversaciones porque pareciera estar fuera de cualquier consideración. Es posible, más no seguro, que el país retome la vía de crecimiento de su producción y de su economía, basadas en la iniciativa privada, y que este eventual auge sea un anticuerpo efectivo frente a las intenciones de algunas minorías arcaicas de alterar el orden económico. Sin embargo, no deben descartarse cambios progresivos en materia de impuestos y de redistribución de los ingresos más que de la riqueza.

¿Mejorará la economía? Los economistas están divididos entre los que consideran que los acuerdos y una paz eventual en el largo plazo revitalizarán la economía y los que opinan que el efecto paz solo contribuye tangencialmente a mejorar los indicadores económicos, que finalmente dependen de muchas variables. No cabe duda que la tranquilidad rural con expansión del área cultivable, acompañada de un impulso a la producción de pequeños, medianos y grandes empresarios mejorará el PIB agropecuario y servirá para acompañar los proyectos en la llamada “nueva economía”, que no es otra cosa que la diversificación estratégica de la producción. No olvidemos que Colombia ha venido creciendo y desarrollándose económicamente en medio de un conflicto de medio siglo.  

¿Desaparecerán el narcotráfico y la minería ilegal? Posiblemente la minería ilegal disminuya y pase a manos de los pequeños mineros y de las grandes compañías, gracias al control territorial por el Estado. No sucede lo mismo con los narco-cultivos que seguirán siendo atractivos para la delincuencia rural en la medida en que no disminuya la demanda internacional. El narco-tráfico ha sido el principal combustible de la subversión en las últimas décadas, y a este se deben las enormes fortunas que han amasado los frentes guerrilleros, lo cual no es fácil abandonar, a menos que los Gobiernos recuperen su capacidad de represión o se impongan nuevas formas de hacer fortuna legalmente en el campo.

¿Llegará el Estado a todos los rincones para ser soberano? Este es un desafío complejo que exigirá tener una nueva visión sobre la soberanía, ya que el Estado ha sido desbordado por otros factores de poder en buena parte del extenso y abrupto mapa colombiano, limitándose a los espacios urbanos más accesibles. Si algún día llega la paz, Colombia debe darse a la tarea de conquistar la totalidad de su territorio, moviéndose hacia la Orinoquia, la Amazonia y el corredor Pacífico, regiones hasta ahora dejadas a la suerte natural. Afortunadamente, centenares de municipios han crecido merced a la descentralización y autonomía conquistadas hace algunos años.

¿La Jurisdicción Especial de Paz fomentará la impunidad? Muchas críticas han llovido sobre la justicia transicional especial y el organismo que la administrará. Este es uno de los aspectos más originales de los acuerdos, y bien manejado podría ser útil, entre otras, para ayudar a facilitar la reorganización de otros aspectos del actual aparato de justicia tan maltrecho y desprestigiado. Si la nueva subrama de justicia se limita a las funciones acordadas y no se desborda, si actúa con efectividad y prontitud y culmina su misión cuando el país haya hecho tránsito a la normalidad jurídica, la jurisdicción de paz probará haber sido una idea útil.

¿Se transformará la cultura política colombiana? Los cambios del esquema mental y del comportamiento cultural de los pueblos llegan a tomar incluso siglos. Si bien la comunidad puede modernizarse y avanzar hacia el ideal de un Estado laico, justo y progresista, las arraigadas costumbres y valores de la sociedad se irán transformando lentamente mediante la educación de las próximas generaciones. Esto significa que no será fácil erradicar la corrupción que se ha hecho nido en muchos jóvenes, el ansia de adquirir riqueza y poder sin esfuerzo, la resolución violenta de las diferencias, la prevalencia del bien particular sobre lo colectivo y el uso de los atajos para alcanzar objetivos.

¿Seremos por fin un país desarrollado? Colombia se ha venido moviendo hacia convertirse en un país de desarrollo medio, y eso es meritorio al haberse logrado en medio de tantos obstáculos. Tenemos recursos materiales importantes y buen talento humano, pero hemos carecido de liderazgo político para transformar la sociedad y la economía hacia el verdadero desarrollo cultural, social, político y económico. La falla más sensible de nuestra sociedad ha sido la incapacidad de las élites de crear y construir una visión de progreso material y espiritual.

Las anteriores preguntas no han sido formuladas para orientar ni sugerir el voto en el próximo plebiscito. Un sector que no cree en los acuerdos  y considera que la negociación de estos se adelantó debilitando al Estado y fortaleciendo a la subversión realizará una fuerte campaña por el “no”. El Gobierno sostendrá que cumplió el mandato conferido por los electores hace dos años, y que por primera vez en casi treinta años de negociaciones infructuosas logró concretar un acuerdo y por ello solicita al pueblo validar lo firmado. Otros no saben todavía si votar en uno u otro sentido, pues si bien reconocen avances en el camino de la paz, piensan que no son completos ni definitivos, pero se inclinarían por el “sí” de manera pragmática, pensando que el país ha hecho un gasto institucional y político de cuatro años que no puede quedar en el vacío, aunque a la vez razonan que lo pactado en Cuba deja muchas dudas sobre el futuro. Finalmente, un cuarto sector podría considerar no votar el plebiscito porque no tiene interés en el resultado,  al considerar que las cosas seguirían iguales o  al considerar que el plebiscito se votó anticipadamente en la última elección presidencial y no es necesaria otra refrendación.   

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