¿Qué tanto de Franky tenemos?

25 de marzo del 2016

“Es inevitable seguirla sin que la mente haga llamado a personajes de la criollopolitica”.

Ese nombre, FRANCIS J. UNDERWOOD, no significa nada para la inmensa mayoría en Colombia. Todo lo contrario para norteamericanos, británicos y para la creciente comunidad de Netflix. Yo era uno de esos que se había mantenido al margen de sus constantes llamados para entrar en su HOUSE, pese a los constantes llamados y enormes tentaciones que me provocaban los comentarios afiebrados de sus numerosos fanáticos y adeptos.

Esta semana caí en sus redes y entré en HOUSE OF CARDS. Me recibió en su primera temporada y fue devorada con frenesí adictivo todo su kit de estrategias y tretas macabras para manipular los hilos del poder. FRANK hace alarde del más completo inventario, cuando diputado y luego senador, sin escaparse a ninguna de las más despiadadas técnicas para conquistar, acrecentar y aferrarse al poder. No lo detiene nada, pasa por vicepresidente y luego presidente de los Estados Unidos, y todo lo alienta para saber que si ya escaló a la cima de las crueldades, pueda descubrir para sí y para el televidente que siempre quedaran más peldaños.

Cuando ya el sentido de valores, las escalas de los afectos, obviamente la carencia absoluta de lo espiritual y lo que es más sorprendente que ni el otro veneno que podría ser el atesoramiento desmedido material pueden anteponerse al apetito desenfrenado de poder es que ya se puede llegar a pensar que ese mundo, el de la serie, es uno que ya remedio no tiene, viabilidad tampoco y esperanza mucho menos.

Pero ahí no se ha dicho todo. Uno no puede asegurar quien puede ser más malo, frío y despiadado de la serie, porque CLAIRE, la esposa de Frank, puede llegar a ser aún peor. Puede ser autoría intelectual, helada y calculadora de las tragedias de los demás, sin ni siquiera participar en ellas. Solo con enviar el mensaje como dirían los billaristas: “a tres bandas” para recoger la bola con el resultado calculado.

Ni siquiera El Príncipe de Maquiavelo, un tratado publicado en 1531 que bien podría ser el padre del virus del poder, ni ninguna de las publicaciones que le han sucedido podrían ni acercarse a tal descarga imparable de estrategias posibles. Sexo, homosexualidad, abuso y maltrato de todo tipo, droga, alcohol. Excesos. Ya. Lo demás se lo podrán imaginar para encontrarlo cuando se decidan a meterle el diente. Es inevitable seguir la serie sin que la mente paralela haga llamado a personajes de la criollopolitica, un Vargas Lleras, Santos o José Obdulio. No porque ellos hayan cometido homicidios o grandes delitos para conseguir sus superpoderes. Si porque tienen ese FRANK declarado recorriendo sus venas en sus ansias de poder, de ganar la partida o el pulso de fuerza, o simplemente obtener el crédito de la victoria y se obnubilan para confundir las esencia de sus cargos y las necesidades de sus electores y de sus territorios.

Pero ahora bien. Lo paradójico es que la serie es excelente, está supremamente bien producida. Muy bien “investigada” y sobretodo impecablemente escrita. Cada dialogo, cada texto, cada reflexión o cada ironía. Los tiempos y los espacios tienen el equilibrio perfecto. Solo elogios para los editores de la imagen y del sonido. Los escenarios son tan creíbles que uno cree conocer con solvencia la Casa Blanca. Reúne todos los ingrediente para que la serie de 13 capítulos cada temporada resulte lo suficientemente intrigante que se vuelva adictiva. Ya los productores acabaron la cuarta temporada y está buenísima. De seguro vendrán más porque a diferencia de otras series como la maravillosa MadMen, se funden, se agotan tanto las historias como los personajes. Vendrán nuevas temporadas y estaremos atentos para devorarlas, porque la gente como Frank sabe que gente como él no es que tenga mala memoria, sabe que los electores si que la tenemos muy mala.

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