Puntos de existencia

9 de julio del 2016

Extracto del libro “Puntos de existencia” de Fernando Fernández

Puntos de existencia

Rugen los motores abriéndose paso entre la espesura, taladran la densa capa, horadan el firmamento, despejan espacio con dificultad pero hacen avanzar el armatoste con determinación a velocidades increíbles, sin hesitación ninguna, con rumbo claro, con norte y brújula en perfecto acorde. Surfeando sobre cirrus y cumulus, ora desbaratando figuras blanquecinas que se dibujan al azar, ora espantando querubines de lira en mano que por allí retozan saltarines entre los esponjosos y mullidos nimbos.

Y yo, desde mi silla voladora de buen acomodo, observo la tierra por entre las hendeduras que deja la tupida corteza gaseosa. Desde este observatorio de privilegio oteo absorto la sutileza con que miles de colores se acompasan con: altibajos geográficos, descomunales montañas, escarpados picos recubiertos de nieves, sabanas alfombradas de verdes profundos, ríos de largueros infinitos, selvas de espesa foresta, así como se adivina también la intrusión humana a través de los adefesios de cemento y de metal.

Una decena, o más, de kilómetros me separan de todo ese bazar terrestre en el cual se incrustan puntitos móviles casi imperceptibles a mi ojo lejano. Puntitos anónimos que parecen poseedores de vida, puntos que no identifico completamente, pero que conjeturo independientes, autónomos y de alguna inteligencia. Desde estas alturas los ignoro y no encuentro de interés el conocer su identidad, menos aún, de sus vidas, de sus asuntos grandes o pequeños, su problemática existencial no me incumbe, me desolidarizo de esos puntos que tal vez también me observan con la misma indiferencia, como un punto más en el horizonte. Nos desdeñamos, no parece que hagamos parte del mismo mundo. Y, sin embargo, mi imaginación que también vuela, me dice que todo nos une; deambulamos por tierra o por aire con los mismos sucesos, repitiéndolos en contextos diferentes: rebusque de felicidades; similares penas nos embargan; toda suerte de preocupaciones nos es común, algunas –cuando no muchas– de actualidad pretérita, la queja permanente por lo que pudo haber sido y fue de otra manera; otras circunstancias pertenecen a nuestro hoy y las demás las trasladamos al futuro, especialistas que somos en fugarnos del presente para guarecernos en el ayer y en el mañana. Y entonces, yo punto móvil me pregunto: ¿Existen realmente estas circunstancias y sus congojas? Si nuestro ser es apenas un punto indistinto ¿de qué tamaño son nuestras cuitas que tan hondamente portamos? Y ¿cómo se verán éstas desde el espacio sideral, miles de kilómetros más arriba? Somos poco, somos nada en la distancia, nuestras penas lo son aún menos, ni existen.

Reducidos a puntos –la realidad que somos– que insignificancia portamos. Cuán anodinas nuestras vidas, nuestras identidades, las dichas que nos embriagan. Baladíes los apuros que arrastramos cada día, y que por creerlos tan llenos de importancia tanto nos abruman, quijotismo inútil, pues tantos afanes se pierden en el tiempo y en el infinito, ése que ni eco posee…

Nuestro clamor no es ni visto ni escuchado, es sordo aún para aquellos puntos que deambulan a nuestros rededores… Nada se ve en la dimensión y en la intensidad que se siente individualmente, ni aún nuestros más próximos puntos nos entienden ni nos escuchan. Nuestros órganos externos comunican, pero son incapaces de transmitir a cabalidad y en totalidad nuestro sentir.

Desde estas alturas inspiradoras de espíritu y causantes de vértigo que convierten en Ícaro a cualquier mortal, fortalezco mi convicción: Estamos solos, somos solos, somos puntos.

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