Promesas de año nuevo

31 de diciembre del 2011

Paseaba por la calle, cuando de repente veo un animal recién atropellado, se mueve con la patica rota, alejándose de los carros. No me detuve. No lo recogí. No lo ayudé. No lo llevé a paz animal. Por más sentimientos que esta escena despertara en mí, por más tristeza o deseo de hacer el bien, […]

Paseaba por la calle, cuando de repente veo un animal recién atropellado, se mueve con la patica rota, alejándose de los carros. No me detuve. No lo recogí. No lo ayudé. No lo llevé a paz animal. Por más sentimientos que esta escena despertara en mí, por más tristeza o deseo de hacer el bien, la compasión estuvo ausente en ese momento.

Conduzco en carretera, es un bello día, al girar en una curva veo la escena de un accidente que al parecer acaba de ocurrir. Desciendo del vehículo, examino a la persona y aplico un torniquete en la pierna semiamputada. Llega la ambulancia y mientras lo llevan al hospital, lo sigo con mi pensamiento. Aquí si llegó la compasión en el momento oportuno.

Dos casos, dos compromisos con la vida, el uno pasado por alto, el otro afortunadamente cumplido a cabalidad. No importa en el segundo que yo sea médico y esté cumpliendo mi juramento. Aplica a cualquier persona.

En el primero la acción brilló por su ausencia. En el segundo fue rápida y oportuna. Esta, la acción, es la que hace la gran diferencia. La acción en estos casos se convierte en lo esencial. Sin acción, los sentimientos se convierten en cenizas que ni siquiera abonan el terreno de la compasión. Con ella, la compasión se torna un eje de unión.

Qué tiene que ver esto con las promesas de año nuevo. Todo. Todo porque el año nuevo nos trae siempre promesas, de viajes, de encuentros, de empleos, de cambios. Nos figuramos aquello que deseamos y le ponemos toda nuestra energía. Y durante el año, si las promesas de año nuevo fueron sinceras, actuamos. Seguro, nos ponemos a trabajar y hacemos todo por lograrlo. Disculpen que repita hasta la saciedad, “actuamos”. Así es la compasión, energía pura, que debe ser transformada en acción para que se dé.

Tomar el teléfono y hacer la llamada pospuesta por años; timbrar en la puerta de la casa que evitamos al pasar; escribir la carta que nuestra mente ha compuesto una y otra vez, son actos de compasión. Como también lo son estrechar la mano de quien sufre dolor, posar la mirada en quien está triste, abrazar al hijo en su primera decepción amorosa.

Si, la compasión es acción. Como encontré el otro día en un escrito, me disculpo con el autor por no tener a mano la referencia: La compasión no es pena, es más bien empatía. La capacidad de entender el drama del ser humano. La palabra en el original griego es splagnizomai, que literalmente significa mover el contenido de una olla. Esto es como los sentimientos de Jesús que fueron movidos como por un remolino al observar el dolor de los hombres.

Los budistas traducen la compasión como el deseo que aliviar el sufrimiento ajeno. Y ellos obran al respecto, hacen algo o mucho. No se quedan estáticos en los sentimientos, los transforman en hechos.

Esta es mi promesa de año nuevo, ser día a día, más compasivo.

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