Cuando la salud es dirigida por un economista

3 de noviembre del 2013

Un ministro de Salud economista era algo impensable hasta hace algunos años. Hoy, la racionalidad económica impuesta ha hecho posible eso que era impensable. Esa posibilidad se volvió realidad en cabeza de un economista joven, aprestigiado en el contexto de esa racionalidad económica. ¿Cuál es esa racionalidad? La que pone la eficiencia de los recursos […]

Un ministro de Salud economista era algo impensable hasta hace algunos años. Hoy, la racionalidad económica impuesta ha hecho posible eso que era impensable.

Esa posibilidad se volvió realidad en cabeza de un economista joven, aprestigiado en el contexto de esa racionalidad económica. ¿Cuál es esa racionalidad? La que pone la eficiencia de los recursos (léase lograr un determinado fin con el mínimo de medios) por encima de la necesidad. Pues bien; a juzgar por el descontento de buen número de los actores que representan la necesidad, la reforma a la salud que hace trámite final en la Cámara de Representantes no logra despojarse de ese espíritu; el mismo del cual se acusa al sistema actual y que obligó a plantear dicha reforma.

El argumento del ministro Gaviria según el cual el proyecto acaba con los incentivos perversos, elimina la fuga de recursos y organiza el sistema pensando en la gente y no en los agentes, no termina de convencer ni a hospitales públicos, ni a las organizaciones de pacientes, ni a facultades de medicina, ni a estudiantes, ni a trabajadores de la salud.

El riesgo que corre un economista metido a ministro de Salud radica en que termine no dando repuesta como rector de la salud y poniendo en tela de juicio su prestigio como economista.

Lo primero es que el economista integrante del alto gobierno debería hacer ver lo costoso de una tendencia que desde hace años viene identificando a las políticas públicas: atacan la manifestación de los problemas pero no sus causas (por sugerir sólo algunos casos, echen un vistazo a la política criminal, a la negociación de paz con las Farc, a la desmovilización paramilitar), lo que probablemente redunde en que estos se reproduzcan. Pero Gaviria no solo no se lo está haciendo ver al gobierno sino que cae en el mismo vicio. Si para rendir los recursos que la salud demanda, antepusiera a su reforma una intervención seria en materia de prevención y promoción, estaría haciendo honor a su condición de economista. También, como buen economista, tendría que estar indicando la necesidad de integrar a otras áreas del gobierno a la solución: las relacionadas con la economía, con la educación, por ejemplo.

Los beneficios de la prevención son invaluables: gente sana, calidad de vida, descongestión del sistema de salud, ahorro en medicamentos, están entre los señalables. México acaba de dar una lección a las economías del mundo que ponen las ganancias de particulares sobre el bienestar general. Fijó un impuesto del 8% a la comida chatarra y a las bebidas azucaradas. La medida fue tomada en razón a que esa nación es una de las que padece mayores problemas de obesidad en adultos y niños. De todos es sabida la incidencia de este problema en la salud de las personas y en los costos de los servicios de salud. En Colombia, según la Sociedad Colombiana de Obesidad y Cirugía Bariátrica, el 50 por ciento de la población tiene algún grado de obesidad (es decir, más de 25 por ciento de masa corporal). Un 10 por ciento registra obesidad severa. Esto quiere decir que tenemos cerca de 4 millones y medio de personas obesas, lo que según los expertos se traduce en un gran problema de salud pública.

En las sumas y restas del Gaviria economista este tipo de correlaciones debería contar. Como también debería contar para el Gaviria ministro de Salud la respuesta que el secretario de Hacienda mexicano dio a raíz de las preocupaciones manifestadas tras la medida, por el presidente de Coca cola: “México decidirá según sus propios intereses”.

De la prevención y la promoción de la salud, el proyecto de ley ordinaria de reforma del sector, que culmina trámite en el Congreso, no se ocupa. Probablemente se deba a que tal aspecto está contemplado en otra ley de 2011. La 1438. El economista metido en la salud debería replantear todo esto y reconcebirlo en una sola política. Pues en prevención y promoción poco y nada es lo que se ha hecho, y se ha menospreciado lo que representa en bienestar de la población y en optimización de recursos.

Como Ministro de Salud la obligación de Gaviria es responder a las necesidades de los colombianos en la materia. Para eso tiene que demostrar que en la racionalidad que maneja como economista también hay cabida para la necesidad.

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