Quiero ser lagarta

3 de agosto del 2012

La primera columna que escribí para Kien&Ke se llamó “Parábola del inodoro”. Hace muy poco escribí otra llamada “La fuga”. Ambas relataban por qué me fui de Colombia y por qué no consideraba volver. En una de ellas me quejé de los congresistas, en la otra de los baños en nuestro país, sin papel, sin jabón, […]

La primera columna que escribí para Kien&Ke se llamó “Parábola del inodoro”. Hace muy poco escribí otra llamada “La fuga”. Ambas relataban por qué me fui de Colombia y por qué no consideraba volver. En una de ellas me quejé de los congresistas, en la otra de los baños en nuestro país, sin papel, sin jabón, y dije que esas eran las razones, entre otras, por las cuales había partido, comenzando un nuevo capítulo a los 40 años en Norteamérica.

Ahora me toca comerme mis palabras. Qué vergüenza. Me he dado cuenta de que tengo que volver. El dinero me llama. El oficio que estoy haciendo no da para vivir y me estoy gastando mis cada vez más exiguos ahorros. No tengo recursos para el retiro.

Cuando llegué a Estados Unidos en 2003 me esperaba un puesto excelente. Fui Vicepresidente de Asuntos Externos para BellSouth International, que tenía una operación de telefonía celular en diez países de América Latina, entre ellos Colombia. No conocía la cultura de negocios americana. Cometí errores en comunicación, sobre todo. No tenía la educación sobre el e-mail gringo, donde todo es amabilidad. Pero me fui acomodando.

El proceso de contratación en BellSouth duró ocho meses. Llegué en agosto de 2003. En diciembre 29 firmé la escritura del apartamento de mis sueños: un loft espectacular con piso de madera y paredes de ladrillo. En febrero Telefónica (Movistar) le compró a Bellsouth su operación en América Latina. ¿Consecuencia? los 120 ejecutivos que estábamos en Atlanta, sede de BellSouth, perdimos el puesto. Duré menos trabajando de lo que tomó la etapa de contratación. Me quedé encartada con el apartamento, que mas tarde vendí a pérdida.

Después murió mi marido y me sumí en una profunda depresión. A pesar de ello conseguí un puesto en New York como Directora de Relaciones Gubernamentales en Philip Morris. Buen sueldo y vivir en la capital del mundo. La experiencia fue pésima. Nunca me entendí con mi jefe y al final echaron a todo el departamento de asuntos públicos, conmigo incluida. Duré menos de dos años en ese puesto. Después escribí un libro.

Busqué trabajo durante dos años y no encontré. Me metí entonces a funcionar como intérprete español-inglés durante otros dos años, a través de agencias. Intérprete es distinto de traductor. Intérprete es hablado, no escrito. Hay que ir a citas médicas a traducirle a los mexicanos que llevan quince años en este país y no han aprendido, ni aprenderán, inglés. El trabajo es físico, hay que soportar largas jornadas de pie. Es repetitivo e inmensamente aburrido. La paga es pésima, muchas veces no me alcanzaba, pero no tenía otra salida.

Y después ocurrió un milagro. De casualidad conocí una compañía que estaba haciendo un negocio en Colombia y me contrataron como asesora, léase lobbyista o lagarta. Después me llamó Felipe López para que escribiera en Semana y Dinero. Las puertas se están abriendo, esta vez en Colombia. Lo que estoy haciendo ahora, lobbying y escribir, me fascina.

Entonces me tengo que tragar mis palabras y reconocer que tengo oportunidades en Colombia. Que puedo hacer algo de dinero actuando de lagarta profesional en mi negocio de lobbying. Que tengo que pasar tiempo en Colombia para poder escribir editoriales en Dinero.

Para no ahogarme en medio del barullo de Bogotá y perder el norte y la perspectiva desde afuera, para escribir en Kien&Ke y Semana, tengo que estar en Portland. Mis otros negocios de lobbying me llaman a Colombia. Tendré que repartirme entre los dos lugares, lo cual no me choca. El único problema es el costo de tener dos casas. Pero me voy a meter porque no tiene sentido que esté gastando mi vida como intérprete, trabajando diez horas diarias para no ganar nada.

De manera que ahora vuelvo con la cola entre las piernas, después de lo mal que he hablado de mi país. Cargaré un rollo de papel higiénico en la cartera para los baños públicos. No voy a tomar agua ni tinto para no tener que orinar. Me volveré a vestir de ejecutiva. Me someteré a los taxis de Bogotá. Me someteré a entregar “un documento” en la portería de donde sea que vaya. Me someteré al tráfico y a la contaminación. Tendré que ir a cocteles. Ya no rechazaré las invitaciones a las frisoladas de Olga Duque de Ospina. Tendré que dejarme ver en los restaurantes de la 93, la zona T o la zona G. Me haré botox. Todo a cambio de plata.

En alguna columna dije que volver a Colombia sería una derrota. Ahora ya no lo considero así. Con mi nombre y mi prestigio (modestia aparte) podré abrirme camino. Tengo que ser realista. Después de la salud el dinero es lo más importante. Ya no estoy buscando marido rico. En Colombia me podré valer por mí misma y no tendré ataduras.

De manera que ahora estoy buscando clientes para mi negocio de lobbying y apartamento pequeño y barato en Bogotá, por si saben de alguien. Oficina ya tengo. Me volveré más lagarta que Roy Barreras y espero tener lo mejor de los dos mundos entre Bogotá y Portland, la capital de los hippies.

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