Públicas, no repúblicas

Públicas, no repúblicas

8 de diciembre del 2018

En cuestión de segundos –es un decir–, tras la llegada de Iván Duque a la presidencia, en Colombia se puso de moda el tema de las universidades públicas. Unos estudiantes y unos profesores comenzaron a aparecer en los medios capitalistas –es otro decir– para afirmar que allí la situación financiera era tan difícil que no había dinero para comprar bombillos o clips, desarrollar ciencia o estudios, asear o arreglar algo, adquirir equipos o contratar personal, hacer cocteles (molotov, sí), reuniones, etc.

Entonces, los estudiantes y profesores comprendieron súbitamente que era Duque quien tenía que entrar a solucionar el problemón de inmediato, para lo cual suspendieron las clases en todo el país y decidieron “marchar” estimulados por diversos estamentos. Nadie, excepto Gustavo Petro –luego se entenderá por qué– y sus allegados, sabía que iba a estallar un movimiento de estudiantes, profesores y otras fuerzas sociales de la misma estirpe ideológica.

A una buena parte de la ciudadanía le sorprendió que la rebelión se la hicieran al mandatario recién posesionado y no se la hubieran hecho al presidente Santos antes de irse, pues la situación era herencia suya. ¿Por qué la contradicción? Porque Petro, líder, en la trastienda, de las marchas, había apoyado a Santos y dicho, el día en que millones de colombianos libres y demócratas derrotamos su candidatura, que promovería “la movilización social” continua para enredarle la vida a “la extrema derecha”, que le había robado el triunfo.

Conducidas, entonces, por líderes visibles y en la trastienda, empezaron las protestas con la perentoria decisión de exigirle a Duque la plata que necesitaban las universidades públicas para que tales entes dejaran de ser unos entes y tuvieran con qué vivir. Pese a las prédicas, el movimiento, hasta ahora, no ha contado con el apoyo social previsto. Hay varios motivos, entre ellos tres: uno, por exigirle al nuevo gobierno la solución inmediata de un problema creado cuando Santos; dos, por el inocultable tinte ideológico de las manifestaciones, en las que maltratan al presidente Duque, al expresidente Uribe y al Centro Democrático, dan vivas a la extrema izquierda y a Petro y a otros de su cuerda; y, tres, por el vandalismo y la violencia en las marchas.

La falta de respaldo general ha servido para que sus líderes afirmen que muchos colombianos nos oponemos a las universidades públicas. Falso. Lo que no apoyamos es a instituciones académicas que se caractericen por lo ya dicho: la ineficiencia, la corrupción y el adoctrinamiento marxista-leninista. Frutos de la llamada “autonomía universitaria”, tema de vieja data aquí, el cual, pasito a paso, fue transformando a no pocos de tales centros en “repúblicas independientes”. Situación anómala y perniciosa que el presidente liberal Carlos Lleras Restrepo percibió claramente durante su cuatrienio (1966-1970), cuando la agitación universitaria lo obligó a sostener en un discurso en Bogotá el 18 de noviembre de 1966: “El gobierno colombiano quiere contribuir con todas sus fuerzas a que la universidad solucione sus problemas manteniendo […] un régimen disciplinario adecuado, que permita el funcionamiento académico dentro del orden y salvaguarde la libertad de pensamiento y de investigación” (Cfr. El Colombiano, 19 noviembre 1966).

Las universidades públicas, esto es, de la sociedad, que muchos colombianos sí apoyamos son aquellas que no sean “repúblicas”. Y lo haremos en la medida en que estén en manos idóneas, impolutas, sin la imposición doctrinal totalitaria (como hoy) y sin terrorismo encapuchado que le sirva de eco. Y lo haremos en la medida en que, por ejemplo:

  • Den acceso a quien desee estudiar y cumpla con los requisitos legales e intelectuales básicos.
  • Transmitan y cotransmitan el saber universal (justamente “universidad” viene de universo) en todos los campos.
  • Estén atentas a los problemas de la sociedad para proponer soluciones útiles, viables y de largo alcance.
  • Dispensen y estimulen el cultivo de valores individuales y sociales orientados a mejorar en libertad la convivencia de cada día y cada generación.
  • Ausculten el progreso del espíritu a nivel global para traducirlo y entregarlo a nuestras realidades actuales y futuras.
  • Sean luz en tiempos de sombra y desconcierto.
  • Proporcionen o faciliten a millones de colombianos los conocimientos que les permitan responder con aptitud en la vida.
  • Trabajen por lograr una sociedad creativa e innovadora, equitativa e inclusiva, sin doctrinas condenadas por la historia y la razón, y unas instituciones acordes con las necesidades de los tiempos y el bien común.

Todo, claro, como universidades públicas, no repúblicas. ¿Será mucho pedir?

Lo curioso, no obstante, es que parte de los marchantes lo que buscan es establecer un sistema en el que todas las universidades hoy privadas sean públicas mañana y que esas y las hoy públicas se pongan al servicio del Partido, cuyo nombre no hay que dar pues ya se sabe cuál es.

INFLEXIÓN. Los chicos y chicas que dirigen y participan en las marchas manejan muy bien técnicas de comunicación en público, formatos persuasivos, herramientas dialécticas, interfaces para construir falacias, métodos propagandísticos, vocabulario apropiado y común, etc. ¿Quién y dónde se forman? Buenas preguntas para un buen periodismo.

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