Qué hacemos los hombres donde no hay nada para hacer

24 de agosto del 2019

Por Ignacio Arizmendi.

Qué hacemos los hombres donde no hay nada para hacer

Me hallo sentado en una zona de descanso de Xanadú, un centro comercial al sur de Madrid, en la que no hay ninguna mujer, con siete hombres más, sin conocernos, cada uno en reposo, aunque algunos –se sentía– con el culo activo. Y altivo. Espectáculo, el de ocho adanes sentados al tiempo sin cuota femenina, que atrae la atención de una señora que nos mira y sonríe con cierto asombro y comenta algo a su acompañante, quien vuelve la vista y confirma la sensación. Un panorama digno de ser registrado por un canal de tv y mostrar qué hace un varón solo mientras su mujer anda sólo de compras.

El señor a mi izquierda, por ejemplo, mira al frente y se chupa el meñique izquierdo, que parece saberle a cuna, a placenta. Se siente un niño abandonado. De vez en cuando lleva una mano a la cabeza y se rasca sin misericordia. No puedo afirmar si es por desespero o la espera, o por saber que su pareja se pasea por ahí con bolsas a reventar.

Un poco más allá, otro de los ocho renuncia al entorno y se zambulle en su celular. No retira los ojos del teclado y la pantalla. Se ve como si estuviera escribiendo una micronovela. Con toda seguridad anda por una parte que probablemente diga “…y me haces una falta tan grande como el frío en el verano y el calor en el invierno…”, con lo cual la amada, distante, y distinta a la que espera, se sentirá inmortal e inmortalizada.

Un tercero, siempre por el lado de la izquierda, está de pies cruzados, con los brazos en forma de pirámide para sostener su barbilla, inquisidor, con un chicle en la boca que ya no aguanta más vejaciones. No para de abrirla y cerrarla, a una velocidad de match 2, masacrándolo. Es un combate desigual, desenfrenado, con el caucho, al que no da cuartel, pactado a un número secreto de asaltos. Lo ataca por todos los flancos, lo sube y lo baja en el coliseo bucal, lo enseña al público y lo oculta, lo lleva a la esquina izquierda y desde allí a la derecha, lo achata, lo redondea, le da respiración boca-a-boca, traga saliva, hace una pausa, regresa a la arena. El embate continúa. Es un “chiclonauta”.

Para su consuelo, en seguida hay otro varón que también masca caucho, acomodado en el sillón, con las manos en los bolsillos del bluyín, en actitud de deslizarse de espaldas por un tobogán. ¿Será la proyección del inconsciente? Querrá escapar de aquí, lanzarse lejos de esta peculiar estación masculina, donde ni siquiera hay una mujer que permita ver algún segmento de pierna.

Mi vecino de la derecha bosteza con maestría todo el rato. Será la práctica diaria. Expele fragancias ibéricas, similares a las que desprende, en forma recurrente, por su parte inferior, oculta, pero activa. Casi siempre en silencio, con un disimulo propio de los indígenas del Titicaca. Es una concentración de olores inferiores y superiores que por momentos me sofoca y enrarece la respiración, pero es tal el cansancio que decidí permanecer. Tal vez por ello el varón resolvió liberar sus gases más personales y afectar el aire con los bostezos sonoros y fétidos. Emplea todas las opciones naturales con el ánimo, es probable, de hacerme ir, si no de Madrid, al menos de la zona de descanso, pero aguanto con las tácticas de defensa a mi alcance. La más idónea, mantener la cabeza hacia el lado opuesto, deseoso de que no me alcance la carga inmisericorde que procede de la margen derecha del campo de Marte.

A la diestra también me llama la atención alguien que no llama la atención. Por eso me llama la atención. Está ahí, solo, en el sillón lila, estático, sin aspavientos. Debió de ser un muchacho obediente en el colegio, por lo cual sus profes lo felicitarían y le dirían que sus padres tendrían que estar muy orgullosos. El orgullo, a esta hora, será de su mujer o acompañante, que contará con su paciencia para poder tragarse los pasillos y rincones del centro. Estará segura de su lealtad y aplomo, que agradecerá o premiará después, al arribar rodeada de compras, con un beso de foto, luego de lo cual se sentará en las rodillas del escudero para tomar un aire y continuar en el intento de adquirir todo el centro…

Al frente, el séptimo miembro del club, junto a uno de los masticadores, duerme como niño. Lo miro y siento una envidia que me carcome. Se le ve relajado, con las piernas separadas, cruzado de brazos, de sueño plácido. Respira rítmicamente, no ronca ni se mueve ni habla. Ideal como compañero de sofá. ¡Qué mala suerte la mía! Incluso me atrevo a pensar que tiene en off su sistema de producción de gases si interpreto bien la expresión facial de quien está a la derecha, que muestra conformidad y calma.

¡No podía quedarme más claro lo que los hombres hacemos en una zona hecha para no hacer nada!

INFLEXIÓN. Se echa de menos un letrero en el lugar con el viejo refrán castellano: “El que espera desespera y esperando se consuela”…

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