Regreso al pasado

13 de julio del 2012

Como una pesadilla, Colombia regresa a las épocas horribles en las que el terrorismo imponía el ritmo al que bailaba el país. En las últimas semanas las imágenes que se observan son muy similares a las de principios de siglo, cuando el país estaba arrinconado por una guerrilla a la ofensiva. Es la prueba evidente […]

Como una pesadilla, Colombia regresa a las épocas horribles en las que el terrorismo imponía el ritmo al que bailaba el país. En las últimas semanas las imágenes que se observan son muy similares a las de principios de siglo, cuando el país estaba arrinconado por una guerrilla a la ofensiva. Es la prueba evidente que en las guerras no hay empates; o se ganan o se pierden.

Así el Gobierno no lo quiere reconocer, la estrategia que ha utilizado en los últimos dos años es la equivocada. El discurso ambiguo de la llave en el bolsillo, los contactos secretos, las concesiones a los gobiernos extranjeros aliados de la guerrilla, el esperpento del marco jurídico para la paz, el debilitamiento del fuero militar, el abandono jurídico de las fuerzas militares y la ausencia de liderazgo de la cúpula están produciendo estragos en el tema de seguridad.

Con un cinismo político sin límites, los enemigos de la seguridad democrática afirman hoy que lo que existía hace tres años era un espejismo y que la guerrilla nunca estuvo arrinconada. Quienes sostienen esta tesis creen que le hacen un gran favor al actual Gobierno pero se olvidan que el Ministro de Defensa de la época era el hoy Jefe de Estado, que sigue sacando pecho de los éxitos militares obtenidos en esos tiempos.

Es un error seguir hablando de las “madrigueras de la guerrilla” y cobrar bombardeos aislados como grandes victorias militares. La guerrilla ha cambiado de estrategia y el Estado se demoró demasiado tiempo en ajustarse a nueva realidad. Los objetivos de alto valor son importantes pero nada es más definitivo que mantener a la población segura. Lo que el Estado no puede perder es el control territorial y desde hace meses se le ha advertido al Gobierno que regresaron las extorsiones, los secuestros y los retenes. Quienes viven en Arauca, Meta, Córdoba, Magdalena, Huila, Caquetá, Sucre, Chocó, Cauca, Nariño, Putumayo, Norte de Santander y Guajira son testigos de esta evolución negativa. Dos años después, el Gobierno decide aceptar que ha descuidado la seguridad en las regiones y actúa con gestos simbólicos y transitorios.

Lo que sucede en Toribío es muy grave. Si la población cree que puede permanecer al margen de las fuerzas en contienda es porque ha perdido la confianza en la legitimidad del Estado. Algunos dirán que las particularidades del Cauca hacen muy difícil la acción de las Fuerzas Armadas. Eso es cierto pues la neutralidad de las comunidades indígenas es solo simbólica. Para las Farc la ausencia de presencia del ejército es un enorme triunfo. Como lo creen los empresarios, la prensa capitalina y los creadores de opinión bogotanos, la guerra no la ganan solo las Fuerzas Armadas; la gana el Estado con todo su poderío institucional. No es únicamente con bombardeos y consejos de seguridad; es con hospitales y escuelas, con vías y acueductos, luchando contra la corrupción de los líderes locales y administrando justicia.

Pero para tener una política integral que nos permita terminar esta pesadilla infinita de la guerra se requiere la voluntad férrea del Gobierno. Y eso no se logra si la prioridad es tomarse la foto con los líderes del terrorismo sin entender que la guerrilla no quiere la paz sino el poder.

representante@miguelgomezmartinez.com

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